domingo, 7 de febrero de 2010

Apatía



Tono trabaja como envasador de latas de berberechos en una fábrica de salazones muy cerca de donde vive, a quinientos metros de la Lonja de un puerto con un faro con su cara de luna llena en la que cabe cualquier gato por muy negro que sea.

Antes no necesitaba ir al sicólogo para salir de aquel bache. Tampoco le daba el sueldo para menesteres tan relamidos. El bien sabía qué hacer.

Esta vez la cosa va en serio:
"Mi vida es una ruina"
Tono lleva más de tres semanas sin tocar la guitarra.

Cuando las cosas iban mal, se abrazaba al mástil de la guitarra, y al momento salía a flote. Se abstraía en sus canciones, y los problemas se diluían al ritmo de bordones y escalas. Las notas sublimaban su decaimiento, y sus composiciones convertían la desesperación en melodía.

Pero hoy es distinto.

Al llegar a casa todo estaba patas arriba. Y lo mismo que el escritor que lleva días sin dar un palo al agua, Tono no encuentra como escapar ahora de su mal rollo. Le robaron la guitarra, como al escritor su apatía y la increencia le han quitado la palabra.


* Foto-Cabopá

martes, 2 de febrero de 2010

Ojos verdes


La derrota más dura es el silencio inferido. Una boca callada puede arrojar contra el otro la humillación más cruel.

El que dos personas que se odian, no se hablen, no desentona ni sorprende. El escándalo es no hablar a quien amamos a muerte, negarle un hola, un te quiero, decirle que mala cara tienes, o no darle los buenos días.

En este mundo sonoro a manta el silencio es una injuria, una injusticia; y las palabras: el día. La noche de las mentiras, y el día de las verdades.

La madre le dice al hijo un instante después de muerta:
"¡Contigo ya no me hablo!"
Y el hijo, desde niño acostumbrado a escuchar nanas y melodías de sus labios calmos, se ve huérfano como un árbol sin raíces al que le han cortado la guía. Y no siente que la madre se quedó muda para siempre, sino también sorda. Y es que el hijo ya no tiene a quien contarle que su mujer tuvo una niña con los ojos verdes de su abuela.

lunes, 1 de febrero de 2010

Desilusión


Tras la ilusión: el desencanto. Y tras el desencanto: la cordura.
"Ya no eres el hombre de quien que me enamoré un día."
Y a la mujer se le derrumba la torre de marfil que construyó llevada de su caliente imaginación una tarde y cinco años. Y los cascotes de su torre sublimada le caen de pronto sobre la cabeza destrozada como metralla en plena batalla y armisticio obligado de su equivoco y derrota.

Pero yo no quiero solidarizarme con esta mujer, hoy desilusionada, que se enamoró como una tonta hace un tiempo, sino con el hombre que al sentirse destronado del sitial donde la mujer lo subió cuando se prendó de su coraje y belleza, de su ternura y hombría, está hundido y acabado en su propio desencanto. El hombre siente asco de si mismo, se repudia, y no siente tanto ser injuriado por la mujer, sino que está hundido porque ella le hizo creer en su orgullo, seguridad y valía; y ahora se siente como moneda sin curso y destrozado. En este hombre a mi mismo me veo, y siento pena por él, y me duele su pena y su humillación tanto como si fuera yo mismo el repudiado.

Y el hombre sólo atina a decirle a la mujer que lo encumbró cuando vio su cuerpo desnudo y vigoroso en otro tiempo:
"Yo sigo siendo el mismo hombre acertado en ocasiones, y errado en otras. Eres tú la que has cambiado."
La mujer no contesta; pero piensa que ella se ilusionó más de la cuenta y se formó del hombre una idea errónea que alimentó su amor, convivencia y conveniencia durante casi el lustro que duró su relación.

Y el hombre se debate ahora eternamente. Y no sabe si vivió engañado cuando amaba y era amado, o tal vez a partir de este momento empiece a vivir en lo cierto.

sábado, 30 de enero de 2010

Zamá


El cancerbero mayor con una tea de fuego flamea las plantas de los pies del muchacho que pende sin pestañear de los flamantes cuernos de una yunta de bueyes sagrados.

