domingo, 14 de marzo de 2010

Escribir de oído


Hay quien escribe con las nalgas, de boca, con las uñas, con el culo, al dictado, desde la pedantería, en cuclillas, con los ojos, la cartera, orgulloso. Y yo creía que los poemas eran panes amasados en el silencio, horneados al fuego de la emoción callada, la rabia contenida, la alegría acumulada, enmudecida, la contemplación ociosa de la naturaleza, la pérdida de una mujer, el reencuentro de la infancia, desde la soledad sentida.

Por eso cuando ayer te oí decir que escribías de oído, pegado a las gentes, a su rusticidad sencilla, acerqué mi oreja al ciprés que sombrea el atardecer de mi casa. Y quise traspasar el húmedo latido fresco del árbol en esta nota.

El ciprés solitario cubre solidario de tristeza el tejado inhóspito de mi habitación vacía, tu camino abandonado, tu cama yerta, la pluma quieta. Mis palabras, las del árbol digno, son sólo corteza ruda y opaca, incapaces de decir lo que por dentro viví cuando junté mi oído a tu corazón de savia.

jueves, 11 de marzo de 2010

Ridi pagliaccio


El visitante de la exposición le preguntó al pintor si el payaso reía o lloraba. El artista adulado esquivó la respuesta. Quería el autor seguir alimentando la idea de que dicha y pena juntas son como dos gotas de rocío que ignoran si están tristes o contentas.

Hay quienes se despiertan de malhumor, con retorcijones de barriga, ofuscados y con carrasperas. A mi en cambio si entre los escombros del día me dieran a escoger el momento más fresco, el mejor, sin duda me quedaría con el albor de la mañana. Recién levantado me siento como un niño con su juguete recién estrenado.

Nada más rayar el alba el tiempo se para, hasta el silencio se calla, y la naturaleza me muestra generosa su seno de leche tierna. Y muerdo con ganas el brillo amanecido de una manzana que me tienta desnuda con su nuevo sabor a paraíso.

De ahí mi sorpresa esta madrugada cuando veo caer de mis ojos dos lágrimas sin motivo. No soy yo quien llora, es mi cuerpo ajeno a mis sentimientos el que lo hace por su cuenta. Con el pulgar y el corazón abiertos limpio su llanto y noto en mis dedos un quemazón tierno y húmedo. El cuerpo entonces agradecido por mi compasión obligada me dice avergonzado:
Esta mañana como una máquina sin fuel-oil, purgo mis conductos con la sangría de este dolor necesario que me haga sentir la confusión madura entre la dicha y la pena, las dos unidas.

martes, 9 de marzo de 2010

Maldición Bloguera



Blogueros, fabuladores, tramoyistas y demás ralea de la palabra encorsetada, del escribir efímero, del leer digitalizado, oídme bien vosotros drogatas pixelizados que apestáis a dendritas de megabites fosilizados.

Os habla la Maldición Bloguera:

Se acerca el día de vuestro final. Muy pronto el rayo justiciero caerá inflexible sobre vosotros y vuestra sufrida silla, vuestros ebox de bolsillo cual cortocircuito epiléptico, epigrama encendido de rampazos computarizados. En vuestro portal se orinarán los perros. Muy pronto las raposas horadarán las pestañas de vuestros ordenadores. Todo será reducido a cenizas. Los dedos de vuestras entradas y enlaces serán cortados de cuajo. Vuestros registros, comentarios y ventanas serán marcados por el ángel exterminador. Vosotros, piratas de la naturaleza, habéis saqueado la imaginación. Os limitáis cual monos titiriteros a copiar y pegar frases hechas, rizar el rizo, fotocopiáis hasta el canon. ¡Sois vosotros mismos una fotocopiadora en persona! Ni el más potente de vuestros cortafuegos podrá apagar el incendio de vuestras pantallas.

Porque no hay nada bajo el sol que vosotros no hayáis suplantado, ennegrecido. Gato por liebre dais de comer al mundo. Vosotros, los fabricantes de imágenes adulteradas, los que convertís en boñiga de vaca la ambrosía más natural y sagrada. Donde hay oros colocáis reyes, borbones donde doblones, donde hay paz ponéis bastos. Multiplicáis panes amargos para alimentar la idiotez de una muchedumbre sedienta de analfabetismo y consumo. Dais fe de que los burros vuelan. Magos publicitarios, prestidigitadores del verbo, encubridores y malabaristas del lenguaje cibernético, sacáis de vuestras teclas conejos abortivos, palomas con buche de gavilán, lobos con piel de oveja, toda una selva entera de animales clonizados por la ingeniería genética de vuestras malas artes y programas, de vuestras correos circulares, infinitos, de vuestras endiabladas ofrendas, oraciones al teísmo artificioso, el becerro de nuestros tiempos, la lengua adulterada, la repetición impersonal.

