miércoles, 2 de diciembre de 2009

Nicolás Guillén




Quisiera
hacer un poema que tuviera
todo el sabor de unas buenas migas

No sé si "hacer migas"quiere decir lo mismo que "amigar". Tampoco sé si amigar es un verbo "con papeles", legal o por la rae reconocido. Lo que sí sé que ayer las migas del almuerzo en compañía de su nieto me sentaron divinas, amistosas.

En una cocina en bajo, al alcance de cualquiera, y todos, la lumbre "carbón ardiente y piedra de horno" reavivó el silencio de una paz culpable y convirtió en abril el duro invierno. Mientras las llamas rojas bailaban jóvenes en azul y en amarillo, afuera, el aire y el frío gritaba amor.

Tu vientre sabe más que tu cabeza. Tal vez por eso estas migas con el nieto de Sóngoro cosongo me sentaron a camino, selva y trigo, a negro benbón, a níscalos tiernos, a sapato nuebo, a mulata, vino y son.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cainismo



Madre agoniza. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.

Seis de marzo. Nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños a la escuela. Despedidas cariñosas. Y de nuevo ese amor que no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Una desgracia no tener madre; pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.

Perforación de intestino dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. No es la peritonitis lo que a mi madre mata, es mi quijada en el pecho de su hija.

Desde el accidente de mi hermana madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, madre y yo... La vida termina en seis. De los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan como verdugo.

Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.

Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.

No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.

Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, programados. Los besos que con tanto mimo yo sembré aquella tarde no florecieron. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan la misma carga. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su pena, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Mi hermana era el muro; y yo su pala demoledora.

Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí: “¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que despierta en vida le sombreaban el alma!”.Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas.

No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Consigo tocar su frente. Y le digo:
"Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste".
Las motas del sudor de su muerte se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.

Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
"Oh Dios, yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida; pero mi madre, sí. Estás obligado a curarla."
Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de madre antes de cerrarse para siempre me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven el amor que me robó mi hermana.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Por detrás



Hoy sigo el consejo del analista:

"Escribe lo que ves y cuenta sin reprimirte lo que sientes. Como la defecación la escritura es un alivio."
Si me miro de cara, el espejo me da la espalda. Y el trasero debo mostrar al cristal para verme de frente. ¡Y dale con la burra al trigo! Y así hasta siete veces mareado, sin conseguir que el espejo me devuelva el perfil que quiero.

Este vidrio es un prodigio, tiene ojos en la nuca o no sabe lo que digo: si me enfoca por detrás, me refleja por delante, como un sexador de pollos, o como el juez que para pillar al que robó el fuego olímpico pregunta a Dios por los clavos perdidos de Cristo, o como la luna misma que sabe si está preñada sin mirar al nomon del sol dormido.

Y el analista al leer esta desesperada reseña que me interpreta al revés, me calma:
"No te calientes la cabeza: hay quienes con ver mis manos saben los hijos que tengo o qué almorcé esta mañana. No busques las cuatro patas al espejo, (que si sombras, incosciencia, hipocresías), que el espejo además de tetraplégico, convexo y plano, es sobre todo eso: un rematado salido que busca metértela por el ano, o como dijo Maradona: que le den al jodido, o donde dije digo, digo Diego".

jueves, 26 de noviembre de 2009

Espantajo


Si quieres dar a conocer tu nombre, un exabrupto, la mejor presentación. Si quieres que hablen de ti, habla tu mal de ellos. La rueda del mundo de tanto girar hacía la luz se olvidó del sur. Por cierto el orgasmo de las tinieblas es el mediodía. Y el insecto no busca el destello. La sombra es quien lo encandila. Contracorriente es el rumbo; la extravagancia, la norma; y la metáfora, una insidia.

El poeta tenía los ojos cóncavos. Todo lo que miraba distorsionado veía. La simetría rota en formas desproporcionadas, figuras alargadas, contrahechas, rechonchas, grotescas, estrafalarias. El antihéroe es la estrella. Los dioses llevan rabos y cuernos, y una cabeza de ajos debajo de la corona. Las hojas del laurel se la comió el burro de Goya. Lo absurdo se viste de gala, y engatusa al estilista con estilete prosaico que debe escribir mordaz, ofender y provocar si quiere que los demás le oigan.

Lo natural no es belleza. Harto está el poeta de los colores básicos y busca en la alcantarilla de su universo la sombra tergiversada con artificioso verbo. Ya no canta la bondad de los amores. Escandaliza, provoca y atrapa con acromática afasia el estaño de las aguas. El cloruro son sus versos ácidos; los madrigales de su música, arañazos; y el azul de su palabra, una argolla al cuello de una botella ahogada de ron en el vikipedia.

Es más famoso quien mata con una ballesta a su padre que la hija de la vecina que lleva lustros al cuidado de su madre inválida. Lo poético es escribir pohesía con hache muda, ser alcohólico, espantajo, pastillero, un bukowski, mujeriego y cascarrabias; caricaturizar es el método, la ironía. Despotricar (de potro) contra la corrupción para esconder la vileza, y firmar con mis heces este blog para que el lector se espante y así hasta mañana que vuelva a leerme.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Erase una vez



Erase una vez un país donde corrían tiempos de ilusión y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa.

Si alguien soñaba con el agua, al momento una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba peces y plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña.

Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la plaza.

Si alguien soñaba con el fuego, de repente el frío, las escarchas y el invierno, los temores, el temblor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos.

Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, el adobe, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.

Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella.

Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol.

Quien esto les cuenta bien sabe lo que dice. Soy un asteroides inerte y apagado en medio de la noche, calcinado.