
«Verbis meis addere nihil audebant et super illos stillabat eloquium meum».
Epitafio de la tumba de Oscar Wilde.
Desde el Cid y Cervantes hasta Mikel Yakson pasando por Jim Morrison las batallas se ganan después de muerto. Nunca bebió más ginebra Allan Poe que en la barra de su sepultura. Sus admiradores y los fantasmas se encargan del suministro. Lo mismo ocurre en el mausoleo de Oscar Wilde: a rebosar está la tumba de carmines de besos. Los milagros tras la muerte del dublinés proliferaron en citas. La citomanía es un culto entre pedante y culto que se alimenta de las cenizas del pasado. Basta encabezar un escrito como éste con una emblemática frase de un paciente patriarca ya fenecido, y por tanto glorioso, para que las asaduras del lector se queden pegadas en la viscosidad del incipit.
Y hablando del victoriano artista y de sus lapidarios besos, yo conocí a un escritor frustrado que andaba de concurso en concurso por los ateneos del mundo sin conseguir premio ni consolación algunos. Un lunes aciago lo sorprendí a media tarde casi ahorcado de un hilo de tinta de su pluma mocha y tocado del ala. Después de reanimarlo como pude, le aconsejé que un viaje le iría bien para salir de aquel agujero:
"París, por ejemplo. Y de paso visitas el mausoleo de Wilde."Y así lo hizo. Al segundo día de estar en la ciudad cogió el metro, la linea 2 que va al cementerio del Père-Lachaise. Al verse en medio de un delicioso jardín rodeado de pintores, escultores y artistas, su sorpresa fue enorme. Más que un camposanto aquello le pareció el mismísimo Parnaso, la morada de las Musas.
Y ya tenemos a mi amigo delante de la sofisticada tumba del más dandi de los escritores, toda ella a rebosar de aquellos tan suculentos besos que en vida fueron su prisión y de profundis con sabor al más amargo de los gólgotas. Con disimulo coge tres de ellos sin que nadie se dé cuenta ("hay tantos que el difunto no los echará de menos"), y se los guarda envueltos en un pañuelo en el bolsillo interior de la chaqueta donde acostumbra a llevar la pluma de su mala suerte, junto a su corazón debilitado de inspiración y tinta.
Luego ya de regreso a casa, y a solas, el aspirante a escritor sacará los ósculos erectos con mucha unción, como reliquia de santo. Y frente al retrato de Dorian cargará su estilográfica con el carmín y el sabor de aquellos besos que le robó a un muerto en la rue du Repos de un parque al oeste de París. Y allí mismo en su buhardilla se puso a escribir como un loco de un tirón el mejor manuscrito de su vida.
Y lo que a partir de entonces le ocurrió a mi amigo, es fácil de suponer: murió muy pronto, abandonado, no reconocido y pobre, sin publicar nada, ni siquiera una receta de cocina; pero sus herederos hoy disfrutan de una herencia de millones por los derechos de su novela "Los besos póstumos".



