domingo, 6 de junio de 2021

La mochila.com

 


La mochila.com (Editorial Tirano Banderas. 2021) es el título de la segunda novela de Joaquín Martínez Riquelme (Molina de Segura.1945). Un libro de plácidos sueños y fábulas voluptuosas.

Su estilo llano, coloquial y cercano. Nada de retóricas ni rimbombancias. Escribir sencillo es más meritorio que ser un rebuscado aparejador de sintaxis y otras morfologías alambicadas. Las narraciones perfectas, muchas veces dejan al lector frío e indiferente. Tan minucioso, brillante y matojero es el cuidadoso estilo de algunos escritores que son incapaces de despertar interés, pasión y asombro en sus lectores. No es éste el caso de Joaquín que, fiel al consejo de don Quijote, (Llaneza, amigo Sancho, y no te encumbres), logra implicar al lector a base de guiños, sarcasmos, complicidad, ironías, cualidades todas estas nacidas de su agudeza, desparpajo e inteligencia.

La mochila.com desborda humor. Sonrisa y gracia como herramienta eficaz para Joaquín decirnos su verdad y el sentir, frente a la mentira, la injusticia y la hipocresía. Y me pregunto ¿si no será el humor la mejor espada para combatir la corrupción y los chanchullos políticos?

Martínez Riquelme, como él mismo dice, es curioso, pero no en su sentido oliscón, enredador y sucio. Es más bien un observador leal y honesto. Se detiene en los pormenores y costumbres de sus personajes para que sean más bien los hábitos y fijaciones de éstos los que retraten sus maneras, filosofías y creencias.

La condición del autor, haber sido funcionario de la Administración, le otorga a Patricio Miralles, el protagonista de esta novela, el acierto para definir al detalle el pelaje de este estamento: los cafetitos, la lectura del periódico, el aperitivo, la peña, las salidas de los finde, el esperpéntico organigrama de los servicios públicos, la escalada en los niveles de promoción, el enchufismo, el vuelva usted mañana… un coctel socio-erótico-profesional-familiar-político… los fondos buitres,…el canónigo avaro, la abuela que ronca, el vendedor vidente de la Once… toda una parodia de esta realidad que nos administra y gobierna, contemplada hoy por Martínez Riquelme, como en su día pudieran haberlo hecho de forma burlesca un Larra, un Miguel Mihura o un Pérez Galdós, acerca de aquella otra España, también farandulera y banal, trepa y dicharachera.

Me he sentido muy a gusto leyendo esta novela. Arrastrado he sido por las aguas dulces y alegres de sus letras libidinosas y, al mismo tiempo, también identificado por el trasfondo del libro, ese halo-alegato en favor de la tolerancia, la justicia, sin olvidar el placer por la naturaleza: una puesta de sol, una luna llena, la inmensidad del mar, las altas montañas, los árboles que nos rodean y, sobre todo, una sonrisa.

lunes, 31 de mayo de 2021

Un lirio exultante de vida

 


La tarde se balancea triste y nostálgica. Está desolada porque ha perdido una mirada destacada que la velaba y protegía. Cuando con su mujer venía mi amigo a la huerta a vernos, se le reían hasta los huesos.

Ya no mece mi amigo sus sueños, contemplando los geranios, los brazos dadivosos del nogal, el amaderado verde de los cipreses. ¿Quién me dirá ahora cómo canta el jilguero, de qué color es la tarde, a qué huele el jazminero y el arce? ¿Quién me vaciará las tijeras de podar, mis cuchillos y formones? ¿Quién me ajustará el mango de la martilla, el palo de la azada y el rastrillo? ¡Qué orgulloso estabas de tu piedra de agua de afilar, del taller de los bajos de tu casa, de tus colecciones de minerales y maderas, de tu gato y de tus pájaros!

Yo que no sé distinguir el granito, del cuarzo, ¿cómo podré ahora admirar en una geoda el origen de la tierra, la hermosura de sus entrañas, su evolución y el rescoldo aún caliente del comienzo de la Historia?

La carpintería y las plantas eran tu locura. ¿O acaso había algo en este mundo que no te fascinara? Los libros, tus nietas, los fósiles, tu mujer y tus hijos y un violín muy bien guardado por el que sentías no haber tenido tiempo de aprender a tocar tu música preferida, la sexta sinfonía de Beethoven. Siempre te recordaré luciendo en el bolsillo de tu camisa limpia un tallito de romero con sus estrellas azules y unos renuevos de espliego. La explosión de la naturaleza te subyugaba.

Cuando ya la enfermedad galopaba por tu cuerpo dolorido, te pregunté por las plantas de tu balcón, y tus ojos enmudecidos me dijeron que los médicos, debido a tu inmunodeficiencia, te habían aconsejado retirar todas las macetas de tu terraza. Se murieron tus plantas, se murió el pájaro de tu cochera. Si la sangre y la danza de la flora y de la fauna dejaran de bailar y de silbar por nuestros campos, huertos y montañas, ¿qué sería de nosotros?

Hoy, veo sola a la tarde meciendo triste la melancolía por tu ausencia. Veo tu vacío. Siento escalofrío. Te estoy muy agradecido. Quiero darte las gracias por aquel regalo que un día me hiciste. Esperanzado y gozoso viniste a la huerta. Me entregaste unos rizomas para que los plantara. Así lo hice. Y agarraron.

Miro de nuevo a la tarde. Te recuerdo y te resucito. Y veo cómo de aquellas raíces que me diste, acaba de renacer un lirio exultante de vida.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Al arbolico, desde chiquitico


El grupo municipal de Vox en el Ayuntamiento de Murcia llevará al próximo pleno una petición formal para que los colegios de la capital cuelguen una bandera de España en su entrada, un retrato del jefe de Estado en cada aula, y para que suene el himno de España a primera hora de la mañana en todos lo centros educativos.

Érase una vez un país extraño a la parte acá de las montañas del tiempo. Sus habitantes, seres también raros, puesto que en lugar de disfrutar de la contemplación de la hermosura del verde de su huerta, de la brisa de la tarde, del cantar de las aves, de la música de las aguas de su río, de su eterna primavera, favorecida por el peculiar asentamiento del enclave de sus frondosas tierras… en lugar de arrullarse en abrazos y amores bajo las moreras de su emblemático y florido malecón, se pasaban todo el día entre ellos enfrentados. Alineados en dos bandos, dos bloques antagónicos. Estar en competición constante, ser agredidos o inexpugnables, abatidos o campeones, los mantenía vivos. Sentirse vasallos o punta de lanza de cualquier dios eslogan, himno o bandera les daba aliento, ilusión y, también adormidera para no sentir los apuros y el desgarro de su vital contingencia.

Llevado de esta su especial filosofía de concebir la historia como baluarte y contienda, el lugarteniente de las tropas de este raro país ordenó que los niños y niñas, uniformados debidamente, antes de entrar cada mañana a sus respectivos colegios entonaran a la usanza nazi el himno patrio, tras desfilar y cuadrarse como valientes soldados delante de la efigie del Comandante en Jefe Nacional. 

Según los nuevos ideólogos, este tipo de manifestaciones educativas, es el mejor antídoto para defenderse de los enemigos del Régimen y combatir así las aspiraciones invasionistas de los pueblos colindantes. Y argumentaban: al arbolico, desde chiquitico. Vuelve la pedagogía: la letra con sangre entra.

domingo, 23 de mayo de 2021

Las apariencias engañan




Lleva don Régulo varios días sin afeitarse. Es un alivio levantarse sin la obligación de rasurar, engominar su pelambrera desgreñada, o emperejilar de gemelos y puñetas su almidonada camisa blanca. Hasta en bolas iría hoy al juzgado, sin birrete ni toga para espantar a Lolita, su vieja secretaria. O mejor no acudiría. Don Régulo se equivocó de oficio. Lo pasaba fatal cada vez que dictaba sentencia. Los temblores de sus dudas le corrían el espinazo, le atravesaban el corazón, como si él mismo fuese el encausado al que se enfrentaba. Don Régulo, a pesar de su ajustado nombre, no había nacido para juez. Bastante tenía con ser indulgente con sus propios defectos.

No siempre fue así. Al principio de su carrera se le veía feliz y triunfal. Todo el mundo le reverenciaba o esperaba de él que enderezara lo torcido, que pusiera las cosas en su sitio, que la balanza de su criterio fuese siempre fiel y acorde al derecho. Impartir justicia era para él su manera de mejorar el mundo. Hacer valer y cumplir aquel principio de la Constitución, en que el que todos los españoles sin excepción son iguales ante la ley, era sin duda un trabajo noble, pero para ello debía ser honesto. Bien claro lo dice el dicho: Medice, cura te ipsum.

El magistrado, aquel día, debía aclarar el caso en el que dos personas eran sospechosas del mismo delito. Se decantó por las apariencias de aquel que iba mal vestido, desaseado, con las manos llenas de grasa y además era bizco. La cara de este último llena la tenía de costras que le afeaban el rostro. Una persona pulcra y bien parecida nunca levantaría sospecha. La belleza como casi siempre es la tapadera de la fealdad más siniestra.

A los cuatro años se revisó la causa. Y se demostró la inocencia del imputado; pero para entonces este hombre deforme y desaliñado ya había pasado todo este tiempo en prisión provisional. Don Régulo, aquel mismo día, por dignidad pidió la baja del Cuerpo de Jueces del Estado.

Pero don Régulo no escarmienta. Anoche vio llegar a su hijo, un zagal de 17 años con los pelos pintarrajeados de azul cobalto y verde limón. El padre ve la cabeza de un papagayo cojo. Por dentro le entran los demonios. Pero no dice nada. Otra vez las dudas, que si su hijo es un okupa, un antisistema, un apestado. Teme que unos indeseables nazis lo muelan a palos a las puertas de una discoteca. A media noche, cuando su hijo duerme, el padre coge las tijeras y deja la cabeza del hijo trasquilada como un campo de avena roído por una plaga de conejos.

