Los pinos que dan acceso al camposanto, grandes y frondosos, forman un espléndido pórtico lleno de frescor y tranquilidad. Los madrugadores que transitan por este paseo, unos caminan, hacen deporte, y otros, como tú, vais simplemente a visitar a vuestros muertos. Todos unidos en vuestra soledad, y la mirada recogida hacia el hondón de vuestro ser más íntimo. Cual esquifes solitarios, os dirigís al piélago de vuestra propia y querida tumba.
Ya en el cementerio, te sorprendes al ver a tu madre. Hace ya varios años que no vienes por estos pagos. Tu pecho se oprime. Se te paraliza el alma y tu corazón palpita sobresaltado a cien por hora. Por un momento sobrecogido quedas por la mirada estéril de su retrato desde el mármol gris e impasible de su lápida. Como ella quería: sin flores, ni jarrones. Mujer inteligente y estoica. El sobresalto te impide rezar por ella. Luego, ya más sereno, te recompones, comprendes y acatas.
La brisa matutina que baja del monte acaricia tu cuerpo con olor a perpetuidad. Caminas sonámbulo, fuera de ti, entre epitafios, cruces y mausoleos. Algunos, más afanosos y engreídos que otros, pero todos ellos: fúnebres, fríos, inertes. En silencio, gritas fuerte para que te oigan tus propios oídos taponados por la pavura y el respeto:
¡Muerte, muerte, / los vivos y los muertos / corremos la misma suerte!
Por tus ojos humedecidos pasan ahora rostros y semblantes conocidos. De sus nichos marchitados por el olvido se escapan energías vivientes que despiertan el sentido vivo de tu muerte. Vivos y muertos metidos estáis en la misma urna. Por un momento te ves a ti mismo vivo en el mundo de los muertos; y muerto, en el mundo de los vivos. La muerte esta mañana te parece lo más normal de la vida, de sentido común, lo más democrático.
Y además de tus padres y abuelos, te encuentras también con caras vecinas; otras anónimas. Retratos de hombres que recuerdas haber visto en tu infancia, sentados en el sillón de la barbería de tu padre. Recostados hacia atrás frente al espejo de su estampa en pausa, espumadas sus caras con el blanco jabón, bañadas por la suavidad de una brocha de finas cerdas que lamían con fruición los tiesos pelos de las barbas de recios labradores de manos anchas, trabajadores sencillos, comerciantes complacientes, empleados, amigos… Y descubres que estos semejantes, (y empleas a propósito esta palabra), son también, tu yo en sí, que no es entendido sino en la comprensión de los otros.
Y además de tus padres y abuelos, te encuentras también con caras vecinas; otras anónimas. Retratos de hombres que recuerdas haber visto en tu infancia, sentados en el sillón de la barbería de tu padre. Recostados hacia atrás frente al espejo de su estampa en pausa, espumadas sus caras con el blanco jabón, bañadas por la suavidad de una brocha de finas cerdas que lamían con fruición los tiesos pelos de las barbas de recios labradores de manos anchas, trabajadores sencillos, comerciantes complacientes, empleados, amigos… Y descubres que estos semejantes, (y empleas a propósito esta palabra), son también, tu yo en sí, que no es entendido sino en la comprensión de los otros.
La vida avanza en la confluencia de todas las fuerzas dispersas que desde el nacimiento andan hacia su meta. Y en esta gran marcha, fundidos, sumando grupos sanguíneos idénticos, polos opuestos, caracteres dispares, creencias distintas, camináis todos hacia un mismo horizonte, hacia la unidad universal de la Nada, ese cenit en el que cielo y tierra se confunden en una cosa, en un solo punto. Y sientes tu cuerpo tan íntimamente conjuntado con tu mente en blanco, que llegas a la conclusión que es tu alma la que por tu cuerpo exánime, siente, tiembla y ama.

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