domingo, 11 de abril de 2010

El maestro Charrero


Llevaba siempre consigo una racimo de bellas palabras. Y las departía entre aquellos que veía como quien regala flores y uvas, parabienes y sonrisas. Eso sí, algunas veces por pudor, autocensura o ligereza, no lo sé, o por aires de grandeza tal vez, hablaba lo que no procedía, o lo contrario de lo que en ese momento sentía. Dicho de manera más benévola: el maestro Charrero no siempre atinaba a decir lo que quería. Y cuando nada más verme me ofreció desinteresado un manojo de siemprevivas recién cogidas del huerto de su locuaz impertinencia y vanagloria le dije de sopetón:
No querrás que yo me quede con ese muerto de vocablos arrebolados que me largas, manojos de pasas podridas.
El Charrero era más bien un señor tímido y retraído que se escondía tras el follaje de retahílas y lirios con el que me obsequiaba. Sus incansables palabras eran parapeto y a la vez lupa y mentidero de su miopía no asumida. Y lo que el creía que para mi sería un obsequio, me sentó a humillación y desprecio. Sus ínfulas de magnificencia me machacaban el cerebro. El tenía un jardín lleno de flores, de viñas y el real diccionario de la lengua atragantado en su boca como cepa centenaria. Y yo: pocas entendederas y de palabras escasas, las justas: sólo un camastro sin epítetos ni complementos donde caerme muerto. Y con esos mimbres: sus telas de armiño y mis hilos airados; la incomprensión y la enemistad fueron el resultado.

Le tiré su ramo a la cara con tal desafortunado efecto que sus palabras en retroceso se le enredaron en la garganta y se quedó mudo en el acto.

jueves, 8 de abril de 2010

Y ¡nada!


Una semana fuera. Desconectado. Completamente ajeno a lo que ordinariamente uncido estaba. Nada de periódicos, noticias. Incluso me perdí el último partido del Barça. Hasta me olvidé de la huerta, del brillo de las hojas del naranjo, del azul de los lirios, de la flor del melocotón, del nido de los gorriones junto a la chimenea.

Pasado el tiempo en el que la ausencia robó mis rutinas, regreso de nuevo con la ansiedad de encontrarme con algo distinto, cambiado. ¡Nada!

Creí que los jopos de las cañas de la ribera de la acequia me recibirían con aplausos, los lazos de los cebollinos con su nuevo verde esmaltado, los gatos con la carantoña de su maullar en falta. Y...¡nada!

Pensé tal vez que el país hubiera dado un vuelco a su conciencia. Que los mendigos ya no pulularían las costras de su pobreza por los soportales de la calle Mayor. Que al volver mis hijos habrían encontrado por fin trabajo, que las tórtolas ya no volarían en quebrado para sortear el pistoletazo del cazador vecino. Y...¡nada!

Que mi amigo, aquel que se murió en las bocanadas de la primavera, estaría esperándome pintando el rojo vivo del granado. ¡Nada!

¿Y qué me encuentro? El gallinero lleno de mierda. La cabeza descuartizada de un mirlo en la puerta del porche, los geranios muertos de sed, la alfalfa picoteada por los pájaros, el vivero de la albahaca engullido por la babosa.

En estos días de obligado exilio nada de lo que esperaba ha ocurrido. Y he conocido lo que será mi vida después de la muerte. ¡Nada!

Miento. Con algo renovado al regresar sí me encuentro: Dios es futbolista y ahora se llama Messi.

martes, 6 de abril de 2010

Póquer de Ases


Después de leer Póquer de Ases he llegado al convencimiento de que jamás conseguiré ser escritor. Soy arrejuntador de letras, palomas de alas mojadas. Ni siquiera periodista, cronista tan sólo de necrologías mustias. No me vieron nacer las tierras convulsas de la tragedia, el orfanato o la guerra fría. Soy abstemio, adrenalizado a ratos, y no remojo mis ideas-madalenas en alcohol a cada hora. Tampoco llevo tirantes ni corbata como Bioy, ni sombrero como Joyce, ni como Proust bigote de brigadier. No depilo mis falanges para que los que lean mis escritos aprecien la limpieza de mis dedos, finura de camuflados sentimientos. En mis uñas siempre quedan rastros del terruño y de la azada. Jamás seduje a nadie. Soy de un femenino inapetecible, invisible a las mujeres. Una que tuve, la tengo, y ¡quiera Dios!, por muchos años. Porque si mil tuviera como los Ases del mencionado libro, de ninguna sería. Ellas hablan de sus cosas delante de mi como si nada. "Puedes quedarte, niño. No va contigo". Y como tampoco soy hijo de presbiteriano radical (mi progenitor fue un simple y honrado barbero de pueblo), no preciso de catarsis escriturarias que saquen a latigazos de mi subsconsciente amargo demonios freudianos sembrados con calzador en mi adeene por un padre ausente, incoherente y abusón a base de pescozones limpios.

