
Tras la ilusión: el desencanto. Y tras el desencanto: la cordura.
"Ya no eres el hombre de quien que me enamoré un día."Y a la mujer se le derrumba la torre de marfil que construyó llevada de su caliente imaginación una tarde y cinco años. Y los cascotes de su torre sublimada le caen de pronto sobre la cabeza destrozada como metralla en plena batalla y armisticio obligado de su equivoco y derrota.
Pero yo no quiero solidarizarme con esta mujer, hoy desilusionada, que se enamoró como una tonta hace un tiempo, sino con el hombre que al sentirse destronado del sitial donde la mujer lo subió cuando se prendó de su coraje y belleza, de su ternura y hombría, está hundido y acabado en su propio desencanto. El hombre siente asco de si mismo, se repudia, y no siente tanto ser injuriado por la mujer, sino que está hundido porque ella le hizo creer en su orgullo, seguridad y valía; y ahora se siente como moneda sin curso y destrozado. En este hombre a mi mismo me veo, y siento pena por él, y me duele su pena y su humillación tanto como si fuera yo mismo el repudiado.
Y el hombre sólo atina a decirle a la mujer que lo encumbró cuando vio su cuerpo desnudo y vigoroso en otro tiempo:
"Yo sigo siendo el mismo hombre acertado en ocasiones, y errado en otras. Eres tú la que has cambiado."La mujer no contesta; pero piensa que ella se ilusionó más de la cuenta y se formó del hombre una idea errónea que alimentó su amor, convivencia y conveniencia durante casi el lustro que duró su relación.
Y el hombre se debate ahora eternamente. Y no sabe si vivió engañado cuando amaba y era amado, o tal vez a partir de este momento empiece a vivir en lo cierto.



