martes, 22 de diciembre de 2009

Nati


Las bombillas le tintineaban y hasta el frigorífico y el horno se le habían estropeado de trabajar a contratiempo.

Dijo no se quien que nuestra existencia era un alarido apenas proferido entre dos largos silencios. Esa sensación tuvo ayer Natividad cuando fue a la hidroeléctrica a protestar porque a su casa no llegaba la debida tensión de sus vatios contratados. Y la vida de Nati, además de un caos emparedado, un bocadillo cuyo companaje era un contratiempo de cebolla y perejil entre la nada anterior a su nacimiento y el vacío venidero tras su muerte, más bien parecía un sanguis cuyo único ingrediente era también el silencio, un silencio si cabe más grande que sus dos silencios adláteres que le comprimían como las pastillas del freno a la rueda delantera de un coche accidentado en impertérrito parón.

Y como Natividad, además de madre soltera era indecisa, y poco tenía que decir porque no cogía el hilo y pegar hebra no podía, y además en su casa nadie la escuchaba, ni siquiera las gallinas que sólo ojos tenían para el amanecer nuboso de un gallo desplumado, se puso a gritar a los vientos desorejados del poniente:
"Las palabras no tienen padre ni corazón, son atérmicas, el calor o el frío que corre por el trazo de mis venas es la temperatura de quien las evoca. Que sólo son semántica sin varón."
Y Natividad era todo un mantra desenfrenado, una letanía plañidera, palabra lastimada e incomprendida por no ser atendida por la persona encargada de las reclamaciones de paternidad en el registro civil, o en la agencia de la luz.

Y es que una misma palabra puede ser de izquierdas o derechas según la boca partidista de quien la profiera. Y así la palabra "navidad" puede ser roja o amarilla según la diga un vendedor o un cliente, un facista o un republicano contumaz, un santo hereje o el devoto más apóstata.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Alumbrado de Navidad


A veces, más que un sentimiento, una idea o un conocimiento, lo que me mueve o conmueve es un simple dispositivo (sistema) ora lumínico o sonoro, ora físico o mecánico, que, sin más profundidades, al activarse produce en mi interior la misma sensación o efecto que las motivaciones reales anexas al sistema, pero sin su sustancia.

El ratón se ponía contento (movía las orejas y el rabo, segregaba saliva) cada vez que la pala de madera con su piloto-estrella encendido introducía el trozo de queso en la jaula construida a tal efecto. Luego de asimilar el ratón esta rutina durante un cierto tiempo (piloto encendido y trozo de queso presente), el experimentador introdujo la siguiente variante en la prueba: metía la pala-cuchara en la ratonera, pero esta vez sin el trozo de queso, (sin mensaje o buena nueva). Sólo se encendía el artefacto eléctrico.

Resultado: el investigador comprobó que el ratón con tan sólo ver el piloto encendido se despreocupaba por completo de la comida. Y lo más relevante de este ensayo es que el ratón sin probar alimento actuaba como si hubiese comido (movía contento las orejas y el rabo).

Conclusión: este dato científico luego se aplicó con rotundo éxito a la industria de granjas y cebaderos donde animales de toda especie, incluida la humana, sólo necesitó el consumo de doce vatios de luces impactantes, estrellas multicolores colgadas sobre sus narices como alimento diario. No es necesario señalar y agradecer el ahorro presupuestario derivado de este experimento lumínico que le proporcionó al reino animal en su conjunto. La naturaleza ya no tuvo que ser sangrada con más explotaciones agrícolas innecesarias. Más luz, menos consumo. Luciérnagas.

Dicho de otra manera: soy artificiosamente cautivado más por el resplandor, la chispa momentánea de un fuego fatuo, una señal instrumental de reclamo, el rábano por las hojas, que por su sabroso bocado. Claro, ¡y así me va!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Bichos




Desde el día en que se dio aquel golpe en la cabeza Atunai todas las noches soñaba con cucarachas y escarabajos. Estos bichos anidaban y bullían en sus bolsillos, en el pañuelo, en los forros de su chaqueta, y hasta como conejos se reproducían en las ingles y en sus sobacos. Y la luna era un disco ensombrecido por una mancha pululosa de gusarapos. Los flecos de las cortinas del salón estaban roídos por los gusanos, también los paños de la cocina parecían pergaminos chamuscados. Y lo malo no era que por la noche le atormentaran cual espinas entre las uñas de sus dedos enmarañados de larvas; lo peor es que luego durante el día con tal presencia y virulencia le perseguía el recuerdo de estos bichos a todas partes, en el baño, en el desayuno, en los recados.., que su humor se entristecía y todo su cuerpo era una comisura desencajada de amargura por la zozobra y el asco.