Después de leer a Manuel Vicent me convenzo que escribir no va conmigo. No soy un entusiasta frustrado, ni suicida equivocado, ni malhumorado altruista que se empeña a toda costa que le den las gracias por favores que nunca prestó. Para ser carta de este Póquer de celebridades hay que ser extravagante. Ser normal y ser escritor es un quehacer imposible, como el agua y el aceite: nunca pudieron darse la mano; como querer ser poeta sin haber tenido un sueño. Aunque yo me sé de un soñador que soñó que antes de sus sesenta pagaría su hipoteca; y no llegó ni a ser dueño de un pareado, ni de una dulce sinalefa en cuya cama pueda dormir abrazado, adulterino, entre las señoritas doña Virgilia y Durmienda. Siempre desavenidos la realidad y el deseo.

Una cosa sí tengo en común con los escritores: trascender cual enredadera olorosa por encima de una verja llena de pinchos, cristales rotos sin mensajes; pero como por mi estatura no llego al cuello de la botella escorada, hago de mi bajuras, grandeza. Que no conozco yo en este mundo gente más importante que uno mismo, aunque para limpiar el rodapié de su cuarto este menda lerenda haya de andar subido a una escalera.

domingo, 4 de abril de 2010

Domingo de Pascua



Un nuevo día. Pascual Albatros se despierta después de una noche de sueños de chocolate, calamares y paparajotes. Intenta levantarse; pero lo piensa mejor. Y no llega ni a poner la planta de su pie derecho sobre el frío suelo de su destartalada habitación. Hoy Albatros quiere volar. Desearía no tocar tierra por mucho tiempo, como esas aves que llevan su apellido y permanecen en los pliegues angelicales del aire hasta más de diez años sin tocar tierra.

Puede que al Insumiso de Palestina le ocurriese algo parecido. Y al despertar de su agonía tras su paso, su andadura entre los humanos, decidiera resucitar y largarse lejos, muy lejos.

Hoy Pascual Albatros quiere seguir dormido. Dormir y volar al mismo tiempo como hacen esos pájaros que llevan su nombre y seguir soñando sueños de azul y chocolate.

viernes, 2 de abril de 2010

Tonel de roble



Una emanación entre amarga y afrutada se escapa en tropel de la barrica de vino. La riada invisible de aromas letales inunda por completo la cueva de la bodega. Jerónimo Artero aspira el acrisolado elixir. Siente un sopor dulce. La vista perdida en la blandura de un valle de viñedos sosegados. Su mente obnubilada, perdida allá en el fondo, en la acogedora sonrisa de la madre de un generoso montilla.

Encontraron su cadáver en el mismo gollete del tonel de roble. El cuerpo doblado con media cabeza metida en el caldo. Los pies por fuera, boca arriba, como unas tijeras abiertas. En el suelo, la tapadera del tonel con el anagrama grabado en fuego: "Bodegas el Pipa".

No hizo falta que el forense dijera que "la falta de oxígeno en el cerebro engrifó su corazón hasta dejarlo exánime, sin latido, como pajarico en el charco".

Camilo Panero, el oficinista de la empresa, tampoco tiene reparos en identificar el cadáver. Sin mover un músculo de la cara le dice al comisario que se trata de Jerónimo Artero, un antiguo compañero de clase. Y añade: "creo que trabajaba en Seguros Estigia.

Comenzó la cosa mal ya antes de que empezara. El destino como el movimiento de las olas camina sin frenos, es imparable como la rotación de los planetas. El hueso que afila los colmillos de los lobos a media noche, la mano oculta que hace que los cangrejos vayan para atrás, es la misma que destapó aquella cuba de la bodega del Pipa. Los vapores de la fermentación entaponaron los pulmones de un pardal que ya había galleado bastante. Coincidencias absurdas. El futuro por su cuenta a veces reconduce anécdotas del ayer, cambia lo que un día sucedió y se venga del pasado. Puede que los acontecimientos sean reversibles. Pero Camilo piensa que agua pasada no mueve molino.

Con todo cuando encontraron muerto a Jerónimo Artero en la cueva de la bodega del Pipa, un pedazo de la historia se deshizo y el día se volvió a disfrazar de otra manera. Los incidentes ya no ocurrieron como la primera vez. Nunca segundas partes fueron buenas.

