Llueve. La lluvia atempera los nervios, del alma templa sus vientos, disuelve los terrones de un mal pronto avinagrado. Llueve suave desde la madrugada. Veo caer el agua, y la siento azul. Azul es el manto que se derrama y cubre la tierra ocre y vasta. Azules son las flores del jazminero que adoba el aire dulce que aspiro. El agua pule de verde la alfalfa recién esmaltada. La palmera resurge brillante y limpia cual doncella tras su ducha inmaculada. Y el amarillo de una hoguera de dátiles diminutos y chispeantes, soles que abrazan el tronco de sus tirabuzones, me seduce con su arrebatador encanto trenzado. El verde de la parra, transparente y terso, sacude el vino verde de sus hojas. A través del tendón de sus pámpanos leo el futuro de sus copiosos racimos. El transparente color del agua dibuja de verde el limonero, la higuera y el almendro. El azul de la lluvia que no cesa, y el verde que nace de los cipreses orantes y agradecidos, ese es el color cuajado de la mañana. ¡Ay si yo fuese capaz de pintar con estas letras el amarillo de la flor de la calabaza, milagro del azul y el agua! Perlas de agua cuelgan quietas de la reja de la ventana. Perlas de agua anidan felices entre las hojas nacientes del maíz que se alza pujante apuntando maneras. Perlas de agua penden risueñas de las hojas de las tomateras. También lloran de placer, con sus gotas de perlas blancas sobre el rojo incombustible, los dompedros que colorean el reborde del sendero que va al aljibe. Si yo fuera lluvia azul, roja, verde y amarilla, quisiera que fuese mi boca el arcoiris, y mis labios calientes, violetas de púrpura virgen, azul y blanca, para regar a manta tu cuerpo, con los colores del agua.
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