¿Tanto poder tiene la apariencia, –se pregunta don Régulo-,  para apoderarse de la propia esencia? Si fuera tan bello el cactus..., ¡sus espinas, caricias dulces serían sobre mi desequilibrada cordura!

martes, 18 de mayo de 2021

Con un par




Por la manera de vestir, podrán saber quién eres y hasta descubrir tus cromosomas ocultos, incluso por ti ignorados –comenta el modisto.

La clienta, mirándose bien en el espejo, añade:
Hoy se ven por la calle personas luciendo costosas telas de armiño. Nadie por su elegancia acertaría que van sobrados o escasos de lo que presumen. No creas que por embellecer mis carnes con sensuales picardías voy a caer mejor a mi marido. Él no me quiere por mis encajes íntimos, por llevar el pelo suelto o recogido, sino por la piel de mi alma asexuada, que según él, huele a cabello de ángel berniniano. Yo misma en mi infancia vestí plumas y harapos. Y no por ello dejé de ser yo misma, o yo mismo, que no sé lo que me digo. Que aunque Abascal peine coleta o rastas, o se ponga un tricornio o una mitra por montera, dejará de ser el más ultramontano de los politicastros.
No siempre ocurrió así –dice el sastre midiendo con suma delicadeza la estilizada cintura de la señora. El modisto deja ahora el metro y las tijeras, y se dispone tranquilamente a contar lo que sigue a su clienta:
Estaba yo en Italia, en tiempos muy oscuros. Recuerdo que era crudo invierno, nevaba en la Plaza de san Pedro. Me había desplazado a Roma a estudiar Diseño de Alta Costura en la Nuova Accademia di Belle Arti. Muy pronto me quedé sin un céntimo y sin el sueño de ser el mejor couturier de Europa. Soñar y ser pobre no es posible al mismo tiempo, al menos de tejas para abajo.

Luego  de hacer una pausa para concentrar su memoria en años tan remotos, el modisto prosigue con su relato:

Estaba muerto de frío. Entré en el Vaticano. Del vestíbulo de la sacristía cogí para abrigarme una túnica que al parecer perteneció a la Papisa Juana. Al salir de la basílica, unos señores vestidos de negro me llevaron a la fuerza al puesto de policía más cercano. Por mi vestimenta me confundieron con Juan VIII, aquella mujer valiente que, allá por el siglo noveno de nuestra era, ocultando su identidad, lograra ser, en contra de lo establecido, Pontífice Supremo de la Iglesia Católica. Allí mismo, un señor con cara de sexador de pollos me obligó a desnudarme de arriba abajo. Quería saber si yo era hombre o mujer. "Para ser Papa, -según él mismo me dijo-, debía tener un par”. Luego de explorar manualmente mis atributos, delante de sus compañeros cardenales exclamó, cual juez que declara inocente al más habilidoso estafador: “duos habet et bene pendentes”, que traducido quiere decir: "tiene dos y le cuelgan bien".


jueves, 13 de mayo de 2021

Los fantasmas del sueño



Me levanto muy cansado. Intento rescatar los pormenores del sueño, pero no lo consigo. Sólo encuentro su amargura, esa huella de dolor congénito que me tira de la cama antes de tiempo. Y no saber el motivo de mi desazón me duele mucho más que la herida a traición del navajazo del sueño que aún llevo dentro. Tal vez el mal sueño lo tuvieron mis antepasados, al ver en la morera recién podada al gran dragón de las siete cabezas y diez cuernos de su apocalipsis atávico.

Procuro despejarme, librarme de esta triste sensación, apearme de los caballos del hambre, del virus, de la violencia, de los casi cuatro millones de parados de la última encuesta del Instituto de Nacional Estadística, de la mala política, de la niña que según Kafka perdió su muñeca... Salgo al huerto para endulzar la desconocida pena con el azahar de los naranjos, el aroma de la yerbaluisa, el rojo pasión del albaricoquero.

Y antes de que el sol se levante por la copa del laurel, en una de las frondosas ramas de este acendrado árbol, escucho el jolgorio de una pareja de gorriones dándose escandalosamente el pico. El alba viste de rosa tenue, y apadrina en calma sonriente la escena. Y en el solemne silencio del amanecer, caja de resonancia de este nupcial gorjeo, tálamo acogedor de un aleteo interminable, descubro, en medio de los temblores arborescentes, a los fantasmas del sueño salir corriendo.

Mi sueño ha desaparecido, pero sus estragos siguen ahí. Aquel que dijo que la poesía salvaría al mundo de su desesperación mintió como un bellaco.

 


domingo, 9 de mayo de 2021

La sonrisa de tus ojos



Cincuenta años sin vernos emborronó en mi mente tu figura. Pero tu voz y tu manera de mirar me dejaron muy claro de quién se trataba. El sonido y la mirada son categorías que la memoria no olvida fácilmente. Lo invisible y lo etéreo es más resistente al derribo y a la desaparición, que lo físico y lo corpóreo. La firmeza de lo inmaterial. Basta entonar a un enfermo de alzhéimer la intangible canción preferida de su juventud dormida para que las neuronas atrofiadas del conocimiento despierten de nuevo.

Y viene muy bien al caso esta consideración, llamemos espiritista, (aunque no sea muy de mi agrado el término), a lo que pretendo decir: que lo inmaterial se afianza con más fuerza que el más estructural, deslumbrante y bello cuerpo habido o por haber.

Supe que eras tú, no por tus hermosos ojos negros, sino por la fuerte mirada que de ellos fluía. Era el mismo mar inmaculado en el que durante mi adolescencia, confiado me bañé cada día.
 
Eran tiempos de pandemia, Todos llevábamos mascarillas. No era fácil saber quien era quien. Nuestro encuentro tuvo lugar en un velatorio. No sé qué es lo que tendrán estos espacios cargados de un cierto ritual atávico que avivan mi interés por el hermanamiento tribal al que me agarro como un desvalido, me ponen por su nostalgia entre lo poético y la filosofía. Cuando los demás se mueren, parece nacer en mí una cierta preocupación científico-romántica por el sentido de la vida. La filosofía y la poesía, aun en contra del parecer de Platón, que las consideraba enemigas, tienen en común muchas cosas. Como los amores: cuanto más distanciados, más avenidos.

Nos saludamos. No porque nos reconociéramos, sino por educación. Yo, más olvidadizo, pues no supe que eras tú, hasta que la musicalidad de tu acento no despertó en mí nuestra vieja amistad de instituto. Recuerdo que me dijiste: ¡Ay que ver!, los recuerdos no envejecen, se mantienen tal cual en su momento los vivimos. Te reconocí por la voz, pero fue la sonrisa de tus ojos la que más claro me lo dijo.

Luego hablamos de lo que había sido de nuestras vidas desde que dejamos de mirarnos. Nuestros cuerpos ya no sentían lo mismo el uno por el otro, pero la sonrisa de tus ojos, el espejo donde yo me miraba a todas horas, seguía siendo la misma. Viva y fresca permanecía como antaño. Los recuerdos no mueren.

miércoles, 5 de mayo de 2021

El veneno de la escritura




Lo que escribe no le satisface. Arruga malhumorada el folio y lo arroja con gesto desaprensivo a la papelera.

Ayer en cambio, escribir la redimía, la exculpaba. Hoy todo le rebota. Su imaginación no le asiste. ¿O será que el destino, aunque se saque de la manga un mirlo blanco, otro mundo idílico o un as de oro,… ya no le dice nada? El destino, el tejedor de los hilos de su existencia, se ha cansado de dar vuelta a la rueca de sus días. Ayer, antes que el sol amaneciera, ansiosa acudía a sacar el jugo, a recrearse escribiendo lo que veía, sus sentimientos, hasta por los nervios de una piedra se desvivía. Entusiasmada por los licores que a su alrededor los acontecimientos le mostraban, cual abeja detenía su vuelo y, quieta como un místico en trance ante el milagro de la vida, exprimía hasta la última gota de su admirada contemplación.

Hoy, la mañana es una naranja estrujada a la que ya nada le queda dentro. Sus escritos no son. Muerta está por el virus. Todo está dicho y archisabido. Ya pueden caer chuzos de punta o llover vacunas para todos… Y no es su apetitosa piel la que le impide captar el sentido de las cosas. Son las cosas las que han perdido su seducción.

Antes, cualquier mínimo detalle: el rizo en la frente de una muchacha, ver a un niño embarrándose feliz la cara con un yogur de chocolate, contemplar una simple hilera de hormigas camino de su granero,… le bastaban para animar su inspiración, de tal manera que sus escritos parecían hacerse realidad.

Al escribir se retienen las palabras…basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. (María Zambrano)

Hay quienes sostienen que la realidad nace de la imaginación. Si las noticias no se publicaran, la guardia civil no estaría buscando ahora al hombre que ayer desapareció con sus dos hijas pequeñas en alta mar. Si Pablo Iglesias no hubiese comunicado a los medios que abandonaba la política, el ex abanderado de Podemos, tal vez aún seguiría siendo vicepresidente del Gobierno.

No es la primera vez que alguien escribe un libro y todo lo que en él se cuenta, acontece tal cual. Y si no leamos La epidemia del siglo de Isabel Martínez Barquero (Letrame. Noviembre 2019). 

La escritora  hoy se deshace de las letras, las echa lejos de sí para que éstas no se le claven en el corazón y acabe siendo víctima de sus propios escritos. Hoy recuerdo lo que un día me dijera la misma Martínez Barquero: El veneno de la escritura te emponzoña una vez que te entra. Cuando empiezas, no hay nada ni nadie que te pare… se sigue escribiendo hasta la muerte.

 


jueves, 29 de abril de 2021

Llámame

 



Siempre me felicitabas por mi cumpleaños. Entonces no existían los emails, los wasaps ni el streaming. No metíamos nuestras conversaciones en vivo dentro de envases al vacío. ¡Y cómo echo hoy en falta tu llamada! Los seres que me han querido están lejos de mí o han muerto y ya voz alguna me habla de ellos. (Hiperion. Hölderlin). Y tu palabra a través de la distancia era el cordón que me mantenía vivo en la diáspora de mis locuras. Desde que dejaste de nombrarme, no existo. Nada es mío. Las mariposas que sembraste en mi huerto dejaron de lucir sus colores al aire dulce de las alegrías que aliviaban mis penas. Tampoco el oro de los vinagrillos se derrama generoso entre los azules del espliego.

