La lengua es mi patria dijo no sé quien. Y aquí en la huerta hoy me siento ciudadano universal y anónimo del idioma y "siento" a Lope y a Quevedo, Azorín, Octavio Paz, a Homero y al medio hombre de Fontiveros. Todos, incluidos Juan Rulfo, el olvidado Pedro Páramo, Dante y Odiseo de la mano, así como te lo cuento, y aquellos otros sin nombre que hicieron de su vivir un libro lleno de leyendas y aventuras, amores, sombras y luces, creencias y descreencias.
No faltó el fingidor de Pessoa con su vacuidad, la ironía de Ciorán, los azules de la tierra, el apesar de las palabras, las flores de los cerezos, el hijo del torero muerto, el espejo dislocado, los maquis del norte ibérico, los saris de las mujeres mojados del Ganges sagrado y casto. Reencarnados en las letras, alentadora sensualidad, unidos en la divergencia fuimos amalgamados cual "lámparas de fuego", en llama hermanada y viva escalando la cumbre del deseo.
Junto a la mesa de una paella de verduras estaba también la soledad de aquella cara humillada por el despotismo de un padre que más que hija quiso tener criada. Al fondo, entre el verde brillante de los limoneros, la naturaleza que "siempre regresa" al decir de Horacio. Todos en armonioso plagio. Y a nuestro alrededor: un niño con su carreta de sueños merodea entre nosotros y nos mira de soslayo. Y en sus ojos claros como el almíbar leo:
"Estos tíos están locos, intercambian, confunden vida con palabras como si fueran cromos".
* Molínea. Edita, Molina de Segura - Murcia - España.
Dirección y coordinación: el colectivo de poetas y cuentistas.
Impresión: Nausíacaä
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