Son las nueve de la noche. Después de cenar, intento dormir a mis nietos. Se resisten, dan vueltas y vueltas en la cama. La luz de una farola impertinente se cuela por la habitación. Bajo las persianas, corro las cortinas. Me acurruco en medio de ellos. Los noto inquietos, reacios a coger el sueño. Ellos, ¡con tantas ganas de vivir!, a lo mejor relacionan el dormir con perder el alma de sus vidas.
Soy incapaz de retener cualquier cuento tradicional al detalle. Soy corto de retentiva. Mi memoria siempre anduvo escasa. Y más ahora, por culpa del señor GPT, a quien, cuando no me acuerdo de lo que quiero, acudo devoto fidelísimo a su altar clarividente. Envidio a las personas mayores de antes. No tenían Internet. Por ejemplo mi abuelo: se sabía de cabo a rabo el Juan Tenorio de Zorrilla. Órgano que no se usa, -me decía-, se atrofia, o dicho en refrán marinero: Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Por eso, cuando ahora pretendo recordar un cuento para dormir a estas dos criaturillas, me siento incapaz. Y he de recurrir a la movediza y difusa inventiva de un cuento sacado de mi angosta y menesterosa mollera.
Y en tono, entre misterioso, solemne y engolado les cuento un cuento sacado de mi caletre. Veo a los pequeños, más pendientes de la tonalidad misteriosa y encumbrada de mi voz, que de la hilarante lógica de una torpe narración sin sentido. Mis nietos, dos gotas de rocío, en medio de la noche clara, escuchan mis palabras con sus cuatro ojos como platos.
Había una vez un niño que quiso llegar al sol. Cada vez que se lo proponía, se veía obligado a abandonar su propósito. A pesar de las piruetas que hacía con las alas, que le había prestado su amigo Peter Pan, nunca podía llegar el sol. La belleza del astro rey le quemaba tanto...

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