viernes, 4 de septiembre de 2026

Arde la huerta



Las matas y el romero mal sobreviven a los calores con la exigua humedad que transpira el cálamo y la cántara. Las tomateras y los naranjos acobardados están bajo la sombra humeante de las palabras sofocadas en esta noche negada de verde, bravura y semen. ¡Otra cursilada más de un yo artificioso y pedante! Lo dijo Cortázar:
La escritura, la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo, la sustitución de lo insustituible.
Y decir que en esta tórrida hora, las matas abrasadas, los calabacines resecos, los frutos pansidos del ciruelo son una cicatriz callada en el vientre del bancal que llora, y que no se cierra, y que se extiende hasta llegar al mismísimo chancro de la tierra, es una metáfora cruel e inapropiada. Y el no saber cómo llamar a las fuerzas desatadas del fuego, si verano, sangre, incendio, irresponsabilidad, ceniza o lava, no es una extravagancia literaria más. Es que arde la huerta.

La luna llena emborronada y sin savia chamusca el crepitar de la hierba seca. Los tallos de la junza aplauden inconscientes con sus castañuelas de niña loca, al ver encendida la huerta en medio de la noche oscura. No saben los lazos de la niña loca distinguir la lluvia, de la sequía; el fuego, del agua metálica de una cuba municipal, aunque a la junza le vaya la vida en ello. Las alarmas amarillas del camión de los bomberos, afean con sus faros el cañaveral y la sisca calcinadas. La tierra golpeada por el incandescente martillo de Vulcano se arrastra en su desgracia llevando su estertor hasta los portales de la casa.

El crepitar de las llamas levantó del sueño al hombre de la Huerta Arriba. Y se acercó el huertano al lugar de la quema embarrada con su alma rota y su cosecha diezmada.



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