sábado, 22 de agosto de 2009

Abriste


Abriste de par en par la puerta al peregrino. Lo viste cansado, herido, de su andar abandonado.

Le diste agua, ánimo y abrigo, y un pedazo de tu pan más íntimo.

Y al estrechar su pecho de ti necesitado, reconociste en el doblado de su espalda tu rostro tatuado.

En tu abrazo notaste sus latidos, tu indigencia en sus manos de rodilla, tu soledad en los bolsillos, y en sus rotos, tu soberbia.

Avergonzado y confundido de verte solo, pobre y socorrido, no quisiste ser al mismo tiempo anfitrión y huésped. Y orgulloso lo echaste a estampidas de tu casa.

Desde entonces vas errante de ti mismo por la cuesta de la rambla amarga.

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