Los vencidos de la guerra, convencidos, y moralmente estimulados por la solidaridad de los pueblos democráticos del entorno, resistieron hasta los cincuenta. A partir de esta fecha la esperanza en la Restauración desaparece organizadamente. Y surge un letargo asistemático, sin siglas, disfrazado y a veces hasta diluido en las mismas instituciones franquistas. Y este rescoldo permanecerá anónimo hasta el sesenta y siete, por poner una fecha que coincide con aquella ley raquítica para la Reforma sobre el asociacionismo político impulsada por los tecnócratas de aquel entonces y que fue el pórtico de lo que hoy todos llaman el periodo de la Transición en España.
Los amigos aquí reunidos fuimos partisanos de aquellas clandestinidades y algaradas juveniles. Y aún veo ahora en sus caras el resplandor de las llamas de aquel coraje militante reflejado a contraluz en los cristales de la sinceridad del vino compartido.
Una vez la Transición ultimada, los partidos en la brecha acuñarían sus batallas, ocuparían sus escaños, rentabilizarían sus victorias ayudados, entre otras coyunturas, del marco (la moneda) social demócrata. No es el resentimiento el que le lleva decir ahora al que tiene la palabra que la etapa de los cincuenta a los setenta aún permanece en la penunbra, sino una constatación. Tampoco es un contestatario el que a continuación afirma que en la Transición quedaron muchos cabos sueltos y que si no se ataron del todo es porque era imposible hacerlo en aquellas circunstancias. Entre Ruptura y vuelta a las andadas decidimos la Reforma; pero ahora sí es el momento de saldar las cuentas -dice otro-, de resarcir a los muertos, de terminar de reconstruir del todo la Memoria. La madurez de nuestra democracia lo permite y también así lo demanda -añade un tercero.
La historia de nuestro país en aquellos años (yo pienso que siempre) se hizo a ritmo binario: (1) Un impulso fáctico (los poderes registrados) movidos por la fotosíntesis política, a plena luz del día. (2) Y el otro, telúrico por su soterramiento y parecido con el humus, el abono de la tierra. Los dos movimientos sin saber ellos mismos de su compenetración combinada hacen germinar el grano que luego será el pan dorado de los derechos para todos tras las primeras elecciones democráticas allá en junio del setenta y siete.
Estos dos compases, el telúrico y el fáctico, aunque sean hijos de la misma melodía por definición no van de la mano. Pueden coincidir en el tiempo. Y a veces uno de ellos tiene su especial relevancia. Pues bien en España el periodo que va de los cincuenta a los setenta responde más al movimiento telúrico, amorfo, sin nombres ni apellidos, patria de los héroes oscuros. Y esto dicho así, aunque parezca una reivindicación para que los historiadores nos desvelen los nombres y apellidos que configuraron este movimiento, no lo es, ni lo intenta. Al menos por lo que a mi respecta, pues pienso que el alma de las revoluciones no tiene género ni calificativo, por su esencia es pueblo. Y así debe permanecer incólume por su generosidad desinteresada, ajena al protagonismo. Pues como dijo el otro, por definición nació para desaparecer en favor de la misma evolución histórica.
Ya es tarde. Alguien dice nos vamos, mañana tenemos que trabajar. Y el mar se despide de nosotros con un beso de azul intenso, invisible, telúrico, pero determinante y real.
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