Buscaba la gloria. Y creyó haber encontrado la piedra filosofal. Decía que escribía para no morir. Las hojas del árbol de mis libros me abastecerán del oro que para sobrevivir necesito.
Aquel presuntuoso escritor que creía enmendar la plana a la muerte, y pensaba que su escritura lo elevaría a los altares de la eternidad, hoy descubre estar equivocado. Después de muchos años escribiendo, nunca vio que de la tierra de sus palabras escritas nacieran revoloteando por arte de magia entre sus ramas gorriones dorados, mirlos, ni palomas como el azul del aire.
De hecho, en su juventud compitió en alguna que otra contienda literaria. Hoy, ya no es igual, no busca el reconocimiento, tampoco el éxito. Su edad lo ha hecho más comedido y sabio, estoico, y no tan avaricioso. Es mejor vivir sin nada que con la muerte a cuesta. Antes creía que sus textos, tras su desenlace letal, serían el despertar inmortal de su alma dormida: Ellos, -decía- me devolverán mi cuerpo resucitado. Hoy no es tan necio para creerse tamaña majadería. De las palabras que hoy escribe no brota ningún lirio abierto.
Escribir no es nada. Escribir no me devolverá el pasado. La hojas caídas del manzano, no por doradas, refulgentes y ajustadas a su expresión y forma, me librarán de las uñas del invierno, de los puñales del arado.Con todo el viejo se pregunta: ¿Y por qué sigo yo aún escribiendo? Y es ahora cuando recuerda lo que una amiga le dijera unos días antes de morir: El veneno de la escritura te emponzoña como una droga. Cuando comienzas a escribir, ya no hay nada, ni nadie que te pare… seguirás escribiendo hasta la muerte.
El viejo escritor se siente bien escribiendo, sólo es eso. O tal vez ni eso. Tal vez sea que la muerte es el texto más veraz y genuino de nuestra obra creadora.

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