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jueves, 20 de julio de 2017

Bésame que me muero



Fuimos mi chica y yo a cenar a la freiduría de Enmedio, la que queda a las afueras del pueblo. No celebrábamos nada. Aquella noche me apetecía tomar calamares a rodajas con lechuga y con limón.

Se acercó el camarero. Se dirigió primero a ella:
¿Qué quiere la joven?
La joven sólo me quiere a mí, -dije antes que el mozo apuntara los quereres de mi chica en su cuaderno arrugado y grasiento. Luego, queriéndose hacer el gracioso, giró hacia mí su cabeza de polichinela de circo. Y como quien pide perdón, añadió:
¡Yo no estaría tan seguro, caballero!
Salimos de la freiduría. Hacía mucho calor. Antes de retirarnos, decidimos tomar unas copas por el centro. Yo bebí más de la cuenta. Aún así, recuerdo que en la cafetería, (la cuarta o la quinta de la noche), sonaba La danza deslizante de las doncellas de Borodín. A mi chica todo lo relacionado con la ópera, sobre todo la rusa, la suelta, la catapulta, se agarra a los hombros de cualquier pilastra y es capaz de estar así abrazada a una farola, como diría Umbral, hasta la luz cruel del alba. Pensando que el camarero del Enmedio, un barrendero, o que el misterioso de la botella de coñac de la tumba de Allan Poe nos sorprendiera en medio de la vía pública jugando a los caballos de Bukowski, la desclavé del semáforo de la calle Los amantes de Teruel, justo allí mismo. debajo donde la placa reza:
Bésame, que me muero. Repuso ella: no quiero. Entonces él cayó muerto.
Luego, convencí a mi chica. Y volvimos los dos a la fonda. Ni todos los gintonic y calimochos que llevaba metidos en la cuba de mi cuerpo sirvieron para que me olvidara de las palabras del camarero: Yo, de usted, señor, no estaría tan seguro. Y con el mantra de la cantinela del mozo de la freiduría, me metí entre las sábanas atufadas de carbonilla, ginebra y calamares al ajillo de una pensión que había apalabrado para aquel fin de semana cerca de la estación El Pájaro Azul.

Cuando me acuesto, me da por hablar. Así lo hice aquella noche hasta no parar, hasta la luz cruel del mediodía. Es una costumbre que adquirí de una novia muda que tuve, antes de empezar a salir con mi chica, la mesalina de hoy:
Dime, ¿te hace el camarero más feliz que yo? Dime cómo te acaricia, ¿qué te hace? ¿qué te dice? ¿cierra los ojos?
¡No seas estúpido, me haces daño! Eres morboso y perverso, Estás de atar.
Entonces, dime, a qué coño huele el lado de mi cabecera. ¡Seguro que se tinta el pelo y hasta se engomina el bigote!
¡Basta ya, por favor! Estás cansado, amorcito, lo que necesitas...Teniéndote a ti, no necesito ningún camarero de calamares con lechuga. Me ofendes.
¡Seguro que será tiernamente aguerrido, salvajemente cariñoso, zahorí atinado en sacar de tu cuerpo en trance el más placentero de los gemidos! Todos esos con los que te acuestas parecen salidos de la universidad católica del sexo.
No hay hombre como tú. Tú eres el único, y si por casualidad alguna vez hubiera otro, si no fueras tú, ten por seguro, que a mi bodega no entraría. ¡Deja ya, de decir bobadas!
¿Es aquí, mesalina, donde las manos de tu camarero te tocan para hacerte jadear como un jabalí hambriento?
Estás completamente loco. Tienes fiebre, ven conmigo. Nunca te he mentido. Pero si quieres que mienta para seguir amándote, aquí tienes a tu mejor embustera.
Luego, después de hacer el amor y mirar a los fraileros de la ventana, le dije a mi chica a modo de buenas-noches:
Dame un beso y mátame que me muero de sueño.

viernes, 14 de julio de 2017

Por las calles de Azulada




Chimeneas encendidas de producción y consumo emborronan la ladera donde se asientan innumerables plantaciones de fábricas y talleres. El humo negro de sus bocas pinta el cielo con mensajes indescifrables. Este pueblo me aprieta con la presión galopante de sus calles. A cada paso, a cada manzana freno el coche.