Desde aquel lunes despistado en que se dio un tremendo golpetazo contra la farola de la calle de la Luz algo debió pasar en su cerebro para que Atunai empezara a soñar de manera tan compulsiva con los escarabajos. No es que fuese muy mayor este hombre, apenas cuarenta y tantos años, pero desde entonces se le agrió el carácter, casi siempre estaba enfadado, a todo el mundo trataba a estampidas. El sol tranquilo de antes sobre la acera de su vida quieta era ahora un remolino de bichos, sombras enfurecidas que se le subían por la espalda, se amontonaban sobre los hombros y con su peso lo quebraban poco a poco hasta convertirlo en un viejo receloso, prematuro y achacoso.

Los sueños cada vez más frecuentes y obsesivos se adueñaban de su vida real. Para él todo el mundo era una pilastra de bichos: el vecino, el barbero; y hasta la muchacha de la floristería, tan hermosa ayer que Atunai se derretía por ella, hoy tan sólo una manta cubierta de orugas.

Una mañana en el supermercado en el que trabajaba como encargado de la sección-pescadería, al recibir el surtido del día recién traído vivo y fresco de la lonja, Atunai perdió los estribos, mandó inmediatamente tirar todas las cajas del pescado al contenedor de los residuos. Y le chilló al de la camioneta:
"Cómo tenéis el descaro de servirme esta porquería descompuesta y cubierta de gusanos"
Y despidió al proveedor que no salía de su asombro. El pescado venía como siempre brillante entre algodones de hielo.

Puede que Atunai no estuviera loco, sino más bien que sus ojos fueran de lince. Los bichos que veía no eran fantasmas de su imaginación tocada. Nuestro cuerpo entero, el de los reptiles y peces ¿no son acaso una camada de virus rampantes hacia su desintegración completa?

jueves, 17 de diciembre de 2009

Trapos sucios



Hoy, en El País:
"Un amigo del rey y el jefe del espionaje buscan una solución que evite una derrota diplomática de Rabat"

Yo ya sabía de las tropelías del Poder y sus desmanes, y de su engullido afán de perpetuarse más allá de su vergüenza. Había oído hablar de la camaradería "coronaria" de los monarcas. El poder como la mescalina crea dependencia. Y en su alocado mono puede matar a su madre, la urna que lo compró en un zoco del desierto.
El poder es necesario -me dijo el zoon politikon-, un mal menor si quieres; pero imprescindible como instrumento controlado en favor de los que por si mismo no se valen.
Contumaz y despótico al poder nunca le importó ser implacable, que tiene el poder una fuerza interior que lo hace tozudo y ambicioso por naturaleza. Y su lema incuestionable: no dar nunca su brazo a torcer. Y para encubrir su vesania recurre a la argucia, a la Diplomacia, el guante blanco de su mano manchada. Y el ojo del amo engorda al caballo.

Dice Haidar:

"Ninguna duda, Marruecos quiere mi muerte, esa es su gloria"

Y añado desde mi atrevimiento ignorante que no sabe a quien le importa viva o muerta Aminatu Haidar:
"O la derrota"

martes, 15 de diciembre de 2009

Diógenes



"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?" (Lc 24, 1-7)
Hace siete años y un día que dejé este mundo. Hoy, aniversario de mi muerte, respetuoso cumplidor de tradiciones y olvidos, me dirijo al camposanto; levanto la lápida de letras de oro donde el nombre y la fecha de mi defunción perviven a pesar del tiempo y la cirrosis ... Y me encuentro la tumba completamente vacía. Sorprendido, me toco como ciego que explora un objeto desconocido, como disecador, la cabeza de un toro degollado, como forense, el sexo de una calavera. Y como el Diógenes de la linterna no doy con lo que soy. Pregunto al sepulturero que no me da explicación alguna sobre mi desaparición.

Y sin más demora me encamino al juzgado de guardia -sección patentes- para presentar una denuncia. No es posible, además de injusto, que mi cuerpo invisible circule por un mercado de cenizas sin su debido código de barras.