martes, 3 de noviembre de 2026

Somos agua


Bajando en prolongada pendiente por un escaramuzado camino entre arbustos y pinos, llegamos a una pequeña playa. Las montañas rodeaban, protegían el espejo ondulante del inmenso mar. Nos sumergimos en la infinitud envolvente de sus aguas. Nuestros cuerpos desnudos formaron un todo con la naturaleza. Las puertas del placer se nos abrieron de par en par. ¡Somos agua! -exclamamos llenos de optimismo. Agua sensual y transparente. Relajados. El agua acariciaba, nos invadía. Su dulzura se apoderó de nosotros. Baño generoso.

Completamente en cueros salimos del agua. Nos tendimos sobre la cálida molicie de la arena. Nuestros cuerpos abandonados y sin resistencia, engullidos por el fecundo falo de la tierra, base y soporte de nuestra existencia orgásmica. Cópula, agua y tierra, vectores pletóricos de belleza se rindieron, se soltaron, quedaron libres. Nos sentimos felices, colmados, calmados por la inocente promiscuidad erótica del momento. Nuestro placer interior se descorchó en risas burbujeantes, desinhibidas, cantos de acción de gracias a la vida. La risa, intimidad, plenitud vital, potencia creadora del cosmos, comportamiento natural de los dioses. Dios rió y aparecieron las aguas. Y de las aguas, todos los seres vivos. Y los dioses y nosotros en perfecta armonía.

Luego nuestros cuerpos resucitados, de pie, en posición erguida quisieron tocar el cielo con sus manos. Tarea inútil. Vimos que no éramos pájaros, que no podíamos volar.

Nos tumbamos de nuevo sobre la tierra. Y con el tiempo comprobamos, que al ser nosotros agua, podíamos diluirnos en vapor, y llegar a ser nubes voladoras. El que no se consuela es porque no quiere. Aquí paz y después gloria.

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