A la hora de entrar al trabajo, Azulada se convierte en un embudo. Todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas de tráfico, la niñería entera camino de los colegios. El pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas. Callejones y travesías entrecruzadas en un gran embotellamiento empinado hacia un castillo sin almenas.

Desisto ir al trabajo en la cabra de mi Dyane rojo. Más fácil, andando. Azulada, parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. A las ocho de la mañana, todos corremos al mismo tiempo, con el mismo empeño, tras la misma presa: nuestro cuerpo en mercancía. Parecemos trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Hago un esfuerzo por andar tranquilo. Miro las baldosas típicas en forma de pastillas de chocolate. Y me voy diciendo a mí mismo:
Aunque no las recuerdes, estas losetas que pisas, son las mismas por las que, de pequeño, hacías rozar una caña ahuecada, camino de la escuela de D. Miguel Golf. Oías el sonsonete redoblado que tanto gusto...
Las casas del pueblo están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero recordar la antigua pared frontal que una excavadora en estos momentos destruye con avidez. Es la casa de los chupamocos. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva remodelación. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy se suceden en ristras comercios, cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos arrugados y grises. En la calle de mi madre sólo queda sin reconstruir la casa de los lunas. Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo surcado por aires tan rápidos y fríos, hoy es el mismo.

A madre también le hace daño volver la vista atrás. A mi madre le duele recordar sobre mojado, sobre camino andado. Sufre por sus recuerdos. Cuando una persona ha amado mucho a alguien que ha muerto, mejor olvidar, para no seguir sufriendo con su ausencia. A madre no le gusta que le pregunte por su pasado. Para madre el atrás, como el futuro es muerte. Se esfumaron sus besos, las delicias del roce, las canciones y sus risas. Atrás quedaron atardeceres junto al brasero de picón, una juventud entre vendimias y recogidas de aceituna. Ya nunca volverán los olores a levadura fermentada de una artesa sobre la que una manta a cuadros abriga la masa bien masajeada.

Noto que madre no quiere regresar al cuarto hondo de su pasado, a la habitación trasera de la covacha. No quiere remover heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de dineros para acabar la semana, el agravio de no poder ver a su hija que anda por los madriles sirviendo en casa extraña de señoritos. En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay para reunir las veinticinco mil pesetas que los lilas le prestaron para poder comprar esta casa. El pasado para madre es un tormento. Por eso no aguanta que mi hermano venga contando historias de antes:
¡Para de hablar. Te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir tontunas!
A mi hermano le rige estupendamente la memoria. Más me creo lo que él dice, que lo que madre olvidar desea. Mi hermano no para de hablar. Me habla de la casa en que nací como si la estuviera viendo. Me habla de dos árboles que teníamos en el corral, bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Sobre dos cuadrados contiguos señalizados en la humedecida tierra, las propiedades de cada uno. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, con nuestros dos pies dentro de nuestro terreno, hincábamos una navaja en el cuadrado del contrincante y según como quedara el sentido de la lima (de carpintero) clavada en tierra, así marcábamos, en esa dirección, una recta que arrebataba al contrario una buena porción de su parte. El perdedor era aquel cuyo terreno era comido gracias a la pericia del adversario, o cuando éste, de tan escaso espacio que le quedaba, ya no podía meter sus pies en tan diminuta propiedad.

Yo apenas recuerdo nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es, no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad de aquellos entretenimientos. Es una desgracia nacer ya mayor como un galápago que sale de un huevo sin alas, como el vino sin color, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. Es triste tener que creerme el recuerdo vacío de una infancia que mi hermano trata de llenar con aquel juego de la lima aquella en forma de navaja que me arrebató la dulzura de aquellos años.

