martes, 11 de agosto de 2009

Tormenta seca

(*)
La tarde parecía dispuesta a destapar el celofán del deseo. El labrador se moría de sed, y esperaba que lloviera a cántaros, como las cañas resecas del panizo que con sus flores chamuscadas en la altura arañan los cirros para chupar de sus senos la leche que necesitan. Y el dolor de su espinazo le decía:
Agua segura.
Y la humedad del viento era papel de regalo que anticipaba el gozo por la sorpresa del agua. Montañas de nubes ariscas, mantas retorcidas de indecisión y de furia, sacudían polvo y culebrinas, estandartes y cruces que entronizaban la procesión de las lágrimas, las rogativas del campesino, presagio y conjuro de escabullida dicha:
!Que llueva, que llueva!
Pero la lluvia se resistía, cerraba sus ingles cual doncella de manantiales menopáusicos a muchacho aguerrido, cosechas estériles, apantanadas y podridas. Las tórtolas emborrachadas de nubes no acertaban ponerse a cubierto. Y hasta las hormigas abandonaron su escondite para librarse del anunciado naufragio. El viento descompasado corría con sus brazos abiertos, muy separados del cuerpo, como caballo espantado del incendio del agua.

Y de nuevo palabras de agua envasada engañaron a la cicatriz de su espalda, a su esperanza y callado. Lluvia cantaban las alas del aire. Y el labriego confiado con los brazos en alto salió a la era a recibir a los bueyes del agua. Y fue allí mismo en medio del grano y de la paja cuando un rayo, seca elegía de esparto y retama, le atravesó la espalda.

Y hoy, los ojos de las piedras del ribazo que bordean la era aún estrellan su odio contra aquella tormenta seca.

(*) Acuarela de Alvaro Peña

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