Vuestras letras, cromosomas ilegibles, forman la cadena de una humanidad vendida al diablo de la virtualidad, a los impostores de la historia. Vuestros poemas ocultan los hechos, vuestras reflexiones tuercen el sentido, vuestras narraciones son espejos retorcidos de mentiras convincentes, vuestras entradas no resisten la lógica del corazón, ni el corazón de la lógica. Seréis engullidos por el sumidero de las cloacas al vacío ciberespacial porque ensordecéis la música, plagiáis la puesta del sol, suplantáis el amanecer con vuestros emails satinados, reenviados y precocinados.

Por vuestra culpa ya no huelen las flores, el agua no ríe en el arroyo, ni dibujan sueños las estrellas en su original encerado de la Vía Láctea. No canta la alondra en las noches de luna llena. Sólo se oye el morse negro de vuestro repiquetear atrincherado y distante. Hortelanos de salones de plástico habéis secuestrado la creación. Enjaulado tenéis el ciprés en vuestra raquítica pluma; el valle de lirios, acorralado en una pantalla de plasma sintético. El tufo de unas pilas requemadas, condensadores marchitos del espectro solar ahogaron el olor a hierbabuena, la brisa del mar, el beso, el aire. Avariciosos coleccionistas de mariposas disecadas habéis reducido a garabatos los colores del atardecer.

Hasta a la misma Maldición Bloguera habéis contaminado con el rococó de vuestro hipérbaton artificioso, prefabricado y contrahecho. Prueba de ello: esta diatriba carente de rigor y compulsiva de la que me avergüenzo.

¡Anatemas seáis!

lunes, 8 de marzo de 2010

Patafísica



"El disparate no me libra del monotematismo de vulgaridades lleno. Al contrario, tras el ocaso original del vacío burgués, personalista, esperpéntico y desocupado al que me lanzo entusiasmado, mi caída es mayor. Y al igual que otro Fernando Arrabal en un plató de televisión, a cuatro patas me veo tras una borrachera de extravagancias dalinianas. Recurrir a la estridencia y provocación como alma en el arte, como si nada de lo normal pareciera interesante, es una majadería como una catedral".
Diario apócrifo


Llego de la Argentina después un curso de Patafísica. Y a tono e ilusionado con las enseñanzas allí aprendidas me pongo como buen neófito a practicar literatura surrealista, vanguardera y escandalosa. Y me aplico en pensar cosas que nadie pensaría según el consejo de Boris Vian. Y de nuevo aquí rehallado en el folio en blanco del escritorio de caoba enmudecido, me devano el cerebro en busca de excepciones originales, incongruencias que animen al personal y sublimen mi aburrimiento otra vez retomado y descubierto nada más entrar de nuevo en casa. Y me acuerdo del perro. Hace tiempo decidí no sacarlo a la calle. Desde entonces lo tengo en el patio. Tanto era el trabajo que costaba recogerlo cuando por las tardes lo llevaba a dar una vuelta por los jardines aledaños, (el animal tozudo se negaba a regresar a la mediocridad de su habitáculo enclaustrado) que decidí dejarlo para siempre al cuidado de los duendes en el parterre del edificio.

Tres meses en el Longevo Instituto de Altos Estudios Patafísicos no han bastado para extirpar los genes adquiridos y viciados de mis hábitos de antes entre autistas, mecanicistas y ordinarios. Es cierto que allí en el barrio de Miraflores de tus Buenos Aires querido me olvidé de mi, de ti, del polvo del aparador, de mis pestes íntimas, de las telarañas de las calles por donde transito a diario, del ocre mugriento de las paredes solitarias, de mis tediosas miradas, de los atardeceres de siempre, de tu sonrisa encajada, del papel mojado de tus escritos agónicos.