Y es por esto que, ahora, pasado el tiempo, recurro en este blog a acontecimientos apócrifos para redefinirme. Relatos de caricias de madre en noches de altas fiebres para acallar mis sueños de terror. Cuentos oliendo a perfume de su seno, sentir la ternura de sus dedos sobre los remolinos de los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi corazón frío. No hay nada peor como sentirse huérfano de sí mismo...

Y escucho a mi hermano con atención por ver si sus palabras me devolvieran aquel mi niño perdido por las calle de Azulada.

viernes, 7 de julio de 2017

Madre escarabajo



Hay días que me siento fuertemente motivada. Otros, en cambio, culpable por ser madre. Anoche mismo le dije a mi pequeña:
¿Sabes, hija, que te quiero un montón?
Esta fue su respuesta:
Sí, pero la abuelita dice que quieres que yo me vaya a su casa a vivir para siempre con ella.
Ya sé que es imposible que Melania, con tan sólo seis años, comprenda que lo mejor para las dos es que vivamos separadas.

Su maestra me dijo el otro día que debería dedicarle un poco más de tiempo, que no tengo por qué proyectar mis desgracias en la niña. También me comentó que Melania está rara estos días, que la ve extraña, arisca con las compañeras. Me dice, además, que en sus dibujos se pinta a sí misma siempre tendida en el suelo en medio de un charco de barro. Y cuando le ruega que me dibuje a mí, lo hace de la misma manera, un poco más grande, pero el charco siempre lo pinta de rojo.

No puedo dejar de olvidar los esfuerzos que hice, cuando estaba embarazada, por deshacerme de ella. Subí y bajé escaleras como un gamo, monté en bicicleta como el más veloz escalador de montaña. Llené mi estómago de las comidas más horripilantes. No quería que se repitiera la historia. Cada vez que me paro a mirar a mi hija, me veo a mí misma transportada en su pequeño cuerpecito, ultrajada, tendida en el suelo, en el fango de mi degradación, tras la violación a la que mi padrastro me sometió, nada más tener yo mi primera regla.

Estoy cansada de querer dar y de dar, de emplearme, ocuparme y entregarme siempre por el bien de Melania, sin jamás conseguirlo. El estigma de ser una mala madre me consume. Me paso las noches en vela. Llevo fatal tener una hija. No quiero ser víctima de mi pasado, pero tampoco quiero que mi hija sea el recuerdo vivo de mi propio escarnio.

Con tal de superar el trauma, no rehuyo escarbar en mi herida; pero es tanto el dolor, que no soy capaz de vivir con mi hija. ¿Cómo se puede odiar a lo que más se ama en el mundo? No es la entrega el más puro acto de amor, sino la renuncia. Y como no confío en mis posibilidades, veo también a Melania prisionera de mi propio esquema. El dolor me perjudica, mi pasado enturbia, distorsiona y confunde también a mi hija. Yo soy la responsable que ella se sienta a su vez culpable, impotente y débil como yo. Un círculo vicioso, el pescado que se muerde la cola. O como dijo aquel: Vivimos en un mundo al revés en donde el bueno tiene que ir al psicólogo para aprender a sobrellevar las cosas que hizo el malo.

Según la cultura, el instinto y la razón, las madres deberíamos inmolarnos por el bien de nuestros hijos. Pues bien, yo digo: ¡que se acabó! No quiero convertir a mi hija en el guiñapo que me convertí desde aquel que fui preñada de manera tan indigna y cruel. Y si algún santo alfaqueque quiere resucitar los aspectos místicos y poéticos de una venturosa relación maternal, redimirme o reeducarme, está en su derecho; pero que sepa que no es lo mismo dar de mamar a un bebé, que insuflarles cada día el veneno que una lleva dentro. ¿Desaparecer?  El suicidio podría ser la solución. Pero no soy tan valiente.

