Leo y huelo el perfume de vuestros libros, vivo vuestros sueños. Me olvido de la muerte, de las guerras, de las imbecilidades propias y ajenas. Leo y veo el brillo del sol en la cara de los humildes, la sin razón de los engreídos. Leo, y ya no me pesan tanto las cadenas. Leo y descubro en vuestras letras aventura, tacto, cariño y conocimiento. Paso de la subida del último recibo del agua y de la luz. Leo y siento latir el corazón vuestro en el mío; y veo vuestra alegría en el revoloteo feliz de vuestros pasos por el parque de la Compañía.
Flaubert decía que el único modo de soportar la existencia era sumergirse en la orgía perpetua de la lectura. Leer, leer y respirar, todo es lo mismo, sana el cuerpo, enriquece el alma. Leo, y veo como el analfabeto nudo que como un torniquete nos aísla y oprime como ciudad constreñida, se desata, y nos une en un pueblo interracial y acogedor, un ramo de flores de colores y perfumes diversos. Leo y traspaso murallas, viajo a la ciudad Esmeralda, ese país, según cuenta Frank Baum, donde todavía las brujas y los magos moran, donde la poesía es una experiencia y la fantasía de las letras una palpable realidad. En estos días de la feria del Libro en Molina, hagamos el amor con las letras.

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