Nada más abrir la puerta del ascensor hacia la letra eme de mi apartamento, un tufo a Blao me detiene en seco. Debe ser la fina trivialidad del lapsus a decir de un Lacan recuperado. Hago un esfuerzo, y al ver a mi perro contento tras mi larga ausencia encaramado a la valla del jardín, me reanimo contagiado por el entusiasmo de su rabo en movimiento giratorio. Entro en el piso, mis narices detectan el antiguo olor a rancio de mis arcanas ideas archisabidas, mi sudor colgado en el armario, el vestigio apagado de un dormitorio adosado a un patio de luces oscuro, el gris amarillo de mi otoño retornado en el sucio fregador de la cocina, el suelo pegajoso de unos pies vaporosos y atestados de infusiones de manzanilla con miel por un cuarto de baño ahumado..., y las hojas secas de mis geranios sin agua que huelen a mis entrañas.

Y me digo:
Sólo soy feliz fuera de mi, separado de mi hediondez personal.
Cojo el ambientador patafísico y perfumo la casa de arriba abajo. Pero como no puedo eliminar del todo mi olor ensobacado por todos los rincones del apartamento, me pongo de nuevo en venta para salir de mi personal letargo y abulia a cambio de unas nuevas clases sobre la Transgresión, la Enajenación y el Absurdo, pero esta vez allá en la Siberia donde los hielos conviertan en témpano mi pituitaria.

domingo, 7 de marzo de 2010

La emecuarenta



Acostumbro a deambular entre las hierbas rastreadoras del cerriche que se agarra entre las piedras quietas del ribazo. Me adormece la serena mirada del mandarino frente a los arcos del porche y la madreselva. La elegancia acompasada del respirar pautado de la acequia entretienen mi sostenido encanto diario. Y hasta las lagartijas no se asustan de mi sombra verde sentada debajo de una parra de Corinto.

Y de pronto me veo sumergido en el marasmo de un mapa infinito de carreteras donde todo salta ajetreado por el bullicio: el ir y venir sin cuento de una manada de grillos. Es como si me picara una avispa en un párpado en medio de una suculenta siesta.

¡Adiós placentera modorra, adiós sueños cantarines de agua, adiós brillo apaciguado del baladre blanco! Todo se va al traste. Como cuando el escribir es estornudar: se te mete no sabes que cosa en la nariz y has de escupirla porque si se quedara dentro te destrozaría como una bomba de racimo con su metralla sin fuste de letras.

Aunque en este caso yo bien sé lo que se coló cual elefante rabioso en la cacharrería de mi sosegado intelecto. He de sacarlo fuera en esta entrada bloguera antes de que su explosión reviente las vísceras de mi vivir relajado. Y a eso vengo:

Iba yo desde la Avenida del Mediterráneo hacia Barajas a recoger a un amigo procedente de Frankfurt. Con la ayuda de Geogle Mapss me había aprendido antes el trayecto con todas sus variantes, bifurcaciones, salidas, entradas e incorporaciones cual opositor a una plaza de ayudante de autopistas y caminos. Y en un despiste decimal a la altura de no sé donde, en vez de girar a la derecha por la A2, continué en la M40 dando la vuelta entera a Madrid desde el este hasta el oeste pasando por todos los puntos cardinales del globo interminable de la ciudad del oso circulatorio para llegar con más de dos horas de retraso al punto e. Lo de menos fue el error , al que, nunca mejor dicho, de paso siempre estaré agradecido de no bajar la guardia en cuestiones de tráfico. Lo más importante y trascendente fue el subidón, el fragor que viví como náufrago en un mar de coches entre túneles y señalizaciones, atascos a cuatro banda, abducciones, adelantamientos, pitadas a todo trapo, airados deslumbramientos de faros, quiebres de moteros arriesgados con sus arrimados pases a dos palmos de mis cuernos afilados.

¡Cuántos años de adelanto y progreso enmudecido para llegar a tanto sobresalto y retraso! El tufo del carburante, la niebla de los acelerones, mi nerviosismo, la ansiedad, las prisas, los nervios acumulados de los conductores frenéticos como salidos de un corral, encerrados a cal y canto, formaban un conglomerado opaco que me nublaron la vista.

Todo un éxtasis viario. La inercia de tanta locura en marcha a más de ciento y la madre me sumió en divino trance. Y cual el místico de Fontiveros "entreme donde no supe con su saber no sabiendo" y llegué sano y salvo al aeropuerto. Pero para entonces mi amigo de Frankfurt cansado de esperar, se había esfumado... y todavía sigo buscándolo.