El recuerdo: sacramento de la historia, realidad trascendida.
El recuerdo no consiste sólo en acordarse de alguien, de la Carmen, de Josema, de Eusebio... (los protagonistas de esta novela). El recuerdo, como alguien dijo, es algo vivo y vivificante que permite al otro ser él mismo.
Cuenta Piglia en Respiración artificial que la literatura no puede tener otra materia que la experiencia vivida. Toda escritura en cierto modo es siempre autobiografía. Ojalá pudiera desprenderme de los fantasmas de mis personajes, despistarlos, alejarme de sus circunstancias..., pero obligado (o agradecido), estoy) a vivir con sus sombras y sus luces. Otra cosa sería, si fuese buen escritor, viviría entonces fuera de la caverna y sin el amparo de los que me rodean.
Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir un libro, no de verdades, conceptos y vaguedades, sino un libro-pregunta.
El otro lado es la historia de un hombre que, ante la enfermedad terminal de un ser querido, se enfrenta a la gran pregunta humana sobre la muerte, la misma pregunta que un día se hiciera Lord Byron: ¿Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la orilla solitaria? No hay nada más trascendente en la vida que nuestra propia muerte.
En definitiva, el argumento oculto del libro El otro lado no es otro que la inmortalidad, otra paradoja, como mi existencia, que se debate entre el instinto de placer y muerte.
Con sana y no malintencionada curiosidad en más de una ocasión me han preguntado si creo en el más allá. No lo tengo claro. Soy paradójico. ¿Quién no lo es? Soy pánico, que no panteísta, aunque lo sea. Me encanta Rabrindanat Tagore. Acusadme de buenismo, de rousonaiano, pero también soy cartesiano, heidegierniano, heraclitiano. Agnóstico y creyente. Un mar de dudas. Un proyecto a medio hacer. Y en ese proceso estoy. Y si es que me dieran a elegir entre Dios y aquellos, a vosotros, a quienes quiero... ¡Me costaría tanto dejaros!
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"La inmortalidad, ¡ese es el objeto del amor!" -le dijo Diotima a Sócrates.
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