Por lo tanto he solicitado cita previa en los Servicios Sociales de la Comunidad para que tramiten la patria potestad de Melania en favor de mi madre, su abuela materna. Prefiero que todo el mundo vaya por ahí diciendo lo pécora que soy, que no ser una madre escarabajo que se alimenta de los despojos de su pobre hija.

martes, 27 de junio de 2017

Para qué seguir escribiendo



Cada mañana me dispongo a escribirte confiado en que mis cartas algún día me devolverán tu paradero. Te he dicho ya muchas veces que mi mayor deseo es que mis palabras te descubran, me definan. Para mí, escribirte es ir tras tu búsqueda, sin saber que tal vez yo sea el león ese que pretendo cazar con tanto acierto.

Esta mañana las palabras se me resisten. Debería no obsesionarme. Buscar otros caminos para llegar a ti, dejar mi mente vacía, no cargar más mi pluma, para que tu puedas entrar en ella libremente.

Introvertido siempre en el enrarecido, oscuro y paranoico ambiente de mis bulliciosos escritos, nunca te doy la oportunidad de que te muestres como eres. La prueba que lo que te digo es la pura verdad, es que llevo más de cuarenta años escribiéndote, y en ningún momento di contigo.

Tan taxativamente me creí aquello de que las cosas son el nombre, que nunca te busqué fuera de las palabras. Ni una sola vez, se me ocurrió probar suerte en el bar, en el cine, en la bolera, en el almizcle de una pantera, o en el sabor auténtico de una marinera murciana con la que un buen amigo acaba de agasajarme.

Si la escritura no me lleva a ti, ¿para qué entonces seguir escribiendo?   

miércoles, 21 de junio de 2017

El tironero de Wissin






Para este hombre, la vida es una ristra de dátiles picoteados y podridos. Un redrojo de uva, al que sólo le queda un maldito orujo. Y esto es lo que hoy reza en la orden del día de la prisión de Antrópolis:
Ahmed Joussef Wanake, 31 años, huérfano, descendiente de esclavos subsaharianos, ciudadano del estado de Pensildraver, será ejecutado esta mañana 24 de febrero del 2011 a las siete y media en punto en esta penitenciaría del Estado.
Joussef, o mejor, Rocket, como lo conocimos por sus pequeñas y centelleantes uñas. Hará unos quince años que empezó de tironero engañando a bobos admiradores de atardeceres pálidos. Robaba casi siempre en uno de los jardines que dan a los malecones de la desembocadura del río Tena, tan sólo a cien metros de donde yo vivo desde siempre con mi mujer y mi hija. Tengo que decir que, durante sus diabluras de ladronzuelo, nunca se le ocurrió estafar a los vecinos. Es más, su presencia por los alrededores del barrio, nos libró, en más de una ocasión, de maleantes y chorizos venidos de fuera.

Los delincuentes, nostálgicos de su quehacer meticuloso, nunca se olvidan de los pormenores de su primer delito. Seguro que Rocket recordará el resuello feliz de sus escapadas, resguardado tras el bello murallón del puente, donde, al trasluz de tardes de sueños y amaneceres, contabilizaba sus estipendios, escasas sisas a confiados turistas, y que luego repartirá con el tullido de su abuelo Wanake, con quien vive en un pequeño tugurio, caridad de la parroquia de san Patricio.

Luego, lo demás, a este pobre infortunado le vino sin querer: la muerte accidentada de aquel niño, tras un insignificante robo en una gasolinera de un cruce de carreteras, a la entrada de Wisin, nuestra bonita ciudad resguardada por su hermosa bahía, sembrada de sabrosas freidurías con sus ricos salmonetes y doradas. El reconfortante clima que aquí se vive, al abrigo de los montes que la protegen, junto con sus casinos y salas de fiestas, convierten esta zona en uno de los lugares más atractivos y frecuentados de toda la costa oriental del país.

