¡Por los clavos de Cristo! ¿De que me sirve ser Dios si ya nadie da un duro por mis carnes golpeadas, por mi cabeza de espinas, por mi sangre derramada?
Me muero yo ante de que Zaratrusta me mate. Antes de que la ciencia me llame impostor me disolveré en la zarza ardiente como otrora lo hiciera ya en el Éxodo. No seré más vuestra culpa. Antes de que el Vaticano y sus acólitos me dejen en ridículo, antes de que hagiógrafos y cronistas me delaten por falsario ante el tribunal de la historia desapareceré por la puerta de atrás del tiempo. No quiero ser vuestro escarnio, ni vuestra piedra de escándalo. No cantará el gallo tres veces, ni podréis renegar de mi sombra, porque vuestra fe atribulada no podrá sustentarse en ninguna referencia, imagen real, hablada, tallada o simbólica. Tampoco lloraréis mi ausencia, porque a partir de ahora sabréis que nunca entre vosotros adopté forma alguna.
Dejaré de ser sujeto. Ni siquiera predicado, ni objeto sustancializado, ni cualquier otra circunstancia de tiempo, lugar y modo seré ya más para vosotros. Porque soy la base sin base. Nadie jamás me ha visto. Soy la Nada. Como Dios que soy dejaré de ser para seguir siendo.
Nota:
Tal vez sea por ello hoy como muestra de la inasibilidad manifiesta de Dios el blogger no me dejó añadir a esta entrada la foto del Cristo Crucificado de Velázquez por mucho que yo me empeñara de nuevo aquí enclavetarla como devoto esbirro de mi admiración heterodoxa.
lunes, 29 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Mi amigo y yo

Mi amigo se corre de gusto con sólo mirar del fuego su llama, oler del jacinto su blanco, contemplar la industria del tejer equidistante y holístico de una araña. A mi amigo se le abre el culo, o dicho de modo más estilista, se le inunda el alma de dicha al ver parir una gata.
Pues bien, a mi me pasa eso, pero de otra manera. Veo mi nombre escrito aunque sea en una vieja pared, en los zócalos de un puente, o mi foto en el tuenti mismo, y un gozo como una casa me llena entero por dentro. Y hasta si viera mis iniciales grabadas en la losa del cementerio, igual sensación sentiría. Y me digo: más que escritor, yo debiera haber sido candidato a político colgado de las farolas de la Avenida Principal de la capital del Reino.
Lucir mi firma en las tapas de un libro, al pie de unos versos, en el envés de un plato, en el tatuaje del lomo de una antología, en el Google, en Facebook me hace un mundo, y me causa el mismo placer que a mi amigo beber agua fresca de un botijo en una tarde de siega. Y presumo de ser leído, votado y visto por ciento y la madre de amigos con los que jamás ningún trato tengo. Y cual Narciso en el espejo de una charca me extasio con la imagen risueña de las volátiles aguas de mi existencia, y se me desparraman las carnes. Y me relamo como si cada una de las letras impresas con las que almuerzo fueran gambas a la brasa en la fragilidad de un papel, en la fugacidad digital, en la etereidad del plasma de una pantalla de pulgadas contadas.
Yo no soy feliz como mi amigo que toca directamente el placer. Yo necesito como un tonto del señuelo intermediario de la imaginación simbólica que me devuelve trucada la dicha nunca colmada. Me complico.
Mi amigo no escribe, ni es grafitero. Es analfabeto. La única inmortalidad que conoce, que vive y siente mi amigo es vivir el presente, comerse una manzana a la sombra de un árbol callado, sin hipotecas referenciales, crónicas futuribles, avales y anales homologables, sin traductores ni descodificadores. Mi amigo no comprende que yo delegue, en ara de otras historias, otros cielos y esperanzas, memoria de generaciones esculpidas en autorías de molde la fruición que supone beber agua natural de la cántara del presente que rezuma instantaneidad y frescura.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Quién coño soy