Hoy continúo con mis extravagancias, mis dudas y mis años, pero tú ya no estás para echarme en cara mis locuras, mi voluntario distanciamiento, para decirme ¡ay cómo se parecen tus ojos a los míos! Tus broncas y advertencias eran la senda de mi extravío. Desde que tú no estás, sólo encuentro baches y tropiezos, cardos borriqueros. Me olvidé de mí. También de tu número de teléfono. Me avergüenzo. Lo busco en la agenda de mis neuronas perdidas, entre mis juguetes de niño, en la paz eterna y libre de mi infancia. Sé que no estás, porque yo tampoco me hallo, porque no veo tu estrella en ningún cielo de los posibles. El firmamento es un caos. Tu casa, (Hölderlin de nuevo), la veo hundiéndose en el barro de un pantano, como si viera sobre mí cerrándose la tapa de un féretro. Aun así, como quien se agarra a un enlucido, desesperadamente marco tu número. ¡Llámame, por favor! –te grito. Y a través de tu silencio escucho cosas que jamás, estando viva, me dijiste. Muerta, me hablas en el recuerdo, mucho mejor que cuando estuviste a mi lado. Sólo te siento inmortal en mis sueños. Despierto, y soy un pobre de ti hambriento. 

Aguardo atento al otro lado del teléfono. Y de tus labios de cenizas, aún calientes, nada escucho. Vuelvo a la lectura del Hiperion del poeta alemán aquel que dijera:
No poseo una sola cosa de la que pueda decir: esto es mío.

lunes, 26 de abril de 2021

A través del espejo



La conocí a través de los cristales del bus 24. Nunca le miré a los ojos, no fuera que saliera corriendo, como quien huye de un escarabajo, espantada al verme. Pienso que si alguna vez hubiese tenido el valor de mirarla directamente a la cara, no me hubiese enamorado tan locamente de ella.

Todas las mañanas cogía puntualmente el autobús que me dejaba en la plaza Circular, cerca de la droguería, que hacía esquina con el colegio de los capuchinos, donde yo trabajaba como dependiente. Y, allí, ya estaba ella, sentada frente a la ventanilla, al igual que lo hace el alba nada más despuntar el día para saber de su celestial blancura. Mis ojos enseguida encontraban y besaban su reflejo como la brisa agradecida al caer la tarde. Llevábamos ya más de un año coincidiendo en aquella entrañable y especular situación. Ella, sin pestañear, para que aquel embrujo no desapareciera. Su hermoso rostro, inmóvil, reflejado en aquel bienaventurado espejo; yo, de pie, en el pasillo, agarrado a la barra del techo del autobús, sin decirnos nada, sin apartar nuestra vista de nuestro mutuo resplandor que se proyectaba ávido en la ventanilla. Ella parecía contemplar el exterior; pero no. Lo sé porque mis ojos estaban atados a los suyos, cómplices e intencionados, en un mismo punto de apoyo. Ella también evitaba mirarme de frente. Lo hacía como yo, también a través del cristal de una de las ventanillas del urbano. Y más verdad era mi velado deseo por ella, que si la mirara de frente, directamente y sin intermediación alguna. Si ella aparentaba indiferencia, (me decía yo), era para disimular, tímida, tanto ardor hacia mí. Por la carga de sus ojos yo no dudaba que su admiración era tan fuerte como la mía. Y así es como estuve casi un año perdidamente prendado de la bella apariencia de aquella muchacha.

Hasta que un día, al bajar del autobús, no pude contenerme. Me volví para mirarla directamente a la cara y decirle que la quería a rabiar. Me quedé sin poder articular palabra, completamente descorazonado, desvanecido para el resto de mis días. Lo que yo vi en aquella ventanilla fue el cartel de publicidad de una bella mujer estampada en el cristal que anunciaba una famosa marca de crema para el embellecimiento de la piel.

 

viernes, 23 de abril de 2021

Día del Libro

 


Leo, y la suavidad y dulzura de la lectura me envuelve de tal manera que hasta me olvido de la trama de su novela.
Estas palabras dichas por una de las personas de la sala, en lugar de caer bien, sentaron fatal a quien, dentro de un ciclo de conferencias con motivo del Día del Libro, había sido invitado por la Concejalía de Cultura de la ciudad.

El escritor se limitó a decir:
Sus bellas palabras hacen que me sienta como un florero. Prefiero no comentar.
Sintiéndose humillado quien en ese momento tenía el uso de la palabra se atrevió a preguntar:
¿Entonces, qué hace usted aquí, a qué ha venido si rehuye nuestras preguntas?
Luego el escritor, después de disculparse, defendió su actitud de no hacer caso a lo que no tuviera que ver con el contenido de su obra:
No es que no sienta por mí ninguna estima. Todos aquellos que me adulan por mi forma de escribir, como lo hace usted ahora, tal vez no me quieran tanto. Buscan su propio beneplácito: sentirse bien haciéndome un cumplido. Pero sinceramente, (empinó sus hombros como dudando de su sinceridad), prefiero a los que me critican, más que a los que me aplauden. No quiero decir que no necesite de vez en cuando un poco de vaselina para seguir escribiendo. Pero si alguien tiene la honradez de decirme: “¡por ahí no vas bien!, tanta floritura en tu escribir no deja que los lectores nos demos cuenta de cuál es tu mensaje”, ¡ese sería un buen amigo! Alguien me dijo un día: “si continúas al lado de esos palmeros acabarás suicidándote, morirás de éxito, calcinado allá abajo en el infierno de tus fuegos fatuos.”
Luego el conferenciante, cual rezaba el título de su exposición, explicó a la sala su opinión sobre Contenido y forma en el texto literario. Finalmente acabó su charla con estas tres ideas-resumen:

1) La literatura como herramienta de comunicación. Textualmente: si mis palabras por algún motivo desvían al lector de lo que quiero transmitir, está claro que estoy lejos de haber cumplido mi propósito.

2) El eterno debate entre materia y forma. Ojalá allá donde la estética se encaminara, se hiciese a acompañar siempre de la ética, y que el cómo y el qué fuesen la misma cosa. La verdad, la bondad y la belleza deberían entrar en el mismo paquete.

3) Los libros no deberían narcotizar a los lectores, tampoco a sus escritores. Si el padre de familia se desentiende de pagar la hipoteca, si la madre pasa de dar el pecho a su bebé, si al muchacho se le olvida acudir a la cita con su chica… Si los lectores engatusados por el modo plateresco de su lectura, descuidan la defensa de los derechos… Ya saben aquello de que los árboles (la espesura) impiden ver el bosque.

martes, 20 de abril de 2021

Micifuz y Zapirón

 


Le molestaban los halagos. No era nada modesta, pero deseaba ser admirada y reconocida como quien era. Me comentó que no había conocido ser más ridículo y repelente que aquel que le dijo un día: Me gustaría ser un gato para pasar siete vidas a tu lado. A ella lo que le gustaba era escuchar lo que salía del corazón. Odiaba por supuesto los ripios, las onomatopeyas, los aplausos, los regalos, las frases nada originales, sacadas de un simple manual amatorio. Además, lo de tienes más vida que un gato, le resultó demasiado cursi, una tautología más grande que una casa. Para ella las palabras carecían de sentido si no se correspondían con lo que expresaban. Recuerdo que me citó a un tal Vicente Huidobro: si no eres capaz de hacer florecer la rosa en el poema, tus versos para mí no son nada.

Sé que no está bien declararse a nadie mintiendo, escondiéndose tras un ramo de flores o con palabras ajenas, ya sean éstas de Neruda, de Cotázar o del mejor refranero gatero. Simular que eres un poeta, siendo simplemente un cazador de versos ajenos, ratones de medio pelo, es una impostura. Pero un pobre analfabeto como yo, sin elocuencia alguna, que apenas sabía maular, no encontró mejor elogio para engatusarla que aquella frase que leí husmeando por las redes.

Ella, como era de esperar, me dijo:
¡Miau, miau! A quien habla con el alma no se le ocurriría camelar a su amante diciéndole tales tonterías.
Ella lo que quería es ver cara a cara y sin tapujos ni tapaderas a quien la pretendía y no a quien se esconde tras palabras por muy galantes que sean. No sé si se equivocó. Se casó con un gato como ella, o como yo. Pues al final, ya lo dice el aforismo latino: Símilis símilem quaerit. Que más o menos viene a decir que el amor hace iguales a los que se aman.

sábado, 17 de abril de 2021

Al pan pan y al vino vino

 



A lo largo de la literatura, por no decir de la historia, todos aquellos que renegaron de su sombra, se vieron privados de la luminosidad que nace de su más profundo ser a oscuras. El Fausto de Goethe pierde su batalla por conseguir la luz del conocimiento, frente a Mefístoles, el dios de las tinieblas. En Jekyll y Hyde de Stevenson, el honrado Jekyll no es otro sino él mismo, el abominable Hyde. El joven y bello Dorian Gray de Óscar Wilde intenta lavar inútilmente sus excesos inculpando de sus pecados a su retrato.

Ingenuo de mí, desoyendo las sabias recomendaciones de los clásicos, quise hacer coincidir la noche y el día, que la belleza fuese eterna, que el bien y el mal fuesen trigo de un mismo pan. Y en contra de toda lógica hice un pacto con los dioses de la escritura. Ellos me ayudarían a reencarnarme en otras historias; a cambio yo me desentendería de la mía, me libraría de mi sombra. Engañaría a las leyes de la genética, sobrepasaría la dicotomía y el dualismo, la contradicción que rige nuestra paradigmática y encorsetada existencia, y así llegaría a ser, al mismo tiempo, sin dejar de ser yo mismo, El hombre del aguijón, María la del Olvido, Akhenaton, Cordelio Caprino, Percherito, Doña Celsa... y tantos otros personajes del libro Esta sombra no es mía, cuyo título me vino tras leer Elegía Primera, aquel poema que Miguel Hernández compuso a la muerte del asesinato de García Lorca: Como si paseara con tu sombra, / paseo con la mía / por una tierra que el silencio alfombra.

