Ves a una mujer cargada con sus tres hijos entrando en su casa medio derruida, pobre, cochambrosa. Uno de sus hijos, no sé si el más pequeño, pero sí el más desvalido, va montado en un mugriento carrito de bebé. El niño te mira huraño. Tal vez porque así tú le miraras. Le devuelves la mirada, arrastrado por la deformidad de su aspecto. Su cara llena de manchas como hematomas, tatuados con tristeza supina en su rostro. El niño tal vez no sea tan niño, sino que, debido a su despareja anatomía, aparenta ser mayor La tristeza nos adentra veloz en la vejez. ¿Qué habrá descubierto este niño en tu mirada para mirarte de manera tan poco amigable? Te cuestionan sus ojos tristes, como si te dijeran:
¿y tú qué miras? El niño aún no tiene edad para increparte de manera tan despreciable. Ver a un niño amargado resulta extraño, incompatible. Ese mismo contratiempo sentiste el otro día en el desayuno, cuando al morder la tostada de mermelada, creyendo que era dulce, impregnada estaba de sal. No es la sal ni la azúcar el motivo de nuestra extrañeza, sino su inesperado sabor.
Cuando llegaste a casa, dejas las llaves, la bolsa de la compra, el macuto, todo lo que traes, y te descalzas para ponerte las zapatillas. Y notas que llevas aún contigo una carga de la que no puedes desprenderte: es la mirada salobre, inusual y desabrida de la inocencia de un niño inculpado que no deja de atormentarte. Fue entonces cuando comprendiste lo que el niño quiso decirte con su mirada distante y fría:
No soy feo ni malo, es así como tú me miras. El rechazo que viste en mis ojos no fue mío, sino el tuyo.
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