A lo largo de siete años el muchacho se ha preparado para este momento. Le falta muy poco para llegar a ser hijo recóndito de la Ciudad de Zamá. El muchacho ya no es un niño. Tiene dieciocho años. Con sólo nueve vino a este internado para estrenarse en el manejo de las artes y disciplinas que se precisan para ser ciudadano de la Ciudad.

Durante este tiempo aprendió el control de cada uno de sus sentidos. Destacado discípulo. Puede comer de cualquier alimento por apetitoso o apestoso que sea, o ayunar durante cuarenta días sin que sus papilas se conmuevan. El aroma de una flor, el busto de una mujer, la sonrisa de un niño, el murmullo del mar, el canto de la alondra, el alba,... no son lo suficientemente bellos como para que su mirada se deje seducir como gacela ingenua. Su cuerpo es una piedra, su corazón, un desierto. Es capaz de reprimir una erección sin derramar gota seminal alguna. La brisa, la tormenta, la lluvia, el frío, no dejan huella alguna en su piel resistente y curtida como la membrana tamboril de un penitente en Semana Santa. Ya puede llorar un árbol, teñirse de sangre la luna, que una lágrima no salará sus labios. Su alma impertubable es un estanque de hielo. La familia, los recuerdos, los amigos, las espinas, la muerte de su padre, no obstaculizaron nunca su decidido caminar hacia la única belleza que aspira: ser morador de la Ciudad de Zamá.

Pero al muchacho le queda por superar aún la última prueba. Si lo consigue el Gran Mentor marcará entonces su sien izquierda con el herraje al rojo vivo del anagrama que lo distinguirá para siempre como inquilino de la Ciudad.

Con voz solemne el Mentor muestra ahora un sobre al muchacho. Y le dice:
Si quieres atravesar la muralla de la Ciudad deberás arrojar esta carta a la hoguera. Las llamas que desprendan su combustión serán la puerta que te dará acceso a la Ciudad de Zamá.
El muchacho abre el sobre y reconoce el papel doblado que contiene. Es la misma carta que de niño, antes de venir a esta casa, le escribiera a los Reyes. Y recuerda ahora aquel sentimiento fuerte de esperanza con que la escribiera un día. El crujir feliz de su lápiz sobre la semilla de aquel papel de su infancia le conmueve ahora espigado y con tanta fuerza que se niega a quemarlo. Y prefiere el sueño que de niño pidiera a unos magos de oriente, que ser ciudadano privilegiado de la Ciudad de Zamá.

viernes, 29 de enero de 2010

El Cartero del Papa


Mi oficio de cartero papal me permite conocer a grandes celebridades del mundo del comercio, las artes, la medicina, la política e incluso de los bajos fondos. Y aunque por encargo de su Su Santidad estoy obligado por voto a no revelar identidad o negocio alguno que de ellos sepa, tan fuerte ha sido el impacto que me ha producido la persona a la que le entregué hoy este legado del sucesor de Pedro, que no me resisto a escribir en mi cuaderno de intimidades unas breves notas; pero siempre fiel a mi juramento, no desvaleré bajo ningún concepto su nombre:

Lleva luenga capa con ribetes vueltos de piel de armiño. Escarpines y medias de cardenal. Por debajo del birrete con cantos dorados una pelambrera bien cuidada nace de su cabeza de prócer advenedizo. Sus ojos reflejan las aguas tumultuosas de los siete mares. En una de sus manos, en la izquierda porta una espada, mientras que la derecha empuña con brío un estandarte, blanca vela de una nave con una cruz pintada en su centro. Le calculo más de quinientos años. Y aunque la ternura de sus ojos le dan un cierto aire de soñador de lunas, sin embargo tanto su achatada nariz, su mentón fajado, como las dos arrugas que en vertical surcan el rostro, le confieren un aire bellaco de tozudo bucanero y oscuro nacimiento.

Estoy en la sala de audiencias del Parlamento de Europa. Strasburgo. La pieza es sobria. Ningún símbolo de ostentación decora la sala. El tiempo urge. El Santo Padre me dijo sin explicarme yo el motivo:
De no entregar esta carta a su destinatario antes de que la votación se celebre, la ley natural está en peligro.