Pero el otro día, se me cayeron los palos del sombrajo. En las fiestas de primavera fui con mi familia a tomar unas tapas a la barraca del Azahar. Allí, junto a nuestra mesa, dos muchachas hacían tiempo esperando a otra persona. Y apareció un joven fornido, de mentón pronunciado, brazos desnudos, nariz perfecta, piel cálida, ojos gitanos. Este muchacho ceñía el tronco de su hermoso cuerpo con una escandalosa camisa de Superman. Y me resultó tan ridícula su atrevida y discordante vestimenta, que toda su belleza se me deshizo al momento. Basta colocar encima de nuestra natural hechura cualquier disfraz, para afear toda nuestra fisonomía. Luz y sombra, por mucho que yo me empeñe, jamás podrán llegar a ser una misma cosa.

Y fue a partir de este incidente, cuando me dije que el pacto aquel que hice con el Mefistos de mis creaciones literarias, fue un verdadero fracaso. El jueguecito del vamos a contar mentiras de los cuentos es también otro timo. Las liebres no corren por el mar, ni por el monte las sardinas. Tampoco a los perros los atan con longanizas.

Así que a partir de ahora dejaré las cosas como están. Al pan, pan, y al vino, vino. Ya lo dijo aquel que escribiera el Pentateuco:
Al ver Dios que la luz era buena, la separó de la oscuridad y la llamó «día», y a la oscuridad la llamó “noche”. (Génesis 1:4)




miércoles, 14 de abril de 2021

Bienaventurados los perros

 


¡Ah, Hesim, siempre he sido tan fuerte! ¿Será por eso que nunca los hombres me han querido de verdad?
Y al hilo de estas palabras de Justine de Lawrence Durrell, me viene, no sé si al caso, el recuerdo de un viejo amigo que llamaba Mísero a su perro. La protagonista de la novela del escritor citado, es una mujer emancipada que no necesita poseer ni ser poseída por ningún hombre para ser ella misma. En cambio mi amigo era un hombre débil. Si adoptó y le puso nombre tan desvalido y limosnero a su mascota, fue para sentirse investido de un cierto mando, mando o autoridad que tanto sus compañeros como la sociedad y su familia le negábamos.

Mísero era el trono desde donde mi amigo ejercía y repartía dadivoso su poder. Su dueño era feliz como el sol cada mañana al despertarse y ve a los planetas correr ordenadamente a su alrededor. Mi amigo llamaba al perro, y éste al instante venía hacia él como un cordero. Le indicaba que buscara su zapatilla escondida en el rincón más insospechado, y al momento la tenía su amo a los pies. Le ordenaba que dejara de ladrar cuando yo iba a verle a su casa, y el perro se callaba en el acto. Mi amigo, orgulloso, hacía muestra de todas estas destrezas y sometimientos delante de mí. Y notaba yo en la cara de mi amigo una satisfacción que ya la quisiera para sí la presidenta de la Cámara de diputados cuando desde la tribuna manda cerrar la boca al parlamentario más lenguaraz del hemiciclo.

No era un poder despótico y humillante el que mi amigo ejercía sobre su mascota, sino noble y lúdico por su trato protector y dulce, cualidades que por su piedad y conmiseración impedían que mi amigo se diera cuenta de su fragilidad y dependencia. Impotencia sublimada. Fortaleza camuflada.

El ejercicio de un cierto dominio sobre quienes se oponen a nuestra individualidad, afirmación y autonomía parece ser una inclinación instintiva según la psicología evolutiva. Gracias a su perro, mi amigo no se sentía un inútil. No quiero decir con esto que todas las personas que tengan perros, colegas, gatos o empleados a su cargo sean seres endebles, inmaduros o prestos a ser psicoanalizados por Freud como lo fue, por ejemplo, mi tía que dejó toda la herencia a su gata Misina.

Amar a una persona por su debilidad reviste al amante de una cierta fortaleza. Las caricias y el agradecimiento de Mísero le bastaban a mi amigo para sentirse como un Carlomagno coronado por el Papa.

La pobreza de Mísero le proporcionaba a su dueño esa autoestima y poderío que todos necesitamos para ser nosotros mismos. A veces no hay mayor regalo que aquel que recibimos de la mano de un menesteroso, un mendigo, un niño o un pobre perro hambriento.

Mi amigo y su perro Mísero, murieron el mismo tiempo. A mi amigo le ocurrió lo que a Churchill, expiró el mismo día que lo hizo su loro Charlie. 

Bienaventurados los perros que, al contrario de la Justine de Durrell, tienen un amo que les mande y que les quiera.

domingo, 11 de abril de 2021

Muere el sol en Azulada

 


Muere el sol en Azulada. Los humanos dieron a beber al dios Apolo cicuta líquida con metano. Asaltan el espacio las tinieblas siderales. Los murceguillos del caos se apoderan de la noche calcinada que viste talar febril y ácido. La noche, que antaño fuera lira, sueño y verso para Juan de la Cruz (Aunque es de noche), Mariano Manglada (¿Quién te nos hizo noche?), Van Gogh (Noche estrellada), ascua encendida de amor inclusivo..., hoy, sólo es noche. Todo es noche. Y aun siendo mediodía, telarañas, uñas fantasmales, entelan las vidrieras de la Iglesia Vieja. No veo ni tres montados en un burro. El sol se apaga eternamente por el cerro del Castillo. El aire no es aire, son larvas escurridizas, espesas como lagartijas que asolan la Yécora miserable de Baroja, la Hécula triste de Castillo Puche, la Yecla nostálgica de Azorín, mi Azulada del alma.

Ayer, a esta misma hora, por san Blas, relucía dulce el pan bendito con sus pajaricas de papel. Por san Isidro, el vino se derramaba alegre por los callejones del pueblo, por sus bodegas, altares y cespines. Sonreían los gorriones, madrugadores comensales del festín de los días. Íberos pinceles pintaban toros, ciervos y caballos por la cueva del Arabí. Los tancredos de carburo iluminaban los baños de la Fuente la Negra con resplandores de encanto, tertulias familiares, que en verano al fresco, desbordaban con historias y leyendas la imaginación del niño de porcelana.

Hoy se le olvidó al día despertarse. El reloj de la Torre no toca campanadas ni alboradas. Olvidó también la primavera encender el rosal, esparcir de flores el albaricoquero del malecón del abuelo, echar el agua de la acequia a correr por el bancal. Ya no refleja el sol sobre las estrías de azul blanco de la media naranja de una basílica melancólica y en penumbras. El niño sigue en la cama con sus miedos y temblores. Los cipreses, abúlicos y siniestros que rodean el cementerio, doblan sus copas, jorobados por el polvo ceniza y macilento. Se le fundieron los plomos al sol. A Venus se le apagaron para siempre en el parque sus fanales. Los castillicos de las fiestas patronales, sus fuegos de palmeras y arcabuces dejaron de alumbrar la inocencia de los pajes de la Virgen. Ya no despiden luz las luciérnagas ni los pedernales de la fragua de los Chirlaques, de los Palaos. Los reparadores de carros, lebrillos, conciencias, y sartenes no predican sus arreglos a la luz del día. Ya no juega el mayordomo de rodillas su Bandera por la empinada calle de san Francisco.

Los vivos están muertos. Y los difuntos andan a ciegas por el caminico de los muertos. 

viernes, 9 de abril de 2021

El amor no es la panacea



Hacía tan sólo media hora que el espejo en calma del mar iluminaba, embellecía su cara. El canto de la brisa reverberaba de miel su piel de amor mojada… Solitaria una palmera protegía su cuerpo desnudo sobre el oro encendido de la arena. Todo era placer. Nada enturbiaba el horizonte. Dos gaviotas sonreían cómplices desde el faro las caricias de la joven pareja acaramelada.

No otra cosa desean los amantes, sino seguir queriéndose siempre como lo hacen ahora. Ella, loca de amor, se mete, atrevida y confiada, en el mar. Olvida que no sabe nadar. El amor no suple la ignorancia. Suave el agua lame de abajo arriba cada rincón de su hermoso cuerpo. Ella, agradecida inclina su cabeza. Se mete toda entera bajo el agua. La joven se deja llevar por su ardiente locura, se sumerge en el rincón más profundo de sí misma, esa bodega de la que hablaba la mística abulense: Metióme el Rey en la bodega del vino… para que allí sin más tasa pueda salir rica.

Apenas hacía tan sólo un instante, la muchacha tumbada era feliz en la playa. Exultante, decía al joven: El amor lo puede todo. Él, cauto, o tal vez más esperanzador, añadía: El amor lo mismo mata que resucita.

Ella creía que el amor la salvaría. Pero sus brazos no le responden, su respiración se descontrola. El amor no es la panacea. La muchacha hace un último esfuerzo. Intenta apurar el oxígeno de la bombona vacía de sus pulmones. Pierde el sentido. Se rebela con todas sus fuerzas contra lo que parece su final:

¿Encerrarme en mí misma como ese horripilante gusano que ávido y estúpido construye su casa para morir en ella? ¿Tirar por la borda los mil y un besos que aún me quedan por dar a mi chico? ¡No! ¿Acabar antes de tiempo, recrearme tontamente en la nostalgia de un ayer todavía iniciado? ¿Ahogarme? teniendo sólo veinte años y estando enamorada… ¡ni hablar!
La joven, ajena ya a la transitoriedad del tiempo, se detiene en su última escena vivida. Momento único en el que, traspasado el túnel, se ve abrazada eternamente al agua, convertida en pez, en estrella, en nada… fundiéndose con el azul del cielo de un joven valiente que la sujeta fuerte del brazo sacándola a la superficie.

Cuando vinieron los de Protección Civil, multitud de curiosos rodeaban a la accidentada. Las dos gaviotas que desde el faro contemplaban la movida, no pudieron ver si la muchacha aún respiraba.

martes, 6 de abril de 2021

Sobran las palabras



Era la primera vez que te ocurría. Te dio por reír. Te sentiste como un payaso de circo parodiando a un tonto al que se le enreda la mui y no atina a decir lo que quiere. Luego, cuando comprobaste que la cosa iba en serio, y que tanto tu boca como tus órganos fonadores no conseguían dar correctamente con las palabras necesarias para que el camarero te sirviera el segundo plato, te apuraste de verdad. El mozo, acostumbrado a verte cada día como una persona seria, que asiduamente después de su trabajo acudías a comer a su restaurante, por tu decir chistoso, ininteligible, pensó que el vino se te había subido a la cabeza. Sonrió y educadamente volvió a preguntarte: ¿Y de segundo, señor?