Todo empezó aquel día en que mi madre minutos antes de morir me cogió la mano:
“Hijo, perdóname, quiero que sepas....”Y como si se le atragantara la raspa de su secreto empezó a toser igual que crujen las nubes en una noche de tormenta. Luego ya más tranquila continuó:
.... yo no fui la mujer que te parió. En el fondo del arca encontrarás tu partida de nacimiento”.Asustado del fantasma de mi propia identidad, palpé mi cara con manos escrutadoras y entre gritos de rabia me pregunté: “si mi madre no es mi madre, ¡yo tampoco soy su hijo! Entonces ¿quién coño soy?”
La partida de nacimiento, una ennegrecida fotocopia por el tiempo carcomida, bien claro lo decía: “hijo de padre desconocido”. Y a renglón seguido, el nombre de mi verdadera madre. En el sello del Registro venía también el nombre de una ciudad.
Hacia allí dirigí mis pies. Hasta el día de hoy no me he cansado de desandar mi biografía en busca del ladrón que me robara mi existencia. Tal vez por eso muchos me han confundido con “ese loco que corría por las calles con lágrimas en los ojos buscando su cabeza en todas las esquinas” (Ladislav Klima). Otros dicen reconocerme de la universidad, cuando en mi vida he pisado una facultad, yo tan sólo sé de escardillar hierba y apacentar borregos. ¿Os habéis sorprendido alguna vez queriendo atrapar una abejorro inoportuno al que no veis por ninguna parte? ¿Cómo os sentís? ¡Un imbécil ¡Eso es lo que soy, dando palos de ciego tras un gambusino!
Por fin, ¡maldita la hora! después de cinco años ya tengo una pista. He dado con sor Aparecida, una monja de una casa de mujeres “descarriadas”.
¡Claro que me acuerdo! Una joven con tus mismos ojos de buscador de lunas. Le faltaban unos tres meses para dar a luz. Cuando tu madre, después del parto preguntó ansiosa por su bebé, tuvimos que decirle: tu niñito, el pobre, murió de muerte súbita ¿Qué otra cosa podíamos hacer para que pudieras sobrevivir? Cuando naciste, como ella no tenía posibles, te entregamos en adopción, creo recordar...., a un modesto y piadoso matrimonio de la sierra al que Dios no le daba hijos a pesar de sus muchas novenas a santa Águeda, ya sabes, la abogada de la fertilidad.Y cagándome con mi boca cerrada en todos los muertos de la puta sor le dije:
¿Y qué fue luego de mi madre?La hermana acariciando el gran crucifijo que le colgaba del cinturón del hábito como si hubiese adivinado mi maldición me dijo:
Mira, hijo, no hay secretos en un convento. De ti para mí, esta es la pura verdad. Tu madre era una joven huérfana a quien el carnicero de la plaza de abastos, un hombre caritativo, la acogió poniéndola a servir en su casa. Estaba de buen ver ya lo dice san Mateo “cata que la carne es flaca”, y pasó lo que tuvo que pasar, que el charcutero cató. El hombre demasiado hizo, habló con el párroco del pueblo y aquí la tuvimos hasta que se repuso del parto. Se fue a la costa. Dicen que se casó y que allí vive feliz con su marido y sus hijos.Al encargado del padrón del ayuntamiento le di el nombre de mi madre. Buscó el año y sin mirarme siquiera sólo me dijo:
Actualmente esta señora, es la esposa de don Inocencio vive en el número 27 de la calle de La Maternidad.No hubieron abrazos efusivos, ni sobresaltos, nada de sorpresas. Mi madre me citó en la Iglesia, y delante del mismo cura que en tiempos atrás la llevó a la “inclusa” me dijo sin más:
A estas alturas no puedo comprometer a mi familia. Me costó mucho rehacer mi vida. Mi marido jamás me lo perdonaría. No tengo fuerzas para volver a aquellos años. Para mí tu dejaste de vivir el día en que te di a luz....Hablaba y hablaba como queriendo dar con la frase que la exculpara y a mí me convenciera.
¿Y del destripacabras de mi padre qué se sabe?
Anda perdido, como tu, como yo, peces en definitiva todos, nadando contra corriente en busca de la cabecera del río que nos dio la vida y que nos lleva a la muerte.
martes, 23 de marzo de 2010
El milagro de la escritura

¡Por nadie pase! Su enfermedad era incurable. Mi hija tenía los días contados. Lo probé todo: el agua de los ángeles, los médicos del cielo, curanderos. Hasta le prometí a la patrona del pueblo que si sanaba, aunque me despellejara en carne viva, de rodillas subiría la empinada cuesta del santuario. Puse junto a las patas de la cama de mi pequeña semillas de calabaza; y hasta una vela negra encendí al diablo.
Pero a partir de hoy todo ha cambiado. Os cuento cómo:
Para calmar mi pena y desahogarme me pongo a escribir junto a su cabecera: sus primeros pasos, los años de guardería, la muñeca de su primer regalo, la graciosa mella de su primer diente, su primera comunión, su cara de ángel precisamente justo un mes antes de caer enferma.
Y conforme la tinta azul de mi pluma se plasma en regueros escritos sobre el blanco papel de su memoria, mi niña recobra su lozano vivir. La tinta regeneradora de mi cálamo traspasa la escritura y se introduce por sus venas con la fuerza de un motor sobre el corazón de mi hija.
Viene una visita. Dejo de escribir; y veo como su linda cabecita se inclina como margarita reseca. Desde entonces no he parado. Os aseguro que la tinta de mis letras son como el aire que sale de un fuelle y reaviva la llama de su renacer florido.
domingo, 21 de marzo de 2010
Igualdad de género

Sin dejar de quitar su diestra cual faro iluminado sobre las cabezas sudadas y pesarosas de sus feligreses, el obispo con voz agorgolada sermonea desde el púlpito a una muchedumbre incrédula:
En el paraíso todo iba sobre ruedas... hasta que llegó un día en que Adán y Eva a la hora de hacer el amor discutieron por ver quien debía colocarse arriba. Adán quiso imponer su fuerza, Eva su astucia. No se entendieron. Tuvo pues que intervenir Dios. Y cogió Yavé su espada y de un tajo separó sus cuerpos para siempre. Ahora, varones y hembras tenéis toda una vida para ponernos de acuerdo. Y hasta que hombres y mujeres no lleguéis a ser una misma cosa, y machos y hembras, no estemos todos al igual sobre un mismo plano, no entraremos en el reino de los cielos.Su eminencia, al ver la cara de extrañeza e incomprensión de su feligresía, continuó con su encendida prédica, pero ahora, para ser entendido, más en román directo y paladino:
Por encima de los decibelios de vuestros ronquidos, de vuestras bolsas y camadas, de vuestro grupo sanguíneo, de la cilindrada de vuestra puya, del calado de vuestro clítoris, del precio y de la honra, del aceite de vuestras tripas, del poder que nos traiciona, de la equis y la ies, mis queridos hijos, por encima de todo, están vuestras almas (si es que las hubiera) y tanto la del hombre como la de la mujer, todas son del mismo paño, un mismo sastre, el modisto del Génesis, las hizo iguales.
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