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viernes, 14 de julio de 2017

Por las calles de Azulada




Chimeneas encendidas de producción y consumo emborronan la ladera donde se asientan innumerables plantaciones de fábricas y talleres. El humo negro de sus bocas pinta el cielo con mensajes indescifrables. Este pueblo me aprieta con la presión galopante de sus calles. A cada paso, a cada manzana freno el coche.

A la hora de entrar al trabajo, Azulada se convierte en un embudo. Todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas de tráfico, la niñería entera camino de los colegios. El pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas. Callejones y travesías entrecruzadas en un gran embotellamiento empinado hacia un castillo sin almenas.

Desisto ir al trabajo en la cabra de mi Dyane rojo. Más fácil, andando. Azulada, parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. A las ocho de la mañana, todos corremos al mismo tiempo, con el mismo empeño, tras la misma presa: nuestro cuerpo en mercancía. Parecemos trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Hago un esfuerzo por andar tranquilo. Miro las baldosas típicas en forma de pastillas de chocolate. Y me voy diciendo a mí mismo:
Aunque no las recuerdes, estas losetas que pisas, son las mismas por las que, de pequeño, hacías rozar una caña ahuecada, camino de la escuela de D. Miguel Golf. Oías el sonsonete redoblado que tanto gusto...
Las casas del pueblo están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero recordar la antigua pared frontal que una excavadora en estos momentos destruye con avidez. Es la casa de los chupamocos. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva remodelación. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy se suceden en ristras comercios, cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos arrugados y grises. En la calle de mi madre sólo queda sin reconstruir la casa de los lunas. Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo surcado por aires tan rápidos y fríos, hoy es el mismo.

A madre también le hace daño volver la vista atrás. A mi madre le duele recordar sobre mojado, sobre camino andado. Sufre por sus recuerdos. Cuando una persona ha amado mucho a alguien que ha muerto, mejor olvidar, para no seguir sufriendo con su ausencia. A madre no le gusta que le pregunte por su pasado. Para madre el atrás, como el futuro es muerte. Se esfumaron sus besos, las delicias del roce, las canciones y sus risas. Atrás quedaron atardeceres junto al brasero de picón, una juventud entre vendimias y recogidas de aceituna. Ya nunca volverán los olores a levadura fermentada de una artesa sobre la que una manta a cuadros abriga la masa bien masajeada.

Noto que madre no quiere regresar al cuarto hondo de su pasado, a la habitación trasera de la covacha. No quiere remover heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de dineros para acabar la semana, el agravio de no poder ver a su hija que anda por los madriles sirviendo en casa extraña de señoritos. En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay para reunir las veinticinco mil pesetas que los lilas le prestaron para poder comprar esta casa. El pasado para madre es un tormento. Por eso no aguanta que mi hermano venga contando historias de antes:
¡Para de hablar. Te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir tontunas!
A mi hermano le rige estupendamente la memoria. Más me creo lo que él dice, que lo que madre olvidar desea. Mi hermano no para de hablar. Me habla de la casa en que nací como si la estuviera viendo. Me habla de dos árboles que teníamos en el corral, bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Sobre dos cuadrados contiguos señalizados en la humedecida tierra, las propiedades de cada uno. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, con nuestros dos pies dentro de nuestro terreno, hincábamos una navaja en el cuadrado del contrincante y según como quedara el sentido de la lima (de carpintero) clavada en tierra, así marcábamos, en esa dirección, una recta que arrebataba al contrario una buena porción de su parte. El perdedor era aquel cuyo terreno era comido gracias a la pericia del adversario, o cuando éste, de tan escaso espacio que le quedaba, ya no podía meter sus pies en tan diminuta propiedad.

Yo apenas recuerdo nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es, no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad de aquellos entretenimientos. Es una desgracia nacer ya mayor como un galápago que sale de un huevo sin alas, como el vino sin color, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. Es triste tener que creerme el recuerdo vacío de una infancia que mi hermano trata de llenar con aquel juego de la lima aquella en forma de navaja que me arrebató la dulzura de aquellos años.

Y es por esto que, ahora, pasado el tiempo, recurro en este blog a acontecimientos apócrifos para redefinirme. Relatos de caricias de madre en noches de altas fiebres para acallar mis sueños de terror. Cuentos oliendo a perfume de su seno, sentir la ternura de sus dedos sobre los remolinos de los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi corazón frío. No hay nada peor como sentirse huérfano de sí mismo...

Y escucho a mi hermano con atención por ver si sus palabras me devolvieran aquel mi niño perdido por las calle de Azulada.

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