martes, 26 de enero de 2010

Besos póstumos



«Verbis meis addere nihil audebant et super illos stillabat eloquium meum».

Epitafio de la tumba de Oscar Wilde.


Desde el Cid y Cervantes hasta Mikel Yakson pasando por Jim Morrison las batallas se ganan después de muerto. Nunca bebió más ginebra Allan Poe que en la barra de su sepultura. Sus admiradores y los fantasmas se encargan del suministro. Lo mismo ocurre en el mausoleo de Oscar Wilde: a rebosar está la tumba de carmines de besos. Los milagros tras la muerte del dublinés proliferaron en citas. La citomanía es un culto entre pedante y culto que se alimenta de las cenizas del pasado. Basta encabezar un escrito como éste con una emblemática frase de un paciente patriarca ya fenecido, y por tanto glorioso, para que las asaduras del lector se queden pegadas en la viscosidad del incipit.

Y hablando del victoriano artista y de sus lapidarios besos, yo conocí a un escritor frustrado que andaba de concurso en concurso por los ateneos del mundo sin conseguir premio ni consolación algunos. Un lunes aciago lo sorprendí a media tarde casi ahorcado de un hilo de tinta de su pluma mocha y tocado del ala. Después de reanimarlo como pude, le aconsejé que un viaje le iría bien para salir de aquel agujero:
"París, por ejemplo. Y de paso visitas el mausoleo de Wilde."
Y así lo hizo. Al segundo día de estar en la ciudad cogió el metro, la linea 2 que va al cementerio del Père-Lachaise. Al verse en medio de un delicioso jardín rodeado de pintores, escultores y artistas, su sorpresa fue enorme. Más que un camposanto aquello le pareció el mismísimo Parnaso, la morada de las Musas.

Y ya tenemos a mi amigo delante de la sofisticada tumba del más dandi de los escritores, toda ella a rebosar de aquellos tan suculentos besos que en vida fueron su prisión y de profundis con sabor al más amargo de los gólgotas. Con disimulo coge tres de ellos sin que nadie se dé cuenta ("hay tantos que el difunto no los echará de menos"), y se los guarda envueltos en un pañuelo en el bolsillo interior de la chaqueta donde acostumbra a llevar la pluma de su mala suerte, junto a su corazón debilitado de inspiración y tinta.

Luego ya de regreso a casa, y a solas, el aspirante a escritor sacará los ósculos erectos con mucha unción, como reliquia de santo. Y frente al retrato de Dorian cargará su estilográfica con el carmín y el sabor de aquellos besos que le robó a un muerto en la rue du Repos de un parque al oeste de París. Y allí mismo en su buhardilla se puso a escribir como un loco de un tirón el mejor manuscrito de su vida.

Y lo que a partir de entonces le ocurrió a mi amigo, es fácil de suponer: murió muy pronto, abandonado, no reconocido y pobre, sin publicar nada, ni siquiera una receta de cocina; pero sus herederos hoy disfrutan de una herencia de millones por los derechos de su novela "Los besos póstumos".

domingo, 24 de enero de 2010

Guerra de cuarta generación


Hoy quisiera convertir en cuento una hipótesis que me ha puesto la carne de gallina nada más pensar que fuese cierta.

Se trata del artículo de Manuel Freytas, investigador y analista de estructuras del poder.
Guerra climática: ¿Fue manipulado científicamente el terremoto de Haití?
Este periodista en este enlace de IAR Noticias deja entrever la posibilidad de que el terreomto de Haiti fuera una manipulación científica llevada a cabo por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.

Mis respetos a toda investigación de cualquier signo que se afana por la verdad. Que yo no quiero con lo que está cayendo echar más leña al fuego. Pero me pregunto si en el fondo esta teoría lo que quiere es exonerar a Dios o la Tierra de su responsabilidad en lo ocurrido. O a nosotros mismos: liberarnos de nuestra compasión obligada como congéneres de la misma especie.

Todos llevamos un policía dentro, una moral persecutoria cuya obsesión es inculpar al otro de los males que azotan al mundo. Catalogar lo sucedido en Haiti como genocidio humano sería canonizar el aserto de Plauto: homo homini lupus. Y tema muy concurrido para escribir una novela de ciencia ficción.

sábado, 23 de enero de 2010

A teja vana


¿Os acordáis del perturbado aquel, condenado a recordar todos los días su hazaña de humo si no quería ser hombre muerto? El hombre como el gato, como el árbol, como el ciprés y el lagarto, si no piensa en el ratón, en su fruto, en el azul, o en atrapar un mosquito, más le vale no haber nacido. Una noria en el desierto. Su vida será el mayor aburrimiento: se le escaparán los días sin sueldo ni beneficio en el salón con goteras de un sofá cansado de aguantar las posaderas de su frustración sistemática.

