En el pueblo donde vivo, un grupo apenas perceptible, pero valiente y constante de yayoflautas, se juntan los jueves de cada semana en la plaza del Ayuntamiento, reclamando pensiones, residencias, apoyo y acompañamiento para la olvidada tercera edad. Esta mañana coincido con ellos, y tras sus reivindicativas palabras, concluye el acto con un minuto de silencio, otra forma también invisible de hacerse notar y estar presente. Luego desaparecemos como si nada. De la noche a la mañana nos hemos convertidos en unos putos viejos. A nadie le importamos. Lo que no se ve, no existe, ni se le atiende ni se le quiere.
Mejor hablemos de mí. De un tiempo a esta parte noto que la gente no me ve. Y me pregunto si no me habré convertido en algo etéreo, en humo, en nada. Y me siento insustancial, intrascendente. Y me toco y me miro en los espejos de los escaparates cada vez que salgo a tomar el sol por del Paseo Rosales, por ver si tal vez fuera verdad que soy una mera ilusión. ¡Con lo que en otros tiempos me hubiese encantado ser invisible! Hoy, sin embargo me resulta humillante, doloroso.
Recuerdo en mis años jóvenes haber leído un relato cuya tema consistía en las ventajas de ser invisible. Debido a no se qué invento o artificio refractario de la luz, el protagonista de aquella historia se convertía en un ser invisible, condición que le reportaba inmensos beneficios y oportunidades múltiples. Sólo los dioses gozan del don de la invisibilidad. Cualidad tan divina como provechosa, estar sin estar en todos los lugares y guisos, le permitía al sujeto de esta historia actuar de manera impune, beneficiarse y salir airoso de circunstancias adversas. Esta virtud de no ser notado, ni visto por nadie, en aquellos tiempos, fue por mí muy envidiada, la deseaba con todas mis fuerzas. Gracias a ella, dada a mi vergüenza congénita, yo podría pasar desapercibido, detenerme complacido, sin ser mirado mirar cualquier bello cuerpo por mí deseado. En la catequesis de mi infancia se me dio a conocer un dios enriquecido con una serie de atributos, (omnipotencia, infalibilidad, omnisciencia eternidad, omnipresencia). Y si de todos estos atributos y connotaciones divinas, a mí por aquel entonces me hubiesen dado a elegir con cuál de ellas quedarme, sin duda alguna hubiese escogido el don de la invisibilidad: estar en todo los sitios que yo quisiera, y encima no dejarme ver por nadie. ¡Ay lo que yo hubiera dado por ser dueño y señor, tan solo de una pizca de dicha gracia! Me hubiese ahorrado un montón de broncas, pescozones y carreras en aquella mi niñez de hambre, cuando saltaba la valla de bancales ajenos en busca de algún racimo de uva o un puñado de habas. Cual abeja dulzona a la caza de la miel de romero corría yo tras el logro de algún huevo del gallinero de mi vecino el recovero.
Poder tan omnímodo, al protagonista de este relato que hoy recuerdo, con el tiempo le resultó aburrido y no tan placentero. Añora pues el apretado abrazo de los amigos, el contacto físico, los besos, las relaciones carnales, la caricia en su piel de la suave brisa del atardecer, el masaje del fisio de los martes. Por lo que decide regresar a su estado primigenio, dejar de ser invisible. Pero no es posible. Quien alcanzó el cielo de la invisibilidad, ya no se le permite volver a ser mortal.
Y, ahora, a mis años, aquel gran regalo de la invisibilidad, ¡en mala hora me ha sido dado! Hoy lo detesto, me desagrada no ser tenido en cuenta. Lo invisible ni existe, ni vive, ni se le espera. Ser viejo es un estorbo arrinconado, que no se vea, que no hiera sensibilidades ni conciencias. Y lo peor, no es que los demás me miren como si no me vieran, es que nadie sabe mejor que yo, que a todas luces casi ya no existo.
Y yo seguía tocando con mis manos mi cara desolada para reconocerme, pasaba mis manos por mi cabeza rala de canas, pero yo tampoco veía mi vejez. Y mientras en este ridículo punto del planeta unos cuantos viejos peleones reclamábamos este jueves a las puertas de nuestro ayuntamiento ser tenidos en cuenta, en otros lugares de nuestra noble ciudad, corporaciones y ediles homenajeaban a los gerentes de la sanidad privada, que se benefician de los laboriosos y traspasados ahorros de una pléyade de pensionistas, en detrimento de nuestra querida sanidad pública hoy tan esquilmada.
Y el viejo yayoflauta que mi lado estaba en esta exigua, pero loable y aguerrida concentración de los jueves en la plaza del ayuntamiento de Molina de Segura me dice para consolarme: amigo no es la cantidad lo que importa, lo importante es que la llama no se extinga.
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