lunes, 27 de julio de 2026

Un cordón de hormigas


Esta mañana caminas monte arriba. Quieres adentrarte en el oro maíz de la sierra de La cresta el gallo. Siempre que sales a caminar, te ciñes a un mismo ritmo, un compás de cuatro por cuatro que marcas en tu interior de manera sincronizada: ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos...! La tierra polvorosa salpica tus pies sudorosos, los rodea de reflejos, pequeñas nubes de polvo translúcido y ceniciento. La cuesta empinada posiciona tu cuerpo en paralelo al terreno que pisas, en sudorosa e inclinada adoración reverente. El silencio de tu ascenso, atento sólo a tus pasos, trae a tu memoria otros caminos. Ninguno de ellos supuso un triunfo definitivo. Todos quedaron en pura tentativa. Y no porque no fuese fructífera tu andadura, sino por el hecho de que caminar es un ejercicio de desasimiento, dejar atrás parte de ti, un proceso siempre en marcha, nunca un logro, nunca una meta, a no ser que la meta sea el mismo camino. Andar, andar, atravesar, pasar.

A lo largo de tu vida viajaste por muchos senderos, callejeaste pueblos, atravesaste mares, campos y vericuetos; pero tienes la impresión de no haber culminado nunca nada. Te prepararon para ser pastor de almas, y ejerciste de revolucionario y sindicalista; estudiaste para maestro, y trabajaste de peón; optaste por ser célibe, y tienes mujer y dos hijos. Y aún a pesar de estas, (sólo aparentes), contradicciones, crees que nada es distinto porque la opción fue la misma: no engañarte a ti mismo. Experiencias todas que a pesar de la renuncia que comportaban, enriquecían tu conciencia.

Todos los caminos se reducen a caminar. Ens et unum convertuntur. De ahí su parecido. ¿Acaso la esencia del camino es otra? ¿Acaso puede ser otra la canción (Ami la vie est belle), que ahora se te escapa a pleno pulmón, nada más ver y embeberte el azul y el verde que crece y se derrama exultante desde la Fuensanta hasta más allá de Monteagudo?

Haz lo que haces, y hazlo bien. No pretendas otra cosa, pues como decía Cavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Hay lugares por los que pasas y te suenan a otros que ya recorriste hace tiempo. No es que tu camino no sea el que has elegido, es que cualquier camino que tomes te parecerá equivocado, porque mientras caminas no haces otra cosa que caminar. Aquí viene bien decir que todos los caminos llevan a Roma. O como dijo el maestro a su discípulo: el camino está en la casa y en la casa está el camino.

Después de la larga marcha, te sientas a descansar. Pero en tu interior aún resuena la cadencia rítmica de tu caminar recién detenido: un, dos, tres, cuatro.... Junto a tus pies: una hilera de puntitos negros serpenteantes. Un cordón de hormigas, todas ellas caminan en perfecta formación, van y vienen. Te sorprende el hilo fluido de su rápido caminar, una cinta móvil y continua, tan seguida y tan uniformada que la ves fija y estable. Pero observas a una hormiga, aislada del resto del pelotón, desorientada, como borracha de tanto chupar la roca abrasada. Una gota del sudor de tu frente cae y se se derrama sobre los ojos emborronados de la hormiga que no encuentra su camino, ha perdido el ritmo, el norte y su sentido. La mirada perdida de la hormiga no es sola suya. Tú te restriegas los ojos, te levantas y emprendes tu camino de vuelta hacia el Valle perdido.

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