miércoles, 10 de febrero de 2010

Venus bruta



Y cuando le dije usted ya no es mi dueña sino una vela de sebo a cuatro patas tras una sábana roida de violeta me miró como una gata a una raspa de boquerón antes de engullirla.

Era una burguesita que presumía de Fafka, de sus faroles de papel raro, de sus cortinas de dragones bordadas; pero el rosa era su preferido. Y para aclararle lo que pensaba de ella, y para encenderla aún más, rugí como gruñe la tormenta con su aguacero irrevocable, no porque fuera cierta mi acusación, que lo era, sino por el modo con que salió de mi implacable y destemplada boca:
¡Dígame lo que odia y le diré de quien anda enamorada, mentirosa!
Para ella todas las nubes eran azules, transparentes, con forma de corazón y ensaimadas de nata, y le sonreían hasta los nubarrones a cualquier hora como sonríe monalisa o un maniquí de escaparate lo mires de donde lo mires, imperturbable y distante. Según ella todas las casas tenían calefacción y una pastilla de chocolate en la nevera. Ella no sabía que al sol se le había olvidado salir esa mañana.

¡Qué iba saber ella de astronomía ni de lunas de sangre si era una pija reprimida! Y aunque en la repisa dorada de la chimenea del salón tenía una escultura del mismísimo Barceló, a ella en el fondo le hubiera gustado poner a la Barbie vestida de Caperucita.

No se me hubiese ocurrido contestarle de aquella mala manera a mi señora de no haberla pillado con el pescado de mi marido, los dos liados en la leñera.

lunes, 8 de febrero de 2010

Gilipollas o majareta



Toco, mejor palpo detenido con el índice y el pulgar de mi mano derecha los párpados, de arriba a bajo, como el rocío que se desliza y limpia las hojas del limonero cargado de legañas sin conseguirlo. Quiero asegurarme de que estos ojos que froto son mios, y que soy el que está frente a los cristales de la ventana empañada a la espera de que la agónica noche dé a luz el alba.

Hasta tres veces he dudado de mi mismo. No sabía donde estaba, ni cual era mi posición, si de pie o sentado, si en el salón o en la cocina. Me detengo, no mi cuerpo, pues estoy quieto como el suelo, y miro alrededor para resituarme y distinguirme de la mesa, la maceta, o de la alfombra. Entre tanta confusión y angustia tres veces me olvido de mí mismo y no sé quien soy, y me confundo como aquel otro que renegó de su propia identidad para engañar a la muerte, al juez o al fisco.

Hubo un tiempo anterior al nuestro en que tan necesitados andábamos en cubrir nuestra mínima existencia que no estábamos para intimidades filosóficas. Lo que no quiere decir que antes fuésemos más i-religiosos, excéntricos y despreocupados de nuestra más elemental esencia.

Y pienso que me estoy convirtiendo en un imbécil poeta o en un perdido majareta, cacofonía incluida. Podría haber dicho mejor "gilipollas" para silenciar estridencias. Pero paso de concordancias y estilo en esta madrugada que lo más me preocupa es que perdí las bridas de mi conciencia. Y al momento amanece y sale el sol y pienso que las amapolas de Van Gogh no se saben ni se sienten distintas del jarrón que las alberga.

domingo, 7 de febrero de 2010

Apatía



Tono trabaja como envasador de latas de berberechos en una fábrica de salazones muy cerca de donde vive, a quinientos metros de la Lonja de un puerto con un faro con su cara de luna llena en la que cabe cualquier gato por muy negro que sea.

Antes no necesitaba ir al sicólogo para salir de aquel bache. Tampoco le daba el sueldo para menesteres tan relamidos. El bien sabía qué hacer.

Esta vez la cosa va en serio:
"Mi vida es una ruina"
Tono lleva más de tres semanas sin tocar la guitarra.

Cuando las cosas iban mal, se abrazaba al mástil de la guitarra, y al momento salía a flote. Se abstraía en sus canciones, y los problemas se diluían al ritmo de bordones y escalas. Las notas sublimaban su decaimiento, y sus composiciones convertían la desesperación en melodía.

Pero hoy es distinto.

Al llegar a casa todo estaba patas arriba. Y lo mismo que el escritor que lleva días sin dar un palo al agua, Tono no encuentra como escapar ahora de su mal rollo. Le robaron la guitarra, como al escritor su apatía y la increencia le han quitado la palabra.


* Foto-Cabopá

martes, 2 de febrero de 2010

Ojos verdes


La derrota más dura es el silencio inferido. Una boca callada puede arrojar contra el otro la humillación más cruel.

El que dos personas que se odian, no se hablen, no desentona ni sorprende. El escándalo es no hablar a quien amamos a muerte, negarle un hola, un te quiero, decirle que mala cara tienes, o no darle los buenos días.

En este mundo sonoro a manta el silencio es una injuria, una injusticia; y las palabras: el día. La noche de las mentiras, y el día de las verdades.

La madre le dice al hijo un instante después de muerta:
"¡Contigo ya no me hablo!"
Y el hijo, desde niño acostumbrado a escuchar nanas y melodías de sus labios calmos, se ve huérfano como un árbol sin raíces al que le han cortado la guía. Y no siente que la madre se quedó muda para siempre, sino también sorda. Y es que el hijo ya no tiene a quien contarle que su mujer tuvo una niña con los ojos verdes de su abuela.

lunes, 1 de febrero de 2010

Desilusión


Tras la ilusión: el desencanto. Y tras el desencanto: la cordura.
"Ya no eres el hombre de quien que me enamoré un día."
Y a la mujer se le derrumba la torre de marfil que construyó llevada de su caliente imaginación una tarde y cinco años. Y los cascotes de su torre sublimada le caen de pronto sobre la cabeza destrozada como metralla en plena batalla y armisticio obligado de su equivoco y derrota.

Pero yo no quiero solidarizarme con esta mujer, hoy desilusionada, que se enamoró como una tonta hace un tiempo, sino con el hombre que al sentirse destronado del sitial donde la mujer lo subió cuando se prendó de su coraje y belleza, de su ternura y hombría, está hundido y acabado en su propio desencanto. El hombre siente asco de si mismo, se repudia, y no siente tanto ser injuriado por la mujer, sino que está hundido porque ella le hizo creer en su orgullo, seguridad y valía; y ahora se siente como moneda sin curso y destrozado. En este hombre a mi mismo me veo, y siento pena por él, y me duele su pena y su humillación tanto como si fuera yo mismo el repudiado.

Y el hombre sólo atina a decirle a la mujer que lo encumbró cuando vio su cuerpo desnudo y vigoroso en otro tiempo:
"Yo sigo siendo el mismo hombre acertado en ocasiones, y errado en otras. Eres tú la que has cambiado."
La mujer no contesta; pero piensa que ella se ilusionó más de la cuenta y se formó del hombre una idea errónea que alimentó su amor, convivencia y conveniencia durante casi el lustro que duró su relación.

Y el hombre se debate ahora eternamente. Y no sabe si vivió engañado cuando amaba y era amado, o tal vez a partir de este momento empiece a vivir en lo cierto.