martes, 23 de marzo de 2010

El milagro de la escritura


¡Por nadie pase! Su enfermedad era incurable. Mi hija tenía los días contados. Lo probé todo: el agua de los ángeles, los médicos del cielo, curanderos. Hasta le prometí a la patrona del pueblo que si sanaba, aunque me despellejara en carne viva, de rodillas subiría la empinada cuesta del santuario. Puse junto a las patas de la cama de mi pequeña semillas de calabaza; y hasta una vela negra encendí al diablo.

Pero a partir de hoy todo ha cambiado. Os cuento cómo:

Para calmar mi pena y desahogarme me pongo a escribir junto a su cabecera: sus primeros pasos, los años de guardería, la muñeca de su primer regalo, la graciosa mella de su primer diente, su primera comunión, su cara de ángel precisamente justo un mes antes de caer enferma.

Y conforme la tinta azul de mi pluma se plasma en regueros escritos sobre el blanco papel de su memoria, mi niña recobra su lozano vivir. La tinta regeneradora de mi cálamo traspasa la escritura y se introduce por sus venas con la fuerza de un motor sobre el corazón de mi hija.

Viene una visita. Dejo de escribir; y veo como su linda cabecita se inclina como margarita reseca. Desde entonces no he parado. Os aseguro que la tinta de mis letras son como el aire que sale de un fuelle y reaviva la llama de su renacer florido.

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