Por más que te empeñabas en decir que de segundo querías una carrillada de cerdo con patatas fritas, de tu analfabeta boca seguían saliendo palabras desordenadas, incomprensibles hasta para el más políglota de los intérpretes de Babel, un tal Félix Tezanos. El camarero seguía perplejo. No entendía nada. Tú te sentiste peor que él; y para salir del enredo, quisiste decir que te trajera lo de siempre. Ni por esas. El barullo verbal era el mismo. En una servilleta de papel intentaste escribir carrillada, con letras grandes… pero el camarero sólo pudo leer el mismo galimatías que tu boca farfullaba. En este caso, oralidad y escritura tampoco se correspondían. El mozo seguía parado delante de ti, sin saber lo que te apetecía de segundo. Con un gran pellizco en tu cara y gruñendo como un cerdo le dejaste claro lo que querías. Luego, de postre, lamiendo con la lengua tus labios gustosos, al tiempo que hacías temblar insistentemente un plato, pediste un flan. Te entendió perfectamente. Mientras tanto le echabas un ojo a los titulares del periódico: Lo que dice y no dice la encuesta del CIS.

Terminaste de comer. Con un continuado deslazamiento de los dedos índice y pulgar de tu mano derecha pediste la cuenta. El camarero comprendió a la primera. Pagaste.

De vuelta a casa, te esforzabas en leer en voz alta los anuncios de publicidad que colgaban de las farolas a tu paso. Eran tiempos de elecciones en la Comunidad de Madrid. Isabel Díaz Ayuso contra todos. Todos contra Ayuso, menos los de Vox. Carteles sembrados de palabras y palabras. Palabras muertas, coleando como rabos de lagartijas sin cerebro, desnucadas. Las leías, pero no llegabas a comprender su significado. 

Fue entonces cuando cambiaste el rumbo de tus pasos. En lugar de regresar a casa, te dirigiste hacia Malasaña, para acabar luego a las tantas de la madrugada, completamente ebrio, por los baretos de Ponzano. Si te liaste a copas fue por ver si venía la cordura a tu boca descarriada a tu sesera aún más grillada. Después de haber leído en el restaurante el desbarajuste de los sondeos electorales: Los votantes de Vox prefieren a la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, más que a su propia candidata, Rocío Monasterio, querías saber si en un mundo sin palabras, sin encuestas, la comprensión no sería más fácil, más íntima, más cierta y sincera.

Después de tu noche loca, el taxi te dejó en Alcorcón, en la misma puerta de tu casa. La llave del piso se te resistía. Tu mujer habría bloqueado la cerradura por dentro. Este simple gesto te bastó para descubrir el más oscuro de los misterios que te mantuvo pedo todo el día: tus rencillas con tu esposa. Y con todas las fuerzas para que Alcorcón entero te oyera, gritaste: Isabel, mi querida Ayuso, no dejes a tu hombre aquí tirado como un perro en medio de la calle.

sábado, 3 de abril de 2021

Tu padre no es mejor que el mío

 



Leyendo a Héctor Abad me sorprendo de su facilidad para contar su vida. Su naturalidad me seduce. El autor construye el texto sin afectación alguna. Me atrae su fluidez y llaneza. Supongo que esta habilidad es la que todo escritor desearía para sí.

Los hay que, nada más ponerse a escribir, buscan y rebuscan palabras, metáforas sugerentes, giros novedosos y originales que dejen patidifusos a sus lectores. Y en este intento floriturero, lo que de por sí debiera resultar simple y sencillo, acaba siendo complejo y por tanto desdeñado. ¿Por qué no decir simplemente cómo que son las cosas, y no esmerarse tanto? ¡Que al final nuestro escrito acaba hecho una mierda! Resulta difícil hacer fácil lo fácil. Aconsejado por Flaubert en encontrar la palabra justa, algunos escritores se desvían precisamente de esa justeza. Y debido a ese afán de perfección literaria, se hacen repelentes. Repito, en cuanto a la forma, Héctor Abad me resulta genial por su manera espontanea de involucrarme en su lectura.

Independientemente de que El olvido que seremos me haya llegado al alma, y sin cuestionar por supuesto la noble figura de su padre, como hombre honesto, consecuente y auténtico, me atrevería a decir que el padre de este autor no es mejor que aquel otro, un simple albañil, fresador o carpintero. Si el padre de Héctor fue profesor de universidad, investigador, hombre comprometido, aquellos otros no lo fueron menos, pues en tiempos de penurias sacaron adelante a su familia y también combatieron contra la tiranía y pelearon por el restablecimiento de las libertades. Si el padre de Héctor Abad llevó a sus hijos a los mejores colegios de Colombia, si su madre era sobrina de obispos y cancilleres, emprendedora y adelantada a su tiempo, la mujer del albañil o del picapedrero no lo fueron menos, compartiendo las tareas de la casa con su trabajo en la fábrica, remendando calcetines y culeras de una prole de hijos que, si aprendieron a leer y a escribir fue porque después de sus trabajos le quitaban horas al sueño. Que conste que no es mi intención confrontar dos realidades, que aunque distintas sociológicamente, ambas persiguieron el mismo objetivo: la mejor crianza y educación para sus hijos.

Y en cuanto al contenido de este libro, (la adoración que un hijo siente por su padre), no deja de sorprenderme, y me apasiona por vocación y profesión.
Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz…
Era muy indulgente (se refiere a su padre), con nuestras debilidades si las consideraba irremediables como una enfermedad.
Hace tan sólo unos días la hija de aquel otro albañil, barrendero o tonelero recordaba también la figura de su padre: lo estoy viendo con su boina liando un cigarro, charlando con los vecinos, tomando el sol en la calle. Teníamos un trozo de tierra. Un día me dijo, toma, hija, este es el melocotón más grande que había en el árbol, lo he guardado para ti. Antes no nos decíamos te quiero, pero el cariño sí que lo sentíamos.

El protagonista de El olvido que seremos, está muy orgulloso de su padre. ¡Cualquiera lo estaría con un padre que hasta el mismo día en que cayó asesinado por los paramilitares en pleno centro de Medellín, dedicó toda su vida a la defensa de la igualdad social y los derechos humanos!

El libro, además de parecerme buena literatura, es toda una lección magistral de Pedagogía, no sólo recomendado para padres e hijos, sino también para estudiantes de estas disciplinas.

Lo que yo ya no sé si este excesivo buenismo de los padres se corresponde con el principio freudiano de que los hijos deben matar (metafóricamente) al padre, puesto que los padres, aun sin querer, o tal vez por nuestro desorbitado paternalismo, anulamos la auto-afirmación emergente de los hijos.

La adoración que los hijos sienten por el padre es casi instintiva. A lo largo de mi trabajo como maestro no he conocido a ningún hijo que no estuviera contento con el padre que le tocó en suerte. ¡Y mira que los he conocido duros, hasta indeseables! Recuerdo un alumno que su padre era un humilde trabajador que se ganaba la vida acarreando comestibles por los campos para sacar adelante a la familia. Y el hijo, al no estar satisfecho de la baja condición del padre, siempre que le preguntaba por la profesión de su padre, me respondía que era jefe de policía. También hubo aquel otro niño que su padre estaba en la cárcel por abusar de una menor. Pues bien, cuando le preguntaban por su padre, siempre me decía lo mismo. Mi padre está en Alemania, trabajando como responsable de una importante sección en la Volkswagen. La imagen sublimada del padre mítico y necesario que todo ser indefenso necesita para sobrevivir.

A la par y como contrapunto de la ternura filio-parental que respira esta novela autobiográfica, estoy viendo la serie Homeland en la que la hija de un terrorista repudia a su padre, abandona la casa familiar, incluso se cambia el nombre y los apellidos, rompe con todo lo que huele a su padre. Lo odiaba con toda el alma, con una facilidad y una constancia que ya se las quisiera el amor.

Y acabo con un remate final, tal vez fuera de parva, pero que en nada se contradice con el buen gusto que me ha dejado la lectura de El olvido que seremos: No es mejor el padre de Abad Faciolince que cualquier padre de cualquier otro hijo. Igual que no es mejor nuestro Dios que aquellos otros dioses de civilizaciones distintas, antiguas y lejanas a la nuestra.

Si un buen libro es aquel en el que nos vemos reflejados, aquel que nos interpela y cuestiona, que nos llena de amores, que nos acompaña en nuestros recuerdos por los mismos caminos de incredulidades y de fe de nuestra infancia y juventud, éste sin duda, El olvido que seremos, es para mí un buen libro.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Entre el Gólgota y el Olimpo

 

 

Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá. (El olvido que seremos. Héctor Abad)

Tú también tuviste que elegir entre los evangelios y tu madre. Si alguien viene a mí, y no aborrece a su madre,... no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:25).

Y escogiste a Dios, apartándote de la mujer, de la naturaleza, de los colores del día…, despreciando el sabor de la dulce manzana del Paraíso.

A ti por aquel entonces nadie te había hablado del Panta rei de Heráclito, tampoco del Deus et omnia de Francisco de Asís, ni que todas las cosas son una, y que precisamente de la lucha constante de los opuestos brotaba la armonía y el conocimiento.

Vida y muerte, oxímoron, talismán, locus amoenus, recurso de poetas y místicos para decir que lo negro es blanco, que el sol sale a media noche, que la nieve quema, el llanto alegre, el felix culpa del pregón pascual, que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, o aquella otra sublime verdad que de la fealdad y de la contrahechura nace la belleza más santa para que una tal Esmeralda, hermosa y gitana, se enamore del jorobado Cuasimodo según cuenta Víctor Hugo en Nuestra Señora de París.

