sábado, 16 de enero de 2010

La maestra caracol



Yo no sé que le recomía a Alejandro Dumas cuando dijo que el placer de los dioses es la venganza. Es cierto que el poder es vengativo y no admite que nadie se monte en su chepa, que nadie le moje la oreja. No quiere perder el poderoso las mansiones de cristal de su Olimpo discente, quebradizo y prepotente. Pero en esta mañana yo me acuerdo del dramaturgo francés para decir lo contrario: el poder de los dioses es la bondad, la magia de la escritura.

Y hablando de dioses veo a una niña repantigada en el suelo. Se ha olvidado del colegio, de su madre y la muñeca. Tendida boca abajo sobre la hierba del jardín contempla la niña el garabato de plata de un caracol azulado. La niña lleva apostada frente al molusco escribano un buen rato, toda una eternidad. ¡Que a su edad los ojos no tienen horas, ni prisas la imaginación creadora!

El rastro que el caracol dibuja en el suelo, es para la pequeña la cosa misma que el chupalandero pinta. Un simple trazo: el papá. Una raya: la mamá. El redondel es un sol.

Con cara seria como el rayo la tutora busca a la niña perdida por todos los rincones del colegio. Y la letra que ahora escribe el caracol azulado es la maestra, grafía presente y resurgida sobre la hierba fresca. No sabe la señorita que el caracol le está enseñando a la niña la escritura de los dioses, las huellas de su andadura.

jueves, 14 de enero de 2010

Simplemente Leo




"Todo es veneno y nada es veneno, la dosis sola hace el veneno"
(Paracelso)


Fui Leo hasta antes de morir. Y ahora que estoy muerto me llaman Leopoldo Sabido. Así lo hace ahora el matrimonio que ha venido a visitar a su hijo, mi vecino de nicho, un joven de veintinueve años al que encontraron perdido y congelado este invierno pasado en Sierra Nevada:
"¡Mira, ¿no es ese Leopoldo Sabido, el oficinista de Estructuras del Poniente, aquel que murió envenenado?"
Somos lo que los demás recuerdan de nosotros. Fui un tío legal por los cuatro costados, cariñoso con los niños, respetuoso con los viejos, fiel a la mujer, tierno con mis hijos; en cambio para el resto del mundo siempre seré un intoxicado. Un caso parecido al de aquel ladrón de gallinas, un tipo cabal y con la dignidad por bandera; sin embargo todo el mundo lo conoció como otra cosa: un criminal escapado y ajusticiado con el garrote vil.

Pero en lugar de contaros yo en persona lo que pasó con mi muerte, y para que parezca cierto, que lo haga Adrián el kiosquero. Así que os dejo con la confesión que ante el juez hizo este vendedor de chucherías:
"Camino de su trabajo sin fallar un sólo día Leopoldo Sabido un cuarto de hora antes de las ocho de la mañana compraba el periódico en mi kiosco de la puerta del teatro, dos manzanas más allá de donde el infortunado vivía con su mujer y los hijos. Durante veinte años seguidos, casi ocho mil periódicos al cuerpo fueron suficientes. Y de esta relación diaria entre Leopoldo, el contable de la fábrica de Estructuras, y un servidor, Adrián el del kiosco, surgió lo que acabó con su vida.

Para Leopoldo, según el mismo me contaba, el momento cumbre del día eran los veinte minutos del desayuno. Sentado en el bar, frente a un café con leche, desplegaba el periódico y se entregaba abstraído en la lectura de La Verdad, su diario favorito, en medio de aquel alboroto que a esa hora de la mañana llenaba el local de trabajadores. Leopoldo no era forofo de ningún equipo de fútbol, tampoco, seguidor de avatares políticos, ni curioso de cotilleos. Y si leía el periódico lo haría por no ser raro ante los demás, y poder decir algo cuando en las conversaciones entre los compañeros salían temas como que si Kaká había llegado virgen al matrimonio o si la Pantoja tenía un nuevo amante. Si no le importaban las trifulcas del gobierno y la oposición, si no miraba siquiera el número de los ciegos, ni se enteraba de editoriales, ni carteleras de cine, corrientes de opinión, ni consultaba el horóscopo ¿qué es lo buscaba con tanta insistencia Leopoldo entre unos papeles a los que se agarraba como diabético a un bolígrafo de insulina? Y como el cántaro malhumorado que vuelve de la fuente, seco tenía Leopoldo la cara. A el sólo le importaba leer, sin interesarle nada lo que leía.

Las venas que transportan la sangre de nuestro cuerpo no saben de hemoglobinas, tampoco las palabras escritas dejaban en la mente de Leo emoción o significación alguna. Y a mí me daba mucha rabia que Leopoldo Sabido comprara el periódico de manera tan desagradecida, me indignaba no saber lo que este hombre esperaba encontrar más allá de titulares y columnas. Todas las mañanas se quejaba de lo mismo: "¡no sé para que leo la prensa si nunca encuentro lo que espero!" Leopoldo tampoco sabía que, como la mujer que se libra poco a poco de su marido a base de raticidas, la prensa escrita a veces lleva en su tinta un veneno que ataca a la vista y el tacto y sobre todo al cerebro. Esta y no otra fue la causa de su muerte, con el atenuante de que en el momento en que Leopoldo dejó de consumir esta sustancia tóxica que yo previamente incrustaba con una buena refriega de semillas de ricino en el ejemplar que puntal cada mañana le entregaba, moriría. Y eso es justo lo que le ocurrió (¡paradojas del veneno!) a este oficinista de Estructuras del Poniente. Pero aún así confieso que no le maté. Me declaro inocente. Murió porque dejó de leer el periódico que le mataba".

martes, 12 de enero de 2010

La palabra agusanada

(*)


Me consuelo en alabanza a la rutina, lo ordinario; porque quise sin poder llegar arriba. Por defecto soy sencillo y mi verbo adolece de belleza, y por eso digo como Rokha que tengo la palabra agusanada. Que me llamen mediocre no me importa porque ser bueno ya no vende y guardo roto en el bolsillo estrellas negras, el duende de la luna mala y un podrido albaricoque de cera.

