Hace días que no escribo. Mala señal. El tedio y el hastío ante la insensibilidad repetida de una guerra sin motivo me impide reconocer mi desidia. Y no me siento mal por ello. Y ahí es donde , y sin darme cuenta, reconozco que no deben irme muy bien las cosas
Acostumbro a desayunar muy temprano. Antes de que el sol me sorprenda. En la soledad y casi a oscuras, en recuerdo de aquella mi esclavitud de jornalero a sueldo. Esta mañana me retrasé media hora, el tiempo justo para que la aurora notara mi retraso. Sentado frente a la ventana que da a las lanzas espigadas de las cañas en la ribera. Un café largo y dos rebanadas de pan tostado con aceite y miel. La farolas, cuellos de jirafas, alumbran el desvío de la carretera que da la vuelta al pueblo en paralelo, siguiendo, allá abajo, el curso del río entre cañaverales, chopos y eucaliptos.
Aún siendo día festivo, las nubes mustias entristecen mi vista, pero tan fuera estoy de mí en la nada de un cristal transparente que no soy consciente de mi amargura. No tiembla el aire. Las hojas de los árboles botella delante de mi casa no tintinean y las dos tórtolas que ayer jugaban amorosamente a cogerse la una a la otra, hoy no las veo, tampoco a los pajarillos que como enjambre de abejas ayer murmuraban entre ellos la llegada de la primavera.
Paralizado estoy frente al cuadro de la ventana, sin darme cuenta de si he desayunado o no. Placenteramente absorto frente a la invisible y paulatina gradación de la luz de la alborada. Tan fuera de mí estoy que, al igual que aquella otra mujer que vivía sin vivir en ella, así me siento yo también ahora, feliz, entre los hierros cautivos de esta matinal mirada. Quieto, inmovilizado por el placer que me reporta la confortabilidad de tal desasimiento. Y tan siquiera me doy cuenta de lo que estoy viviendo.
Fuera de mí me veo, confundido con el cristal que observa la nada delante de unos ojos agradecidos que quieren mirar algo que vivir la pena merezca. No hay nada más misterioso, que contemplar la misma nada desprovista o repleta del todo. ¡Quién sabe!

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