Camilo no se siente un desgraciado por vivir como vive.

Si antes de la muerte de su compañero de instituto el policía le hubiese hecho a Camilo la típica pregunta: "si volviera a nacer ¿qué cambiaría de su vida?", el contable hubiese dicho sin vacilar: "nada, no cambiaría nada". Como dijo Pilatos: "Quod scripsit, scripsit." Bien sabe Camilo que no hay más cera que la que arde, que no está en su mano borrar las manchas de la luna. Son los avatares, las encrucijadas, las escaramuzas, las que cambian la trama de los días.

El oficinista se limitó a enseñarle las bodegas a su antiguo compañero de instituto. Un conductor alocado no estampa sus sesos en el asfalto por gusto, es la obsesión ciega del sol deslumbrante de la mañana la que estrella el cuerpo contra la cuneta. No necesariamente detrás de cada muerte hay un asesino, un suicida, o un amigo despechado. Las circunstancias también matan. "En esta empresa yo sólo soy un "mandao", le dice Camilo al inspector a la hora de identificar al finado.

Con su bachiller terminado Camilo entró a trabajar apilando troncos en un almacén de maderas. Luego le ofrecieron un puesto mejor pagado como contable en esta bodega de vinos. Se casó con Margarita, la hija de la frutera de la plaza de abastos. Tres polvos a la semana. Una hipoteca al nueve por ciento. Una cerveza con patatas a la brava en compañía de su mujer todos los sábados al mediodía en el bar de "las Pencas". Hasta un canario en el tragaluz de la cocina con alpiste y una hoja de lechuga fresca. Todo muy normal, tan normal como anodino.

Hasta aquel día en el que la cruz del tiempo quiso que Camilo y Artero se encontraran después de veinticinco años.

“¡Cuánto tiempo!"

Se abrazan con el mismo ardor que una báscula aguanta la carga de una res sacrificada. Celebran el inevitable encuentro con unos martinis en la cantina de los Molinos del agua. Artero cuenta que trabaja en Seguros Estigia. Los amigos recuerdan sus tiernos años en el Jaime Primero, aquel instituto que aún luce su fachada de piedra tosca. Camilo sin decir nada paladea trago a trago las zancadillas pasadas de Artero, el levantamiento del primer amor por aquella zagala, el apodo de "pichacorta", mote que el mismo amigo le puso un día cuando los dos meaban contra la tapia del matadero municipal tras su primera cerveza.

El reloj de la plaza toca una hora cualquiera, es el mismo reloj de números romanos que ajustó la adolescencia de Camilo y Artero, pero ahora el eco de aquellas campanadas huele a retama.

Los dos amigos echan de menos el viejo roble junto al recodo del malecón, donde ellos colgaban sus ropas cuando se fumaban la clase y se daban un baño en el río. Del viejo árbol tan sólo queda una peana redonda y reseca al ras del suelo. "Unos toneleros lo talaron para cubas", comenta Camilo. Las raíces muertas del roble aún recuerdan con dolor las respiraciones entrecortadas de aquel día en que Jerónimo Artero sumergió repetidas veces la cabeza de Camilo en el agua del río.

Aquella tarde Camilo y Artero se fumaron la clase de historia. Fueron a pescar cangrejos. Sin venir a cuento Artero zambullió a Camilo repetidas veces en el río hasta dejarlo casi sin respiración. Pero la historia no olvida y quiere cobrarse ahora una deuda. El destino es incorruptible.

Camilo si pudiera restañaría aquellos momentos de angustia. No está en sus manos poner venganza donde hubo insidia, por eso se limita a decirle a Jerónimo Artero:

"¡Vayamos a la Bodega donde trabajo. Es una maravilla. Ya verás. Lo último en enología. Está a dos manzanas de aquí."

Cuando Artero entra por la arcada de la cueva lo primero que ve es el tonel del vino, la misma madera de aquel árbol cortado de la orilla del malecón junto a los Molinos del Agua. El viejo roble convertido en barrica y Jerónimo Artero el de los seguros Estigia. los dos frente a frente. Se reconocen. Y se miran adustos como venados en celo.

Los hitos de la rueda de la vida de Artero en movimiento vertiginoso se agolpan al mismo tiempo en una imagen fija. El hoy, el mañana y el ayer están ahora en su trono, interseccionados en el mismo plano de su mirada, en la cruz del árbol del tiempo. Un trio de reyes, las coordenadas de la eternidad, pasado, presente y futuro en las manos furiosas de un tonel de roble.

Y lo que sigue de esta triste historia del "Tonel de roble" es su mismo principio. Comienzo y fin son dos cabos que se tocan.