El cielo y la tierra, el bien y el mal, la luz y la sombra se juegan en estos días de Semana Santa su dual existencia. Los rivales saben de ante mano que el partido acabará en tablas, pues de este fraternal empate depende su entreverada y mutua permanencia en la liga de las esencias. De la contradicción por antonomasia entre la vida y la muerte, crucifixión y resurrección, nace la armónica amalgama de la cuadratura del círculo. Gólgota y Olimpo son un mismo monte por el que tú, pobre Sísifo, te las ves y te las deseas para llegar a la cima de tu eternal deseo.

Y al hilo de esta esperanza te enteras que unos científicos de la Universidad Illinois acaban de detectar células en el cerebro humano después de la muerte. Y te dices: ¡Por fin hemos localizado el gen de la inmortalidad! Sigues leyendo el contenido de esta investigación para quedar de nuevo desilusionado: Estas células tan sólo sobreviven unas cuantas horas más después que el corazón haya dejado de latir.

domingo, 28 de marzo de 2021

Cambio de hora



Podemos cambiar de hora

A las dos que sean las tres

Alargar el día

Acortar la noche

Pero nunca conseguiremos

Que la luz y la sombra

Dejen de ser lo mismo


viernes, 26 de marzo de 2021

Lirios que alumbran de azul la noche




Se derrumbó el imperio maya. Fue derrotada la Armada Invencible. Mataron a Dios. Murió Mafalda. Cayeron las Torres Gemelas… Estos hechos, aun siendo graves, no impidieron que los lirios cada primavera alumbraran de azul la huerta, que los niños al salir del cole corrieran en busca de su merienda, que el novio suspirara por acabar su jornada para ir a abrazar a su amada con un beso de rojo intenso.

Hoy es distinto. Se hace larga la agonía. Más de un año con esa sensación de que no hay luz después del túnel. La inflexión, el declive, la bancarrota… Lanzados vamos hacia el abismo. Nuestro mundo tiene los días contados. Y no es sólo un sentimiento la causa de este bajón. Es la razón. Datos empíricos dicen que al reloj de nuestro planeta ya no le queda cuerda. El sol se enfría. Los mares se llenan de plásticos. Las reservas de agua del planeta escasean. El aire cada día se hace más irrespirable. Los glaciares se derriten. La polución. El calentamiento global… ¿Quién viendo su casa arder, no escaparía deprisa buscando un sitio seguro para librarse de este fuego apocalíptico? Más o menos es lo que nos aconsejó Stephen Hawking al advertirnos que sólo nos queda un milenio en este planeta, que dejemos de mirar nuestros pies y nos dispongamos a buscar otro mundo posible más allá de las estrellas.

Desde marzo del año pasado en que se declaró la pandemia estoy que no vivo. ¡Nos faltaba este capeador virus que ya cuenta con la friolera de casi tres millones de muertos! Los niveles de salud mental se disparan. Nos estamos volviendo locos. Este mal bicho además de quitarnos el cuerpo nos machaca el espíritu. El miedo y la congoja, la inseguridad, el estrés... se expanden como la grama por los pedregales del alma. ¡Cuán grande es nuestra fragilidad! Nosotros ¡que nos creíamos la leche! somos más endebles que una pluma azotada por el viento.

¿O será que me estoy haciendo viejo? Y lloro por no poder abrazar a mis nietos. Y a continuación, como si nada, dormito en el sofá viendo cómo la España de Luis Enrique se deja empatar por la infantería pesada de los hoplitas.

Mientras tanto, abajo en la plaza, un hombre, como si no hubiera pasado nada, pregunta a uno de sus vecinos, si por casualidad ha visto a su madre. El hombre tiene las manos untadas de sangre. Lleva bajo el brazo un bulto liado en un trapo. Es la cabeza de su madre a la que este perturbado acaba de quitar la vida.

¡Claro! que en lugar de venirme abajo con recuerdos tan luctuosos y macabros, de gemir como un nostálgico, podría sobreponerme, o consolarme al menos, escuchando por ejemplo a Juan Ramón Jiménez: 
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros 
cantando; 
 y se quedará mi huerto, con su verde árbol, 
 y con su pozo blanco.
Pero, ¿para qué? ¿Acaso los lirios que alumbran de azul la noche de mis sueños, seguirán mañana derramando su semen caliente en nuestro estéril jardín?


martes, 23 de marzo de 2021

Pagar quise yo a la muerte


Pagar quise yo a la muerte
Haciendo un pacto con ella:
Antes de llegar el día
Ella muerte me daría.

Mi suerte en cambio sería,
Tras mi partida funesta,
Mirar lo que pasaría
Desde mi tumba abierta.

¡Me hacía tanta ilusión,
Después de haber fenecido,
Saber si el curso del río
Andaría su camino!

¡Si aquel almendro florido
Que hoy ríe junto al molino
Mañana tendría su aroma,
O si su fruto podrido
También moriría conmigo!

Dispuesto a pagar estaba
Lo que la muerte quisiera
Con tal de seguir yo viendo
Cómo el vaivén de la noria
Continuaba su canto
Embelesando a los pájaros,
Y si a mis hijos la vida
Los mantendría asombrados…

La muerte que nunca miente
Me dijo sabia y prudente:
"Te aconsejo, mi inquilino:
Vive ahora este momento
Si quieres después de muerto
Saborear tu destino".

domingo, 21 de marzo de 2021

Murcia, qué mal te veo

 


Más grande será la caída. Y entonces los dioses nos concederán la gracia de saber lo que vale un peine. Por sus vergüenzas los conoceremos. No hay mal que por bien no venga. ¿Qué remedio? El que no se consuela es porque no quiere, ya lo dice el refranero.

Y cuando veamos del todo sus vilezas en la poltrona, claveteada a base de pactos contra natura, deshacerse en pedazos, tal vez nos demos cuenta de la hiel que esconden sus entrañas. Hasta el punto de que hay quienes creen que López Miras y los tres díscolos de Cs debieran ser juzgados por cohecho y corrupción, porque han comprado voluntades pagadas con cargos públicos.

Murcia, qué hermosa eres, y qué mal te veo. No está bien decir cuanto peor, mejor, pero cuando un amasijo de gerifaltes gestionan lo público en contra de lo público (aberrante, ¿no?)… Y entre  concertados y conciertos dejen nuestro sistema educativo para el arrastre... Hemos puesto al zorro a cuidar la gallinas, y tal vez muy pronto no nos quede ni un huevo. Porque es mucho tiempo, (ya va para más de 20 años), que ni echamos de menos un buen zarangollo para todos… O como cantaba Víctor Jara en A desalambrar: que la tierra es nuestra, / tuya y de aquel, / de Pedro, María, de Juan y José.

Tal vez, tal vez... esta mala racha nos venga bien para despejar el campo, abrir de una vez los ojos, aprender a separar la cizaña del trigo, saber de una puñetera vez con quién nos jugamos los cuartos, esos votos que van siempre a parar al corral de nuestro esquilmador insaciable.

sábado, 20 de marzo de 2021

Una dulce mentira




Un día alguien me dijo:
No entiendo nada de lo que dices.
Contesté:
Yo tampoco.
Y añadió mi entrañable censor:
Tengo entendido que has cambiado a Dios por la poesía.
Me defendí:
¿Acaso Dios no es una metáfora?
Resolutivo y solemne sentenció mi interlocutor:
Sí. Pero Dios no es una metáfora más. ¡Es la Metáfora!
Ahora era yo el que no comprendía tan extraña definición divina. Y para que me explicara mejor su fe, le pregunté:
¿Algo en lo que creemos, pero al no saber de qué se trata, recurrimos a una imagen para hacernos una idea…?
Y viendo mi amigo en mis palabras una cierta ironía o resistencia a admitir su punto de vista, quiso dar por terminada nuestra conversación:
¡Más o menos!
Luego me quedé pensando: ¿Acaso no soy yo el que fabrico mis propias creencias, las deposito en el altar de mis supuestas verdades, y me arrodillo ante ellas cual fiel devoto necesitado de una dulce mentira? 

miércoles, 17 de marzo de 2021

El cántico de Zacarías


Hoy se levantó Zacarías con una rueda de molino en cada oreja.

El conjuro, que el Ángel le echó el otro día al viejo por haber desconfiado que de un surco estéril nacerían estrellas de madrugada, se ha cumplido.

No hay mal que por bien no venga, ni cañas en el desierto sacudidas por el viento. Mudos sus oídos, oyen mejor lo que le dice una renaciente huerta de verdes-esperanza.

Escucha escéptico, el turiferario de inciensos fatuos, el crecer de los tallos frágiles y atrevidos, enhiestos y temerarios de una mata de habas.

Flores vergonzosas asoman sus cabizbajos ojos, campanas de auroros batiendo luminosas sus alas al rescate de las ánimas-plagas de un purgatorio. 

Hojas espadas defienden nidos endebles, palomas blancas, granos en ciernes, cantando a coro su Benedictus.

 


lunes, 15 de marzo de 2021

Cosas veredes

 

Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de sus plumas. Diario de un loco. (Nikolái Gogol)

Dos perros se escriben cartas. El protagonista quiere entablar conversación con uno de ellos para sonsacarle cosas de su ama, una señorita, hija de su jefe de la cual anda el loco prendado.
Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre tu señorita, dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie… Si pudiera ver cómo se pone una media blanca como la nieve sobre aquella pierna...
Pero el perro como buen político no dice nada. No quiere comprometerse como uno que yo me sé al ser preguntado por Évole si era de izquierdas o de derechas. Sabe el perro por Villarejo que por la boca muere el pez. Muchos son los protagonistas en la literatura que se disfrazaron de animales para comunicar mejor con las personas: El conejo blanco de Alicia, por ejemplo.

Sigo leyendo el Diario de un loco de Gogol:
Todo esto sucede porque la gente cree que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del Mar Caspio…Quizá ignore yo mismo quien soy.
Llevas toda la razón, Nikolái. El conocimiento que tenemos de las cosas no nos llega directamente, sino como un reflejo: como si a través de la mediación conociésemos mejor. Nos damos a conocer equívocamente, por no decir que falseamos instintivamente nuestra imagen; nos disfrazamos con las máscaras de los demás. Ya lo dijo el empirista Berkeley: Somos tal cual nos ven.

