domingo, 21 de marzo de 2010

Igualdad de género



Sin dejar de quitar su diestra cual faro iluminado sobre las cabezas sudadas y pesarosas de sus feligreses, el obispo con voz agorgolada sermonea desde el púlpito a una muchedumbre incrédula:
En el paraíso todo iba sobre ruedas... hasta que llegó un día en que Adán y Eva a la hora de hacer el amor discutieron por ver quien debía colocarse arriba. Adán quiso imponer su fuerza, Eva su astucia. No se entendieron. Tuvo pues que intervenir Dios. Y cogió Yavé su espada y de un tajo separó sus cuerpos para siempre. Ahora, varones y hembras tenéis toda una vida para ponernos de acuerdo. Y hasta que hombres y mujeres no lleguéis a ser una misma cosa, y machos y hembras, no estemos todos al igual sobre un mismo plano, no entraremos en el reino de los cielos.
Su eminencia, al ver la cara de extrañeza e incomprensión de su feligresía, continuó con su encendida prédica, pero ahora, para ser entendido, más en román directo y paladino:
Por encima de los decibelios de vuestros ronquidos, de vuestras bolsas y camadas, de vuestro grupo sanguíneo, de la cilindrada de vuestra puya, del calado de vuestro clítoris, del precio y de la honra, del aceite de vuestras tripas, del poder que nos traiciona, de la equis y la ies, mis queridos hijos, por encima de todo, están vuestras almas (si es que las hubiera) y tanto la del hombre como la de la mujer, todas son del mismo paño, un mismo sastre, el modisto del Génesis, las hizo iguales.

jueves, 18 de marzo de 2010

Amnesia de Género


No fue presidenta de ningún ropero parroquial, ni sufraguista. No tuvo ni un simple aval que le permitiera ser admitida en los anales del inquebrantable recuerdo, aunque sólo fuese de forma anónima. Tampoco fue mujer que mereciera llevar cosido al nombre de soltera el apellido insigne de ningún marido. El suyo murió olvidado al otro lado de la frontera en un derribo cuando trabajaba de peón en una obra de siete pisos. Luego ella también moriría en silencio después de sacar adelante sus siete hijos. Menos uno que murió en el bando republicano; y otro tísico, a los dos meses de volver de la guerra.

Esta amnesia de Género en esta mañana indiferente del mes de la Mujer se me escapa a voces cuando una de sus hijas esculpe en cuatro palabras la memoria de su madre que aquí dejo tal como ella me la cuenta, como insignificante y permanente gota de agua capaz de perforar la piedra olvidadiza de la corriente y común historia de la vida de muchas, casi todas, la mujeres de una época:
Recuerdo a mi mi madre siempre hasta muy tarde, en la fábrica, ayudando a mi padre en las faenas de la huerta y trabajando ajeno, sirviendo en casas de señoritos. Como éramos cinco hermanos, nos pedía a los mayores cuidar de los más pequeños. A ella no le quedaba tiempo ni para jugar con nosotros. Siempre iba muy cansada. Nos dió de mamar hasta los tres años. Y además amamantaba también a hijos de madres que no tenían leche. Las comidas eran de olla de los cultivos de nuestra tierra arrendada. Y comíamos todos juntos. Los domingos en familia íbamos a ver a mi abuela que nos hacía tostones y pan casero con pimentón y miel. La recuerdo también siempre cosiendo y zurciendo calcetines y remiendos de pantalones al tiempo que cantaba canciones de zarzuelas. Tuve que empezar a trabajar a los trece años y dejar la escuela porque tenía que ayudar a la casa. Y me obligaba a asistir a una escuela nocturna, ya que ella empezó a servir interna a los diez años y no pudo hacerlo porque tenía siete hermanos y vivían en el campo. Se casó en la guerra por lo civil y vivió en casa de su suegra los primeros años de su matrimonio. Era muy buena vecina y su casa siempre estuvo abierta a todo el que la necesitara. Ya mayor, enferma de cáncer, dijo que no quería morir en los hospitales. Y murió como ella quiso en su casa rodeada de sus seres queridos.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Sangre derramada