En atropellada carrera, aquella mañana Rocket blandía en su mano derecha una afilada navaja, y en la otra, un miserable botín de no más de 35 dólares. Fue un error o una fatalidad que en su alocada huida un estúpido niño se le atravesara como raspa de pescado delante de sus narices. Ni él ya se acuerda, ni nosotros nunca supimos, si aquel pinchazo mortal fue intencionado. Sólo valieron las palabras del imbécil madero que lo atrapó: por fin te agarré, rata asquerosa. Todas las noches antes de coger el sueño en su diminuta celda de la trena de Antrópólis, Rocket se dice a sí mismo:
¡Pero qué importa ya; las cosas son como fueron!
En sus muchos años de cárcel, según me cuenta un funcionario de Antrópolis con el que coincido por las mañanas en el bar donde acostumbro a tomar café, Rocket, ha tenido tiempo para descubrir su vocación perdida: la pintura. Lástima que el paisaje que tiene ahora delante, sea tan escaso, espectral, tan poco sugerente. Pero, dentro, en su corazón, en su mente, se extiende infinito un diáfano horizonte lleno de palomas; las oye zurear por los rincones de todo su cuerpo. Como todos los artistas, él también tiene su manía particular: andar todo el día dibujando palomas, que luego, malhumorado, destruye al instante, porque las muy putas no vuelan.

Rocket le dice al capellán de la cárcel, la única persona con la que de vez en cuando entabla alguna conversación:
No soy muy original que digamos; así como un carnicero sólo piensa en solomillos, o un sordo sueña en estéreo, ¿qué va ha hacer, pater, un prisionero como yo? ¡Pues pintar palomas!
El ya no se acuerda si el sol es de oro, si de su seno caen dorados sus rayos, o si las mujeres liban amores cuando sale la luna ¡Son tantos los años de reclusión! Tampoco, en sus días de libertad, vio ese asombroso rayo verde del sol del que le habla su compañero de celda. Rocket le cuenta ahora al capellán:
¡Ay si yo tuviera la suerte un día de contemplar ese misterioso rayo verde!
El cura trata de explicar a Rocket las causas naturales del rayo verde:
No te engañes, hijo, no hay nada sobrenatural en ese rayo. Y ese efecto embriagador, que tu amigo le atribuye al sol, es sólo es una sublimación anímica y subjetiva de sus deseos de libertad. Se trata, Rocket, de un simple caso de refracción lumínica. Las partículas suspendidas en el aire, la combinación cromática, las nubes, el espectro de las radiaciones ondulatorias del ambiente, el color de las empinadas crestas de las olas del mar, todo eso, combinado con la luz solar, es el rayo verde.
Rocket insiste:
No debe ser un espejismo, cuando mi compañero, después de haber visto el milagroso rayo verde, ya no ansía otra cosa. Henchido para siempre ha quedado de su resplandor. Y las penurias de la cárcel ya no le afectan. ¡Nunca vi yo un hombre tan feliz en medio de tantas cadenas!
Rocket en cambio, cuando se pone a pintar, nunca consigue lo que quiere. Por eso se deshace de todos sus bocetos. El capellán, para animarle, le dice ahora:
Recuerda que tus cuadros son soló figuraciones. La paloma, que te empeñas en pintar, ave es de tu esperanza. Mejor así, que no fruto de la mentira.
Un día camino de las duchas los grilletes le torcieron un tobillo. De regreso a su celda y maldiciendo de dolor, Rocket se pone a pintar como un loco la paloma de su vida, la primera y la última, como él la llama. Pero esa paloma que con tanta fuerza la siente, no se deja atrapar por el enmarañado carbón que él tan finamente le tiende. ¡Mira que la he mirado al detalle! Cada vez que, durante su hora diaria, sale al patio, y ve alguna volar, la guarda dentro de sí. Pero, luego, cuando quiere dejarla sobre el nido del lienzo, no puede; insatisfecho entonces, ladra como un perro hambriento: ¡Eso es lo que es el cielo, una meada de fetos, comadreja inmunda, sin parir nunca mi paloma deseada! Y estrujándola la tira irritado al cubo de la basura.

