Tu cerrazón te nubla el alma. Contra mi amor no hay Corán que valga. Te arrodillas ante una aleya, y altivo lanzas una granada en el atrio de cualquier embajada. Renuncias a mi abrazo en favor de tu maldita yihad. ¡Si al menos no hubieras sembrado en mi vientre lo que cobarde no te atreves a recoger! No eres trigo limpio, eres un maldito sarraceno, ¿No te das cuenta que tus creencias no pesan más que un grano de arena? ¡Cuando te emborrachas de doctrina dejas de ser un hombre! (Helen).
Los ojos de Helen, encendidos, cortantes como el viento, arrastraron su furia a lo largo del cuerpo impasible de su compañero. Gibrail no sintió como su mirada le apuñalaba el rostro. El látigo de sus palabras no consiguieron quebrantar su fe. Gibrail nada respondió. Entornó místicamente sus predestinados ojos y se puso a recitar con voz desafiante la sura del relámpago: El fin de los infieles será el fuego.
Helen, al comprobar su endiablada locura, giró brusca sobre sus pies desengañados, y sin agregar nada más, abandonó para siempre a Gibrail.
Podría olvidar el móvil, las llaves, perder el monedero, dejarse parte de la compra en el supermercado, pero Helen nunca dejaría su mochila olvidada en ninguna parte. Por esa obsesión suya de no separarse nunca de su apreciado macuto, todos pensaréis que la chica llevaba en él algo imprescindible, importante. Pues no, -le dijo la primera vez que Gibrail bromeó acerca de su inútil despropósito de ir siempre cargada con su macuto vacío-, lo llevo para meter en él lo que voy buscando. Más me interesa guardar lo que me falta, que lo que tengo. Cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba.
Ahora es Gibrail el que sigue contando esta historia.
Ningún ácido podrá borrar el ensalmo que me produjo la primera vez que vi a Helen, salvo el santo temor que por Alá, el compasivo, el misericordioso, yo por entonces tenía. Me senté en el asiento exterior, el que daba al pasillo. En el otro, en el de la ventanilla, no había nadie. Eran las siete de la mañana. Me dirigía a rezar a la mezquita. ¿Está libre? -me dijo, todavía jadeando por la carrera que se había dado para no perder el autobús. Sin responder me levanté para dejarla pasar. En ese momento el chófer maniobraba para salir del andén. La muchacha llevaba su macuto inconfundible de tela verde. Mientras lo colocaba en el maletero superior del asiento tuvo que apoyar sin querer una de sus manos en mi hombro para no perder el equilibrio. Recuerdo el olor a nardos que se escapó por la abertura de su blusa al querer apartar su pecho para que no chocara contra mi cara.
Este encuentro en el autobús se repitió varias veces, hasta que le regalé aquel osito de trapo que ella gustosa cosió al bolsillo exterior de su macuto. Desde entonces Helen se vino a vivir conmigo. Luego nos separamos. Ella pensó que yo había tenido algo que ver con la explosión de un coche bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi.
Han pasado cinco años de aquello. Desde entonces no había sabido nada de Helen. Pero ayer, entre los hierros retorcidos del atentado de la estación de Atocha, vi tirado en el suelo su macuto (inconfundible) de tela verde, lo reconocí por aquel osito que yo le regalé aquel día en que nos fuimos a vivir juntos. Me acordé de sus palabras, cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba. Luego, en el periódico, reconocí la foto de su cara entre los desaparecidos.
Acorralado por la policía estoy en una vivienda de Leganés. Me dispongo en este momento a activar el cinturón bomba que llevo adosado a mi cuerpo. Cuando encontréis mi cuerpo destrozado por los efectos de la metralla... no recéis por Gibrail, el mártir de Alá, llorad más bien por Helen, asesinada por mi fanatismo.

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