El loco diagnosticado no es loco, está loco. La locura no se da en grado absoluto. Todo demente tiene momentos de cordura. Y estos momentos tal vez sean los más lúcidos:
¡Qué cosas tan raras suceden en España!
Más supe yo de mi patria por lo que me contaron italianos y franceses que lo que yo mismo conocí siendo nativo y vivir siempre en este país.

Está el loco del diario de Gogol muy preocupado. El trono de nuestro país anda sin rey. Y por culpa de este vacío real el escritor de Almas muertas no puede conciliar el sueño.

Cuatro meses después, por fin una mañana se levanta eufórico el diarista:
¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey!... Y este rey soy yo.
Después de terminar de leer Diario de un loco, me di cuenta del poder misterioso de la literatura. Es capaz de hacernos creer que España y la Conchinchina son el mismo país, o que el agua de las letras es el vino de la vida. Ser también sorprendidos por el cuento El príncipe y el mendigo, de Mark Twain. ¡Un loco que se creyó ser Fernando VIII! Y así dar cumplimiento al sueño de nuestra mayor locura: hablar como los animales, descubrir dentro del lobo un corazón de cordero o encontrar en la más sumisa de las reses al mayor tránsfuga político.

Para acabar este desmadrado comentario a la lectura de Diario de un loco, permitirme amañar a Gogol diciendo: cuando Murcia aspira rapé, Madrid entera estornuda.  

sábado, 13 de marzo de 2021

Sacar el carro del pedregal



Andaba yo hasta el otro día recreándome con La isla misteriosa, pero al saltar a la prensa la noticia de una moción de censura contra el Presidente de nuestra Comunidad, de inmediato aparqué la lectura de Julio Verne. Como dijo Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. No necesitaba yo saber de qué manera unos náufragos, tras la desaparición de la isla donde se encontraban, podrían ponerse a salvo, teniendo yo delante de mis narices enredo, este otro, tan ingenioso y relevante, capaz de asombrar a toda la piel de zapa de nuestra carpetovetónica región pimentonera.

No me arrepiento haber cambiado mi visionaria aventura verniana por esta otra epopeya en la que me hallo como feliz carpín dorado zambullido en el río Segura. Todo tipo de intrigas se dan cita en este vodevil donde no faltan ni escasean el atraco, la traición, los celos, las simonías, el amor, las destituciones, los súbitos nombramientos, sobornos y tamallazos, naipes habilidosos, regalos envenenados... Llevo dos días, -me avergüenza decirlo- disfrutando de lo lindo.

La función no ha terminado. Mi ingenioso Julio Verne tendrá que esperar.

Por el camino que vamos, la política es un cadáver. ¡Lástima! ¿Seremos capaces de sacar el carro del pedregal?

viernes, 12 de marzo de 2021

Mejor así como estamos



 A veces en nuestra vida actuamos sin saber. Y es así, como nuestro organismo se quita de encima algún infortunio que otro.

Por ejemplo tiene el Sortijas, que así es como yo llamo a Jacob, el hijo de mi hermano, la costumbre de entretenerse con el móvil a todas horas. Y en lugar de discutir con su padre o comerle la oreja a su hermano por asuntos de herencia, mi sobrino el Sortijas se mete en su cuarto con su Hitman GO, que según tengo entendido es un juego de estrategia que le permite a uno escapar de sus enemigos y esconderse para que no le vean, ni le molesten.

Sin ir más lejos, la otra tarde fui a visitar a mi hermano. Era su cumpleaños. Me apetecía darle un abrazo. Mi cuñada se lió a discutir con su hijo Jacob de mala manera. Le recriminaba no estar con todos a la hora de la tarta. Jacobo se defendió de tal manera de las acusaciones de su madre, que sus argumentos se me quedaron grabados por su originalidad y coherencia:
Mamá, no creas que quiero justificarme por esta tonta manía de perder el tiempo. Pero he de reconocer que, cuando cojo el smartphone, me veo libre de las cosas malas que me cargan y se me pasan por la cabeza.
La madre ni corta ni perezosa contesta al hijo:
¡Cargas, hijo, las que yo llevo contigo, que no das un palo al agua!  Se te va la vida sobando el móvil.
El hijo tampoco se muerde la lengua:
Si tú haces yoga o taichí para no pelearte con tu marido… pues yo lo mismo: juego a ser el Agente 47 para no reñir con mi hermanísimo Esaú. Y si el papá se va a la huerta, coge el legón y se pone a cavar como un loco los olivos que no tenemos, es para no pensar en los años que nos quedan por pagar la hipoteca de la casa. Así que no vengas camelándome con tus moralinas de madre sacrificada. El sacrificado, ¡yo! que tengo ya veintiocho tacos y no sé lo que es un curro. Que sepas que el móvil me ayuda a desconectar de este mundo ingrato que me acosa como serpiente a pájaro enjaulado. Y en tal situación de alivio me veo, cuando juego a rescatar a todas las princesas de la red, que me siento en paz y relajado, como ese Jacob de Ribera durmiendo a pierna suelta en el Prado, libre de las monsergas catonianas de su madre Rebeca y de la tirria de su hermano Esaú que quiere quitarle el plato de sus lentejas. 

Mi sobrino el Sortijas, que bien pudiera haber sido un buen profesional de la psicología, remató su argumentación a la manera salomónica: 

¿Sabes, madre, dónde estaría yo ahora si no estuviera jugando aquí con el móvil? metido en la cárcel por trapichear con cristal o kentamina, o tal vez tirado en una cuneta por un ajuste de cuentas. Pues mejor así como estamos. ¿No te parece, mamá?

martes, 9 de marzo de 2021

La novia del canónigo penitenciario

                        


La recargada arquitectura exterior de la catedral acoge solemne a una madre que, acompañada de su hija, acude como cada domingo a misa de doce. Dentro del templo, las dos mujeres se arrodillan frente al altar mayor, en uno de los bancos, firmes escuadrones, que rinden honores en el patio de armas de un cuartel sagrado. Luces indirectas surgen de los repliegues de las columnas que sostienen las tres naves y una bóveda coronada de ángeles asexuados. Luces que, en lugar de aclarar dudas y conciencias, tiñen de sombras las caras enhiestas de la feligresía, sobre todo el bello y joven rostro de la hija, poco acostumbrada a este tipo de espectáculos.

La madre, absorta con los ojos cerrados, anda sumida en certezas que no entiende, se siente enraizada en la tradición de sus antepasados con rezos de ultratumba.

La función litúrgica recae en el celebrante, maestro y diestro de la simulación de un sacrificio inexplicable. Digo función, velada o teatro, basándome en las palabras que una hija irónica dirige ahora a su madre: Mamá, después ¿quién sale?

El comportamiento de quien oficia la misa es confuso y contradictorio. Juega con sus manos, ora alzándolas como palomas al Cristo que preside el presbiterio, ora extendiéndolas con su índice acusador a una feligresía cada vez más desentendida e indiferente a este tipo de pláticas y recomendaciones fuera de época. Lo mismo hace con el tono de su voz: a veces casi no se le oye; y otras, se pone a gritar como un energúmeno. Este hombre de Dios, en el gran escenario del altar mayor, se siente ungido con el don de lenguas, lenguas irrebatibles que dentro de la mansión catedralicia silban cual los ecos salidos de un gran pozo de serpientes. El sacerdote dirige dardos encendidos contra los fieles que asisten a misa.
Sois una puñetera mierda, incapaces de dar un solo paso por vosotros, pobres imbéciles que vais por el mundo errando por vericuetos inmundos y senderos torcidos. El placer de vuestros pecados es el candado que os cerrará las puertas del cielo.
Después de aquel accidente, este hombre, (hace más de cuarenta años mató accidentalmente a su novia), anda con el corazón destrozado y la mente alocada. Emocionalmente es un hombre roto. De ahí, sus homilías salidas de madre. En aquel día le enseñó a la novia la escopeta con la que solía salir a cazar con su padre. El arma se disparó y vino a dar en el pecho de su prometida. Ella murió en el acto. Y él decidió redimir su culpa, metiéndose a cura.

Hoy, aquel joven enamorado, es un canónigo penitenciario que delira sermoneando a sus fieles. Lo mismo se enfurece con profecías apocalípticas, que se ensalza ahora místicamente como como lo hiciera san Agustín en sus Confesiones:
Me hiciste, oh Dios, para ti y mi corazón anda inquieto hasta no dar contigo.
La joven hija, cansada de aguantar este sinsentido, a punto está de decir a su madre que la esperará fuera, en la cafetería de la plaza; pero al escuchar las últimas palabras del reverendo: Porque mi alma vacía sólo la llenas, oh tú, mi amado… decide seguir al lado de su madre.

Si hasta lo que llevamos de misa, la hermosa joven ha visto en el oficiante a un incendiario Torquemada, a partir de ahora, su cara se muestra radiante cual la de un Jesús de su Magdalena, enamorado.

El canónigo sigue con su subida prédica llena de lirismo. De pronto, sus ojos se detienen sobresaltados en la joven muchacha. Fuera de sí y a voz en grito exclama: ¡Cielo santo, es ella, mi novia muerta y ahora resucitada! El canónigo, pletórico como quien acaba de encontrarse consigo mismo, no cesa de alegrarse, entonando enfervorizado aquellos versos del poeta de Fontiveros:
¡Oh feliz dicha la mía
que volviste a juntar
amado con amada,
amada en el amado
transformada!
El hombre de Dios desciende decidido las gradas del atar, se dirige al banco donde la joven muchacha recibe el beso del canónigo penitenciario. Los besos no mienten. Y éste que ahora se dan el canónigo y la muchacha son los mismos besos que encendían sus almas cuando estaban enamorados. 




viernes, 5 de marzo de 2021

Julio Cortázar y Ernesto Cardenal


Dios me libre de ser yo el loquero de Julio Cortázar. Tampoco, de cualquier otro escritor, ni tan siquiera de Kafka. Que cada cual va sobrado con su particular terapia. De mentes angustiadas nacieron grandes obras. Y así, gracias al exorcismo de sus creaciones, muchos artistas se ven libres de sus demonios meridianos.

