Para que se fuera haciendo a la idea, y no la cogiera la muerte de sopetón, le comenté yo engreído a mi madre, ya muy entrada en años:
Más temprano que tarde todos nos vamos yendo...Y ella me dijo, como la acequia le dice al agua, que se pierde entre las cañas desmemoriadas:
El miedo, hijo, siempre va conmigo. Y lo mismo que el gato lleva el rabo entre las patas, no pasa un día, nublado o raso, que yo no me acuerde de la muerte.Y para quedar bien o pedir perdón por mi osadía, le referí yo a mi madre, si cabe aún más petulante que antes, lo que dijera aquel poeta de salud escasa:
Tratemos, madre, bien a la muerte para que cuando llegue el día, a su vez ella nos dispense buen trato.Han pasado varios lustros de aquello, y cuando en esta tarde veo nadar a los patos por la acequia, algo mío veo que se fue también con ella: el murmullo de sus besos, el canto de la corriente, el agua de sus ojos tiernos. Mientra, yo sigo buscando su rastro.

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