martes, 22 de enero de 2008

El espantapájaros


(Copyright: dangararte)


Esta noche la luna inunda a sus anchas todos los rincones de la huerta. Nada queda fuera de su luz platina. Cuanto mayor es su claridad meridiana más nubes negras se interponen ante cualquier cosa. La luz no aclara la imagen del espantapájaros del bancal de las acelgas, que cuánto más luce la luna, más resalta su sombra aplastada sobre la tierra.

Sé que no podré llorar mi muerte. Por eso lo hago ahora y siento el frescor de mis lágrimas resbalar por el esparto de la cara de este espantapájaros. Y el llanto por mi muerte prematura no me duele ni me anega, sino que me alivia, reconforta y limpia la mirada del guardián de mi vegetal estructura. Mi muerte, su anticipada experiencia, me vuelve del revés y me convierte en un hatillo colgado de un par de cañas en cruz que agradece el llanto de su pena.

Con todo mis ganas de vivir no decrecen, sino que se realzan en esta noche de luna llena en la que me encarnaría aunque fuese en el corazón de trapo de este espantapájaros que protege y se desvela por este pobre plantío de mis acelgas sedientas.