Después de leer el relato desconcertante y contrapuesto de Cortázar Apocalipsis de Solentiname, veo como el de Rayuela, a partir de una experiencia autobiográfica, ricamente contada entre encuentros y abrazos de poetas y de amigos, místicos y revolucionarios, políticos y diplomáticos, (Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Martínez de la Riva…), pasa de repente a un dantesco desenlace histórico-fatalista.

Cortázar, en su visita, allá por el año 1976, a la comunidad de Solentiname, refugio y vivero de artistas, escritores, defensores de la justicia, teólogos de la liberación, cristianos de base, impresionado por unas pinturas que descubre en un rincón, hechas por los mismos campesinos para sufragar sus gastos, decide fotografiarlas:
… todas tan hermosas…vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar donde va saliendo la gente como hormigas; el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa.
Luego, Cortázar vuelve a París. Revela el carrete; y ya en su apartamento de Montparnasse se dispone cómodamente a ver las fotos a través de un proyector. Pero no comprende lo que ve. No son vaquitas, ni prados de amapolas, ni chozas de azúcar, ni cañaverales, son fotos de miedo y muerte: un muchacho con un agujero de pistola en la frente, un fondo confuso de casas y de árboles, cuerpos tendidos boca arriba, contra un cielo desnudo y gris, ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos…

El escritor se encuentra dividido y cuestionado por la belleza de aquellas pinturas intensas, llenas de fantasía y deseos de libertad, que fotografió allá en Nicaragua, frente al realismo de la represión somocista que ahora aparece secuenciada en su pantalla. El arte y la historia enfrentados a muerte. Todo un sinsentido. Una locura, una equivocación. Cortázar se refugia en el baño. Llora, vomita. No resiste horror tan espeluznante. ¿Cómo fotos tan bellas, bucólicas, de colores tan vivos y esperanzadores, misteriosamente han podido convertirse en un infierno de escenas trágicas y apocalípticas?

La parte escondida del iceberg de la sensibilidad y conciencia del escritor sale a flote. Tal vez por ello, Cortázar, nada más empezar el cuento, conmovido por la amistad de Ernesto Cardenal y también por el entusiasmo revolucionario que ha visto en Solentiname por cambiar las estructuras represoras de una Nicaragua tan violentamente dulce, se pregunte apesadumbrado: ¿te parece que el escritor tiene que estar comprometido?

miércoles, 3 de marzo de 2021

Mímesis




Mejor llamar a las cosas por su nombre y no tener que inventarnos identidades vicarias y supuestas. Tampoco, palabrejas raras para inflar una realidad de por sí hermosa.

Quise jugar con aquel niño y cambiarle su nombre. Lo llamaba como no se llamaba. Cabreado, él protestaba. ¡No! Ese no soy yo. Y volvía a llamarle de nuevo con otro nombre que tampoco era el suyo. Le decía que estos nuevos nombres que intentaba ponerle eran incluso más bonitos, sonaban, se ajustaban mejor a su bondad y manera de ser. El niño tal vez sintiese que mi boca destripadora quería despojar, absolver, engullir, su cuerpo tal como había visto hacer a una madre hámster con su ratoncito indefenso. El niño se enfadó tanto que se puso a llorar a cántaros.

Ni que decir tiene que yo en ningún momento quise incordiar al niño. Mi propósito era que el pequeño se sintiera mejor, como quien siendo pobre y harapiento estrena un traje nuevo.

La cara del niño presentaba un aspecto desagradable como el patito feo del cuento de Andersen. No tanto su cara, sino su piel, su aspecto externo, sólo su orografía. Por dentro estaba lleno de sorpresas, como aquella perla de Steinbeck escondida en el fondo del mar. A pesar de tener el niño todo el rostro salpicado de costras, espinillas y picaduras de viruela, su mirada brillaba, lucía transparente, reflejaba como el agua clara su inocencia. Pero para ello tendría yo que mirarlo con otros ojos que no tengo.

El niño, a diferencia de mi orgullo y aires de grandeza, se veía bien a sí mismo. Yo para ser yo, había ocasiones que me disfrazaba, imitaba a aquellos a lo que quería parecerme. Me mentía. El niño al contrario, si dejaba de llamarse como se llamaba, se sentiría perdido y no querido, abandonado, incluso de sí mismo. Su ética, aún no manchada por la edad, no le permitía engañarse a sí mismo. Autenticidad en estado puro. Yo en cambio me avergonzaba hasta de mi sombra.

No contento con la realidad del niño, yo intentaba modificar, esculpir, pintar, adornar, escribir, nombrar su condición con abalorios añadidos a su propia hechura. El niño tenía toda la cara pintada de viruela. Su rostro desfigurado era la miniatura de un cráter lunar erosionado. De ahí mi manía de querer cambiar su nombre por otros, como sol brillante, luna nueva, fuente clara… Para que el pequeño no sufriera.

Más sufría yo viendo al niño, que él contemplándose desnudo a pleno día sin pudor alguno. Si el niño una mañana amaneciera y descubriera en el espejo un rostro que no fuera el suyo, por muy bello que este fuera, sin su propio nombre, se moriría.

domingo, 28 de febrero de 2021

Justicia de puñetas y de apaños

 


¿Martes o miércoles? ¡Qué más da un día u otro, si esta senda o aquel retoño todos van a dar a la irremediable charca de la fatalidad de una justicia domesticada donde venados, ratas y jaguares son los amos del corral!

Un niño ayer, hoy en prisión. Desde que su vecino, un viejo cascarrabias con bigote a lo húsar, le quitara su balón en una tarde de amaneceres interminables, desconfía de todo el mundo. Se hizo malo.

Un juez mira su agenda. Hoy verá si concede el tercer grado penitenciario a un niño ayer, hoy recluso. Este juez es un borde. No cree en la rehabilitación social. Según él, los ladrones siempre vuelven al lugar del hurto. Actuará por tanto en contra del informe favorable de la Junta de Vigilancia de un permiso de salida de tres días a favor del interno niño-de-ayer-hoy-sin alas, con pena privativa de libertad por haber chamuscado los cojones a su vecino del cuarto. El juez pone en orden los papeles de la propuesta elaborada por el equipo directivo de la cárcel, sin siquiera leerlos. Los mete en su cartera con esa seguridad de quien desde su balanza institucionalizada se erige en la verdad absoluta del sistema. El género humano, para este togado hobbiano, es malo por naturaleza, salvo aquellos que fueron ungidos por la dinastía, el poder o el dinero. Este juez, condenando a todo el mundo, se cree el salvador de la humanidad.

Nada más salir de su casa, el magistrado se tropieza con una pareja y un niño. Tan feliz y desenvuelta esta joven familia deambula por la calle, que en lugar de ser martes o miércoles, para ellos parece ser domingo de un sol radiante. La pelota del pequeño se estrella contra el portafolio de tan distinguido juez. El juez con toda la mala leche de un amargado antológico coge la pelota y la lanza al interior de un terreno en obras. Hoy no es sábado ni jueves. Tampoco domingo para un niño que se ha quedado sin su sueño.

Hoy es un mal día con muchas erres en su faltriquera. La historia se repite. Pero no de la misma manera para Un-Dargarín, Un-Bárcenas, Un Rato o Un Emérito a buen recaudo. Todo legal y muy bien construido. Un desajustado poema. Esta retórica caterva de ripios libres, este fin de semana dormirán fuera de su celda, por haber colaborado con una justicia partidista, de puñetas y de apaños.

Y el niño de ayer, hoy mayor, desde el talego determinista de su pobre condición, entonará un poema concatenado de Gabriela Mistral que su maestra de párvulos le enseñara una dulce mañana de recreos infantiles:
Una rata corrió a un venado
y los venados al jaguar,
y los jaguares a los búfalos,
y los búfalos al mar…




jueves, 25 de febrero de 2021

El Palacio de la Música


John Kennedy Toole, el autor de La conjura de los necios, recurría a la música para huir de sus fantasmas. No pudo ser. Se suicidó antes de ver publicada su obra.

Francisco Umbral dice que la música no huele. Tal vez el de Mortal y rosa quiso fustigar nuestras orejas con sus ironías y provocaciones, no exentas por ello de lirismo. 

La música ha sido para unos, caldo de gestación. Antes de nacer ya escuchaban en la barriga de sus madres a Mozart y Vivaldi. Stephen King mientras escribe tiene por costumbre escuchar algún clásico del heavy metal. Otros quieren ser amortajados deleitando su sedado tránsito violáceo con el vuelo fúnebre de campanas, estallidos de cañones o con el celeste tañido de las arpas imperiales. Tienen dicho a sus feudos que en sus exequias hagan sonar los dulces violines de plata de arcángeles y querubines. Hasta Paul Dones, el de Jarabe de palo, recientemente nos ha conmovido a todos cantándose a sí mismo, en su despedida última, la canción de Antonio Vega El sitio de mi recreo:
Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseo
Ahí donde me recreo
.
Conozco yo a una maestra que tuvo de alumno un niño con problemas. Su madre lo llevaba al aula protegiendo su cabeza con un casco de motorista. Su manía era darse cabezazos contra cualquier cosa hasta sangrarse. La tutora, un hada buena, tuvo el acierto de elegir como compañero de clase para este niño un canario timbrado, de cantar alegre y fraguado. El niño, al oír el canto trinado y circular del pájaro, dejó de darse coscorrones.

Yo diría que casi todo el mundo, en su fuero interno, alguna vez ha pensado en la música preferida que encienda de un blanco confortable el tránsito desolado de su barca hacia la póstuma orilla del río del Olvido, ese umbral desconocido o túnel telúrico y ceniciento.

Otros, en cambio disparamos nuestra incendiaria rabia contra el templo de la Música, rompemos sus cristales modernistas y armoniosos para no escuchar el aroma de sus ventanales en pro de la concordia. Preferimos seguir atrapados, ensordecidos en un mundo absurdo de ruidos, controversias y mentiras.

El infierno en llamas no es otra cosa que esa fila trece, que decía Cortázar, donde hay una especie de pozo de aire donde no entra la música.