
Sin dejar de quitar su diestra cual faro iluminado sobre las cabezas sudadas y pesarosas de sus feligreses, el obispo con voz agorgolada sermonea desde el púlpito a una muchedumbre incrédula:
En el paraíso todo iba sobre ruedas... hasta que llegó un día en que Adán y Eva a la hora de hacer el amor discutieron por ver quien debía colocarse arriba. Adán quiso imponer su fuerza, Eva su astucia. No se entendieron. Tuvo pues que intervenir Dios. Y cogió Yavé su espada y de un tajo separó sus cuerpos para siempre. Ahora, varones y hembras tenéis toda una vida para ponernos de acuerdo. Y hasta que hombres y mujeres no lleguéis a ser una misma cosa, y machos y hembras, no estemos todos al igual sobre un mismo plano, no entraremos en el reino de los cielos.Su eminencia, al ver la cara de extrañeza e incomprensión de su feligresía, continuó con su encendida prédica, pero ahora, para ser entendido, más en román directo y paladino:
Por encima de los decibelios de vuestros ronquidos, de vuestras bolsas y camadas, de vuestro grupo sanguíneo, de la cilindrada de vuestra puya, del calado de vuestro clítoris, del precio y de la honra, del aceite de vuestras tripas, del poder que nos traiciona, de la equis y la ies, mis queridos hijos, por encima de todo, están vuestras almas (si es que las hubiera) y tanto la del hombre como la de la mujer, todas son del mismo paño, un mismo sastre, el modisto del Génesis, las hizo iguales.



