miércoles, 22 de julio de 2026

Politesse



Sentado aquí en el banco, enfrente de donde vive, un hombre se entretiene leyendo a Lèvi-Strauss:
¿Qué hacer para calmar a todas aquellas personas y circunstancias que distorsionan mi anhelada tranquilidad invulnerable...?
Espera a su mujer para ir los dos al mercado que ponen los sábados, no más allá de cuatro calles de su casa. A su lado: el carro de la compra, disimulador de su quehacer y espera. La gente pasa cerca de él: una madre a pie ligero con una cesta en la mano, seguida de un niño con su sueño interrumpido, un hombre con un carretón destartalado rebuscando en los contenedores de la basura; pasa también un hombre con su perro, o mejor: el perro conduce al hombre, pues éste, (su amo), va detrás de su mascota, si cabe más fiel que iría el mismo perro tras el hombre. Entre párrafo y párrafo levanta la vista de la página del libro Tristes trópicos:
… la civilización no es más que esa civilización frágil que preservábamos...
Intenta saludar de palabra a los que pasan, y con un gesto de su mirada procura ser amable con ellos. Ninguno le responde. Natural. Si no me conocen de nada, ¿por qué deberían decirme? ¡Señor, muy buenas! Y vuelve desilusionado cual vendedor de sonrisas apagadas a la lectura del célebre antropólogo francés:
...cuánto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y por lo tanto corromperse por mutuo contacto...
Se congracia con los transeúntes que pasan a su vera, suplicándoles su consideración, haciéndose notar. ¿Acaso le preocupan sus cuitas? ¿O sólo intenta saludarles para que aprecien su orgullosa actitud lectora?

¡Y qué manía la de este individuo ser tenido en cuenta, como si él fuera un nativo nambikwara del Amazonas, o alguien que mereciera la pena ser objeto de estudio! Si le saludaran, existiría. No hay nada más humillante que ser tratado como un cero a la izquierda, ser invisible como aquellos indígenas de los que habla Lèvi:
¿Indios? los ataban a las bocas de los cañones y los despedazaban vivos. Así acabaron con ellos, hasta el último.
Si al menos le dijeran ¡Hola! ¿Acaso a los mayas les importó un pimiento que alguien, aunque fuese un enólogo de renombre como el autor del libro que tiene en sus manos, al cabo de miles de años se acordara de ellos? Los calores no sientan bien a la lectura entrecortada de este hombre. Las letras se le amontonan. Y de sus ojos pasan a su cerebro como kilopondios de plomo sugiriéndole nada más que tonterías. Lo único que quiere este hombre esta mañana es ver salir por la puerta de su casa a su mujer, que le haga señas, y vayan los dos a comprar tomates y calabazas a mercado de los sábados antes de que apriete el calor con sus tenazas de fuego.

Ve ahora a dos tórtolas a una distancia prudente y respetable la una de la otra. Una acaba de refugiarse en la espesura de un frondoso árbol de botella bajo cuya sombra se protege del inusual calor madrugador. La otra, desde la cima de la farola donde se encuentra, inicia también su vuelo al corazón de la espesura del árbol. Los pájaros también sienten la necesidad de hacerse ver y notar entre ellos, pero de manera más natural, sin tanta politesse y enredo como este lector desbarra esta mañana mientras espera a su mujer.

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