Rocket para sus cosas, siempre fue puntual como un reloj. Lo sé muy bien, porque desde el balcón de mi casa, cuando de pequeño se dedicaba al tironeo, siempre lo veía actuar de la misma forma, en el mismo momento, justo cuando el sol se ponía allá enfrente de la bahía, donde el mar y la sierra se confunden en un beso. Rocket fue y vino siempre a las mismas horas, siempre las mismas rutinas, los mismos clientes incautos.

Nunca para orientarse precisó de indicador alguno, pero esta noche, víspera de su muerte, el engranaje de su reloj interior se ha encasquillado. No ha dormido apenas. Espera con ahínco el preludio del día. Los carceleros no deben tardar en venir. Y se pregunta: ¿Y si el sol se hubiese perdido en su recorrido, desviándose en busca de otros planetas a los que abrigar, despechado tal vez por terrícolas desagradecidos, preocupados más por ver si hay vida en Marte, que por rematar la de un pobre afroamericano ajusticiado a muerte?

Rocket acaba de ver el dulce aroma del alba ahogado y mustio en el agujero del retrete, junto a sus orines, estancado en la fosa séptica de sus dudas, en la agonía de su ridícula esperanza, en el correr fecal hacia el pozo negro de un despertar fatídico. Su alma es la piedra desgastada de un viejo mechero que ya no prende el encendido de su cuerpo. La descarga, los dos mil voltios que dentro de poco escupirá la silla eléctrica dentro de sus pobres vísceras, los ha olido, los ha visto escondidos debajo de su camastro, embutidos en un pelotón de carne quemada.

Al condenado hoy lo despiertan antes del amanecer. Ver salir el sol ha sido su última voluntad. Ver si es posible la contemplación gozosa del verde milagro. El alcaide de Antrópolis accede, movido por el original gesto poético del recluso. Le han dejado subir a la torre más alta de la penitenciaría. Alumbrado por las linternas de los dos picoletos que lo empanadillan, con sus argollas a rastras, el reo trepa hasta el último tramo de la escalerilla que conduce al repetidor de la emisora del centro. Jirafa altiva, estira su cuello, ahuyenta nubes, pide prestado a los olmos de la avenida más cercana sus empinados ojos. Tan sólo un desvanecido borrador, oscuro, allá a lo lejos. Fracasado cazador sin presa. El sabe que en los sueños es posible que un buscador de setas, el pescador de perlas, un espalda mojada, un sin papeles, un tironero de bolsos, un ratero con suerte, encuentre en el fondo de la bahía, en el escondite de un bosque, entre los escombros de una casa derribada, la tinaja de sus monedas de oro. También sabe, por el capellán, que la fe mueve montañas, que la religión a veces nos regala mentiras consecuentes, tan lógicas, que parecen verdades.

Ahora, en lo alto de la azotea de la cárcel, desesperado de ver que el sol se retrasa más de la cuenta, grita impaciente como bestia herida ante la aquiescencia resignada de sus celadores:
¿Por qué, joven madrugada, tímida mujer estrecha, te cuesta tanto trabajo abrirte de piernas al sol? ¿Hasta cuándo vas a estar ataviada con tu vestido de noche, túnel de ciegos murciélagos incrustados en la pedrería oscura de tus prestadas lentejuelas fluorescentes? ¡Desnuda quisiera verte! Y por ende luminosa. Y que, el nunca visto rayo verde del sol, te montara, te cubriera, te macheara hasta quedar fecunda y llena como la fértil palmera por la inflorescencia invisible de un polvo enriquecido donde una paloma blanca ...
Los guardianes, por respeto, por piedad, o por costumbre, no se atreven a cerrar la boca loca de un reo al que tan sólo le queda una hora para ser ejecutado.

