domingo, 12 de noviembre de 2017

No es bueno desear algo demasiado




El otro día, mientras Opekú buscaba la última voluntad de su madre para formalizar la herencia con sus hermanos, se encontró en uno de los cajones de la estantería un par de folios. Si este texto escrito no hubiese venido firmado por él mismo, Opekú no habría adivinado que él era su propio autor. El escrito en cuestión data de las postrimerías del siglo pasado. Exactamente el 27/04/1995. Hace más de 20 años. Tiempo suficiente para que Opekú no se acuerde ya de que tales pensamientos salieron de su cabeza. Y esta sensación extraña de leer algo suyo como si fuera de otra persona, confiere al texto ese sabor nuevo y viejo que lo convierte al mismo tiempo en especial.

El escrito viene encabezado por una cita de Steinbeck. Tal vez por aquel tiempo Opekú fuera impactado por la lectura de La perla, una de las novelas más enternecedora y poética del Nobel del 1962 en la que narra las desventuras de un padre y una madre por salvar inútilmente la vida de su hijo, víctima de la picadura mortal de un escorpión.

Releo a continuación este texto, que a mi consideración esta misma mañana me hace llegar Opekú para que yo tenga en cuenta sus consideraciones. He aquí el escrito:

El hombre es el único animal que vive fuera de sí mismo, el único cuyo impulso se orienta hacia las cosas ajenas a sí mismo: la propiedad, las cosas, el dinero, el poder. El hombre no sólo se proyecta en todas esas cosas, sino que es esas cosas. (Steinbeck)

La esperanza es fuga, alienación. Si sólo somos esperanza, ni siquiera somos. Las religiones, la civilización y, como ellas, la cultura consumista, ponen el énfasis de nuestra realización en algo siempre ajeno a nosotros. Desconsolados vamos de allá para acá buscando fuera lo que nunca logramos… Y cuando lo encontramos (¿), como niños caprichosos nos deshacemos del objeto, tan ardientemente antes deseado, para iniciar a continuación torpemente la búsqueda de otro tesoro que nunca nos calmará, puesto que de nuevo nos ponemos enseguida a la búsqueda de otra nueva quimera. El cuento de nunca acabar.

Inquirir, preguntar, tender, indagar, investigar, buscar son verbos itinerantes que definen al ser humano por naturaleza. El niño no es sino una búsqueda sin más de sí mismo, sin ni siquiera preguntarse por el contenido de la misma. El niño pregunta insistentemente a los mayores: ¿por qué, por qué? Sin preocuparse cual sea nuestra respuesta. Y así de mayores continuamos siendo niños obsesionados por juguetes absurdos, que jamás podrán justificar las altas fiebres de nuestra búsqueda. ¿Qué justificación tiene un jarrón de Sèvres si ni siquiera nos puede quitar la sed?

Me reafirmo con los poetas que la esperanza es invisible, inconsistente, una pasión inútil, araña negra del atardecer, un entretenimiento, muerta antes de florecer. Somos ese muñeco de cuerda al que se la han desatado los muelles y hace palmas sin venir a cuento. Esperamos por el simple hecho de esperar. Preguntamos por el simple hecho de preguntar, nos desvivimos sin motivo. Nos importa un pimiento el resultado de nuestras pesquisas, pues hemos llegado al convencimiento que sea cual sea el resultado, de nuevo estaremos como antes, al principio del camino. Como el peatón que anda a la inversa sobre una cinta mecánica. Siempre existencial y topológicamente en el mismo sitio, frente a la misma tienda de chucherías.

Nunca ganaremos más de lo que somos, identificándonos con el objeto de nuestra esperanza. Tontamente cambiamos nuestra primogenitura por el destello fugaz de una ilusión efímera. La esperanza es un espejismo. Los estoicos hacían bien no preocupándose más allá de los límites de su propia contingencia. La utopía no es algo lejano, fuera de nuestro alcance, es la conquista de nosotros mismos. Y la esperanza, un atentado de lesa humanidad. Esperar es renunciar a vivir. Esperar es escaparse, evadirse, venderse. Esperar es dar a nuestro adversario nuestra propia espada para que impunemente acabe con nuestra vida. Los conceptos están trastocados. Lo que en realidad debería ser la vida se convierte en carrera por querer escapar de sus apetecibles brazos.

O tal vez no seamos lo que somos, y sólo seamos lo que no somos; pero esto es otra historia, también desconocida para mí. Pues como dice Steinbeck en La perla: No es bueno desear algo demasiado. Algunas veces el mismo deseo ahuyenta la suerte.

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