Y lo que en un principio pudo ser una locura, fue la razón de su existencia. De hecho el hombre murió cuando se acabó el hechizo.
"... ella dejó muriendo, de ser bella,
y él, aunque queda en mármoles escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños"

(Don Quijote de la Mancha I. c.LII)
El hombre tenía por alma dos ojos encendidos de ilusión, los pies desnudos y delante un camino de virtualidades comprimidas en los pixeles de una señora a la que nunca había visto.

Y andaba y andaba este hombre por los mares de plasma de su ordenador encantado, y descalzo. Cada pisada que daba volvía la vista atrás. Se agachaba. Y las huellas del camino las guardaba como si fueran estrellas en el bolsillo mugriento de su guerrera. Había oído decir a un amigo que vivir era olvidar Y no quería este hombre que sus pasos los borrara la historia desmemoriada. Y pensar constantemente en la quimera de su señora era lo que le mantenía vivo.

No fue posible. Llegó el dia en que el hombre murió justo la noche de la verdad, confundido entre el poema de su deseo enarbolado y la prosa rutinaria de su triste destino. Y al ver a su Dulcinea de carne y hueso con su rostro amondongado fuera del monitor abrir la puerta de su habitación de tejavana real, el hombre dio el último de sus suspiros. La dura realidad, y asesina del sueño.

jueves, 21 de enero de 2010

Nubes de plástico


Y vuelvo como la burra al trigo, mejor a las nubes de plástico que el otro día cubrieron mis ojos de sombras por esos campos de Almería y sus viveros de tomates. Y me acuerdo de Unamuno y de su Niebla que fue su desazón y hoy es mi angustia de saber y no querer que se acabe el cuento de esta jodida vida y a la vez dichosa.

Conocí anoche a una escritora que con el corazón en la mano contaba como los personajes de sus novelas la despiertan a media noche, cuando las flores se abren, el silencio se oye y los amantes se quieren. No la dejan quieta. Se le rebelan y se amotinan en pesadillas como el Augusto Pérez, el protagonista de Niebla que se enfrentó al catedrático porque su agonista quería seguir vivo. El autor amargado no da su brazo a torcer y decide matarlo unas páginas después.

Al contrario que Unamuno, predecesor del existencialismo, Rosa Cáceres, que así se llama la autora de El Emboscado vestida de rojo, ilusión y canto se deja llevar confiada de sus "criaturas". Y en lugar de soñar ella sus historias, se deja más bien soñar por sus personajes. Y son ellos los que hablan. Ella sólo es su médium. Y si no oigan a Olivier cuando al final de la novela confiesa:
"Mi vida ha transcurrido en medio del secreto, o mejor diría que el secreto ha gobernado los días de mi vida..."

miércoles, 20 de enero de 2010

Temporal de las aguas


El sentimiento tiene el poder o la debilidad de extenderse. Se contagia como la risa. Pero su risa era una mueca, la mueca de la muerte congelada en sus ojos de sangre.

No hay corazón atrincherado, barricadas de algodón e indiferencia que resistan el temblor de unos labios frente al abismo gravitatorio del mar. Inercia e inerte no deben ser hermanos, porque cuando lo vi desnudo en la playa me sentí atraído por el vapor de su sal. Me quedé en cueros. Tiré lejos las ropas de la vergüenza. Perlas de miel, las gotas de agua que colgaban del lóbulo del acantilado que delimitaba la bahía de su cuerpo destrozado frente a la espuma hirviente de mi deseo, manzana mordida por una boca de olas irrefrenable y hambrienta. Y en su beso yo bebí su amargura. Y me sentí triste como el gruñido del agua. Quise consolar su llanto. Y yo hablaba y hablaba. Ante la tragedia ajena nunca sé lo que decir.
"¿Cuándo dejarás de hablar? ¡No ves que las palabras son petroleo para mi herida!"
Me callé. Cesaron los besos. Deslicé mis dedos por las raíces blancas de sus cabellos tristes y su pena me atrapó en remolino como una serpiente a su presa. Y fue entonces cuando dentro del mar de su acongojada garganta vi su rabia ensangrentada por no haber podido salvar a su hijo del temporal de las aguas.