miércoles, 29 de julio de 2009

El roce hace el cariño




El roce hace el cariño. Y la mujer de aquel hombre tanto olió los ajos en las manos trabajadas de su marido, que al final aquel morteruelo que aborrecía acabó siendo su mejor bocado.

No hay peste, excepto la de la muerte, a la que no se acostumbre uno. Y ese olor que al principio de su relación a la mujer le resultaba distante y tedioso, de tanto dormir juntos, acabó por no importarle y hasta le resultó íntimo. Y por mucho que al hombre le olieran los pies, la mujer se los besaba como si fuesen gloria bendita.

Y en este caso que os cuento el emisor de olores y su receptora amante con el tiempo tuvieron los mismos gustos, y hasta el mismo sabor a ajos exhalaban sus cuerpos enamorados. Y tan unidos estaban que sus individuales y específicos olores se confundieron, como en el campo el heno y la hierba luisa.

Dicen que la muerte, más que quitarnos la vida, lo que se lleva y roba es el olor de cada uno. Que tiene la muerte en sus arsenales una botica gigante con el aliento de todas sus víctimas. Pero le falta a la muerte un olor que nunca encuentra, precisamente porque lo odia. De ahí su eterna manía de segar cualquier respiro, matar lo que aborrece y desea, el olor del canto del aire.

Y con esas vino la muerte a la casa de estos labradores del cuento para completar su botín de olores, y sorprender al mundo entero con un cóctel integrador y multiculturalista de bodegones fúnebres. Pero al entrar la muerte en la habitación y ver al matrimonio como una ristra de ajos cariñosamente entrelazado, a estampidas salió de la casa como alma llevada por el diablo.

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