Fue mi reto hacer posible lo imposible, pensar en azul y en verde, escribir como Dantes Cervantes y llegué a ser más cursi que el izado de un meñique. Presumir de simple o de complejo es igual: pura apariencia. Y aquella dimensión cuarta imaginada de los años mozos es quimera. Sólo existe el ancho y el largo limitado y concreto del negro y el blanco mezclados de esta mañana gris grasienta. Y en cuanto a la altura, no quiero quebrarme el alma, más allá de las tejas de mi cuerpo.

Ya me veis, aquí agarrado a la realidad más siniestra, contagiado por el veneno gangoso de la tierra y su serpiente. Pero no por gusto, si no que para otra cosa no doy ni valgo.


(*) Pablo de Rokha. Poeta chileno. 1894-1968

domingo, 10 de enero de 2010

Hoguera escondida


Noche cerrada, las once y media. Las farolas cesaron de alumbrar mi camino. El alumbrado público no llegaba al barrio de las afueras de la ciudad, el de "Los Mineritos" donde yo vivía con mi abuela.

Y hoy al ver el hacha del viento descuartizar como a un conejo la acacia del patio, y caer inerte una de sus ramas, la más florida, al suelo, pero con un nido de tres gorriones a salvo, me acuerdo de aquella muchacha que al volver del hotel, donde por aquel tiempo yo trabajaba de friegaplatos, la encontré dos manzanas antes de llegar a mi casa, tumbada en el zaguán del garaje de Juanele el Mecánico.

Mis dieciocho años de entonces sólo sabían que la vida es movimiento. Por eso al ver quieta a la joven, pensé que estaba muerta. Hoy, ya mayor, he aprendido, y no del todo, que a veces la inmovilidad, lo mismo que la resistencia callada guardan en su interior y a veces a destiempo fuerzas invisibles capaces de desviar el rumbo de las estrellas más pesadas.

Y me acerqué para comprobar el luctuoso presentimiento. Mis ojos todavía cuajados por la inexperiencia de la edad no pudieron ver la hoguera escondida que en su seno, león dormido, albergaba aquella zagala. Aparentemente parecía un cadáver. Incluso me atreví a tocarla para ver si su corazón latía. Y fue tan ardiente el calor que mis manos sintieron, que al retirarlas de golpe, la muchacha abrió los ojos, y se abalanzó contra mi en un abrazo inesperado. Me besó fuerte en los labios y después me dijo: “acabo de conocer al amor de mi vida”.

Luego la muchacha se alzó como una gacela y siguió su camino con sus dos pechos felices al aire húmedo de la penumbra. Y yo aún siento en mi corazón, después de treinta años, la quemadura de aquella llama perdida en la juventud de una noche y cerrada y de regreso.

viernes, 8 de enero de 2010

Página en blanco



No te molestan los papeles arrugados, borrones de tu mente en blanco por el suelo, ni el barullo de libretas y esquelas, notas y avisos desoídos, citas sin brújula, llamadas desatendidas que olvidaron su razón, perdieron la memoria en el canto afásico de la estantería con sus cajones de textos cerrados, y montones de libros desafinados y mudos, párrafos subrayados y desiertos en el ocioso jergón del escritorio. No te estorban los lápices y bolígrafos sin color y sin punta, sin imaginación, fuera del jarrón, exiliados del tintero de su ilusión, desilusionados. No te molesta nada; pero estás harta de tanta suciedad, desidia y abandono que enfanga el cuarto de tu taller de letras sin autor, desvencijado.

Un trozo de chocolate medio mordido, cubierto de caspa atrae a una mosca que merodea atrevida alrededor de tu desgana. Una botella de plástico acartonada refleja tu sed agónica en la pantalla del ordenador ennegrecida por una lámina blanca de pelusa y sequedad. El metro que hace un mes cogiste del almacén para medir el desaliento de los cipreses y el viento, aún aguarda ser devuelto a su sitio. El vendaval no ha cesado. Son tantos los días que convives con este polvo que niega a los objetos su brillo, que eres el polvo mismo, la polseguera. Y no te extrañas, ni hueles a basura. Eres el desorden del vacío, la inspiración negada. Semanas que tus manos perdieron su tacto. Y entre tanto enredo e inapetencia, tus dedos, candado cerrado, siguen ciegos sobre las letras quietas de un teclado aburrido, sin agua, sin semen, sin yema, acequia sellada, tábula rasa.

Las tijeras, el fixo y los trozos del papel que sobraron tras envolver tu último escrito permanecen aún encima de la mesa en señal de luto por tu página en blanco, o el pánico de tu fracaso desde el día en que dejaste de ser, de regar el huerto, que ¡para ti vivir y escribir todo es lo mismo!