Además de ser imprescindible para la vida, la sangre tiene un fuerte valor simbólico. Nada más veo el rojo viscoso de su materialidad derramado, o escucho el timbal de su voz hiriente, me transformo en celebrante de un rito por antonomasia esotérico, trascendente y místico. Y me convierto en guerrero, mártir o héroe a su servicio. O lo que es lo mismo en subyugado y atemorizado acólito de su radiación poderosa.
Sangre de mi sangre. Malasangre. Sangre de mis venas. Sangre caliente. Pactos de sangre. Sangre podrida. Pluma de sangre. Sacrificios de sangre. Quemar la sangre. Baños de sangre. Bodas de sangre. Análisis de sangre.
Y es que si junto la palabra sangre con algún otro vocablo, por insignificante que sea, transformo toda la expresión en su conjunto en un abracadabra, en un hechizo, un conjuro capaz de ganar batallas, congelar el fuego, redimir el mundo, y hasta de una rana creo sacar una estrella.

Hoy precisamente manifestantes tailandeses lanzaron bolsas de plástico con su propia sangre en la misma entrada del complejo presidencial de Bangkok como protesta contra el primer ministro. Religiones y culturas a lo largo de la historia se alimentaron de la sangre, sangre sobre todo virgen e inocente, analfabeta y fanática para aplacar la furia de los dioses, las iras de la naturaleza enloquecida, para lavar supuestas impurezas.

Y hasta el día vestido de vampiro bebe de la yugular del eclipse de la noche para iluminar sus pasos perdidos por un cosmos de aberraciones y despropósitos.

martes, 16 de marzo de 2010

En off



No he visto mirada de animal que no sea triste. Lo supe esta mañana al contemplar tu ceño de punta y entreverado como dos punchas claveteadas sobre la madera de mi cara hinchada por el agua.

Luego, ya tarde, cuando quise saber el por qué de tu amargura, comprendí tu malestar de bestia resentida al no poder echar por la boca los demonios de tu voz enjaulada. Te faltaba el habla.

Comprendí también tu rabia. Atado el silencio al miedo te tenía. No podías gritar ni reír. Estabas conmocionada. Y tus sentimientos sin las alas de un lenguaje que le dieran salida y vuelo te carcomían sin poder salir del nido como mochuelo mojado por una lluvia de alambres que atravesaban tu garganta.

Me contagió el tapiado de tu corazón en off, tus pulmones encharcados de incomprensión, el agarrotamiento de tus palabras, tu impotencia. Tu confusión me confundió. Y en lugar de animarte a salir del hórreo de tu terquedad callada, me hundí yo también en la mudez de tu abismo afásico cual socorrista ahogado por un náufrago sin pie y desarbolado.

Los dos ahora, aquí abajo sumergidos en la laguna de Estigia, esperamos a los submarinistas que nos trasladarán a la morgue para que allí el forense del verbo lúcido certifique la causa de nuestra muerte:
"Murieron sin entenderse. Tercos prefirieron no darse la mano de la palabra para escapar de las furibundas olas de la incomunicación y la insidia"

domingo, 14 de marzo de 2010

Escribir de oído


Hay quien escribe con las nalgas, de boca, con las uñas, con el culo, al dictado, desde la pedantería, en cuclillas, con los ojos, la cartera, orgulloso. Y yo creía que los poemas eran panes amasados en el silencio, horneados al fuego de la emoción callada, la rabia contenida, la alegría acumulada, enmudecida, la contemplación ociosa de la naturaleza, la pérdida de una mujer, el reencuentro de la infancia, desde la soledad sentida.

Por eso cuando ayer te oí decir que escribías de oído, pegado a las gentes, a su rusticidad sencilla, acerqué mi oreja al ciprés que sombrea el atardecer de mi casa. Y quise traspasar el húmedo latido fresco del árbol en esta nota.

El ciprés solitario cubre solidario de tristeza el tejado inhóspito de mi habitación vacía, tu camino abandonado, tu cama yerta, la pluma quieta. Mis palabras, las del árbol digno, son sólo corteza ruda y opaca, incapaces de decir lo que por dentro viví cuando junté mi oído a tu corazón de savia.