A todo lo inefable que a través de mi infancia
y que aún sin nombre y como el agua brilla...
Ofrenda. Rainer María Rilke
Al hombre, ya entrado en años, sólo le queda rezar, pero la razón se lo impide. Y así no encuentra manera de arrancar su dolor que, cual vela de penitencial romería, por entero le consume. Un dolor particular que para sí mismo calla por vergüenza y por no presumir de víctima.
Ayer cuando creía, le sobraba la fe. Y hoy, que no cree, la echa mucho de menos. Y se declara agnóstico para no ser tachado de imbécil. ¡Ay, cuánto añora al Dios de su fervorosa infancia!
Esta mañana, sentado en un banco del paseo, lamía su increencia como perro sarnoso que cura sus incurables heridas. Al sol del mediodía calentaba su cuerpo escéptico y frío, viendo pasar muchachas felices, llenas de hermosura e ilusión. Mujeres y hombres satisfechos bebían cervezas en las terrazas y cafeterías. Niños bamboleaban al cielo los globos y alegrías de su alma dulce y tierna. Disfrutaban de lo lindo correteando hacia el parque de la fuente donde las palomas les esperan con sus marros y arrullos.
Y a esto, delante del hombre de avanzada edad, se detiene una pareja de jóvenes, camisa blanca, corbata negra, pantalón bien planchado, piel sonrojada, pulcramente vestidos. De su fervoroso cuello cuelga una etiqueta ribeteada del color del amanecer en la que reza algo, que sus ojos cansados no atinan a leer. Son sus credenciales. Deduce que estos muchachos deben ser algo así como mormones o predicadores, evangelistas al servicio de alguna religión yanki. Respetuoso los atiende. Y a la pregunta que a bocajarro le hacen, (¿es usted creyente?), escuetamente responde: No lo sé. Los jóvenes, escandalizados y virtuosos, abren a la par sus azules ojos. Y el hombre, de haber tenido a mano en ese momento el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, les hubiera leído aquel pasaje en el que el poeta portugués así expresaba sus dudas acerca de Dios:
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia maternal… Poder llorar cosas impensables... Una infancia nueva y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan... Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… El ruido de la lumbre en el hogar…Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.
Este hombre dubitante y cargado de años, sentado en un banco del paseo del pueblo, mientras espera a su mujer salir de la panadería, piensa que la poesía, bien pudiera ser el sustituto de Dios, su oración de entrega y abandono, al sentir que todas las puertas del cielo, inexplicablemente se cierran a su indescifrable clamor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario