Llevo un tiempo recontando muertos. Recuerdo que un día, en sus últimos meses de vida, le dije a mi madre que estuviera bien atenta para que no se enredara con sus parientes vivos y sus parientes muertos. Y es que aquella mañana vino a visitarla su hermana Josefa, y así de sopetón le dijo mi madre: Pero, hermana, ¿tú no te habías muerto ya la semana pasada? Mi tía se quedó tiesa como un palo. Tiesa y ofendida, como si las palabras de mi madre, puñal en el corazón hendido de mi tía Josefa, la mataran en aquel mismo instante.
Y ese consejo que yo un día diera a mi madre, que contara bien a sus muertos para evitar equivocaciones, hoy para mí no tengo. De un tiempo a esta parte, veo morir a vecinos míos, ¡más de la cuenta, tantos!, que no doy a basto para distinguirlos y memorizarlos a todos. Y a tal efecto, para no confundirme como mi madre entonces, he habilitado en el cuarto más grande de mi casa un memorándum en una de sus paredes. Allí voy poniendo en un recuadro los nombres de todas aquellas personas que se me van adelantando en ese mi particular viaje postrero que el destino me tiene preparado. Allí reposan el Sebo, el Cachisporra, el Capidengue, mi primo el Pintao, el Rompestaca...
Hace un mes, por ejemplo, puse la esquela del Parreño. Todos los atardeceres su hija aún acude sin falta a la casa de su padre muerto, con el solo propósito de dar de comer al gato que todavía vive, y que fue mascota y compañía, durante muchos años, de su querido papá. Son tantos los muertos que llevo empapelados en esta habitación, que casi ya no me queda espacio para encuadrarlos a todos.
Hoy mismo, por ejemplo, al querer entrar en la calle donde vivo, me encuentro con una cinta de esas que pone la policía para acordonar una zona de peligro. Me cortan el paso, ¡el paso a mi propia casa en la que vivo! Y me he sentido ofendido, como se sintió un día mi tía Josefa por las palabras que mi madre le dijera. Le pregunto al guardia, y me dice que, más abajo, un fuerte olor a muerto es el motivo. No respeto la cinta, y corro deprisa hacia mi casa, no vaya a ser que el muerto sea yo mismo. Por supuesto, no se trata de mí, sino del Panrollo, ese hombre enjuto que educadamente siempre me saludaba cada vez que me cruzaba con él, montado en su bicicleta camino de no sé dónde. Vivía solo. Al parecer llevaba muerto ya unos días.
Por fin consigo llegar a casa. Subo a la habitación a colocar la reseña y los datos de este último finado de los muchos que llevo ya anotados, y descubro que, tras la inscripción del Panrollo, sólo me queda un recuadro en la pared.
Es por eso, que que a partir de hoy decido no seguir contando más muertos. Al menos deberé respetar ese espacio último para mí. Así que desde aquí mismo hago el siguiente suplicatorio a mis queridos convecinos que me quedan: A partir de este momento, queda prohibido morirse nadie, al menos hasta que yo no lo haga.
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