Unas gotas de lluvia se han paralizado a medio caer. Rocket, también calla. Como puede, se empina ansioso como un cohete, y mira por encima del sembrado de antenas que crecen como cruces de cementerio sobre los tejados cercanos. Las manos vacías de un viento suave le acarician la cara. Parece como si las estrellas, esta noche, hubiesen prolongado su permanencia en el cielo. Han detenido su paso; y en lugar de parecer, como todas las noches, tomates negros estampados contra el firmamento, ahora son un dulce rebaño de palomas, paciendo alegres entre los veneros del cielo. Siendo ya alborada, aún se dejan ver humildes y seductoras, más que otras veces, que la excesiva polución luminosa de la gran ciudad las hizo frías, ácidas, irreconocibles y distantes.
¡Ah, si yo fuese el ágil tironero de mis tiempos de Wissin! las atraparía de un plumazo, las escondería en mi seno y, allá, frente al resplandor del agua, resguardado tras el bello murallón del Tena, tranquilo, muy tranquilo, las estrujaría contra las heridas de mi alma, hasta convertirme como ellas en palomas del cielo.
Uno de los guardianes trata de calmarlo en su delirio:
Vamos, Joussef, que el sol ya ha salido.
Rocket, al que tan sólo le quedan diez minutos para la electrocución, arrastra sus pies desilusionado, como santo en procesión de viernes santo, sin haber podido ver el relámpago verde, aquel rayo del que tanto le ha hablado su compañero de celda. ¡Maldito embustero! El viejo gallo de la granja de la penitenciaría, al verle pasar, le brinda su aguerrido quiquiriquí: ¡a tu salud, ajusticiado! En el estanque del pabellón de los funcionarios, las ranas cantan o lloran, no se sabe. El aire mueve o sacude, tampoco se sabe, los jopos de las magnolias del jardín de la residencia del director de la cárcel.

Joussef ya está sentado en la silla eléctrica. Acaban de colocarle el negro capuchón. En la sala de ejecución todos miran el reloj. En su despacho el alcaide recibe frente al ordenador la letal y última disposición del gobernador. Pero, de golpe, todo el sistema eléctrico de la cárcel deja de funcionar.

Fuera de la penitenciaría, ni el mismo Heráclito se creería lo que en estos momentos está pasando. Todas las aguas de los ríos se han detenido. Estados Unidos, Canadá, Italia, medio mundo, se ha quedado a oscuras. Semáforos, trenes, todo el tráfico terrestre, marítimo, de golpe, paralizado. Cadenas de televisión, rotativos, puertas de garajes, aire acondicionados, faros, alarmas de seguridad, aspiradoras, cafeteras, grúas, frigoríficos, ascensores... Todo el mundo quieto como estatuas vivas.

Los fusibles de casi todos los generadores eléctricos del país se han fundido. Y como efecto dominó han hecho la de Dios es Cristo. En el Capitolio los Senadores dicen: tal vez una barra de uranio enriquecido...

Quillas, hélices, turbinas, motores, todo mecanismo que por obra de Edison, a la sazón también inventor de la silla eléctrica, bajo el sol se mueve, ha quedado en suspenso. ¿El gusano Blaster, el rayo verde, la Yihad, Bin Ladhen? ¡Quién sabe! Lo cierto es que la mujer del Presidente hoy no podrá utilizar la regadera eléctrica para rociar el vivero de bombas de racimo que con tanto esmero cultiva su marido en los jardines de la Casa Blanca.

En ese mismo momento, siete y media en punto de la mañana, el funcionario encargado de accionar los interruptores de la silla eléctrica, colocado detrás de Rocket, recibe la señal de dar cumplimiento a la pena de muerte. La sentencia es ejecutada. Joussef aún no sabe, que a esta misma hora, un apagón general de luz, a parte de dejar a 50 millones de personas en la más siniestra oscuridad, ha inutilizado el mecanismo de su mortal ejecución. Su condena se ha cumplido sin llegar a consumarse. Digamos, que Rocket no ha visto el Rayo Verde, pero ha vuelto a nacer.