jueves, 21 de enero de 2010

Nubes de plástico


Y vuelvo como la burra al trigo, mejor a las nubes de plástico que el otro día cubrieron mis ojos de sombras por esos campos de Almería y sus viveros de tomates. Y me acuerdo de Unamuno y de su Niebla que fue su desazón y hoy es mi angustia de saber y no querer que se acabe el cuento de esta jodida vida y a la vez dichosa.

Conocí anoche a una escritora que con el corazón en la mano contaba como los personajes de sus novelas la despiertan a media noche, cuando las flores se abren, el silencio se oye y los amantes se quieren. No la dejan quieta. Se le rebelan y se amotinan en pesadillas como el Augusto Pérez, el protagonista de Niebla que se enfrentó al catedrático porque su agonista quería seguir vivo. El autor amargado no da su brazo a torcer y decide matarlo unas páginas después.

Al contrario que Unamuno, predecesor del existencialismo, Rosa Cáceres, que así se llama la autora de El Emboscado vestida de rojo, ilusión y canto se deja llevar confiada de sus "criaturas". Y en lugar de soñar ella sus historias, se deja más bien soñar por sus personajes. Y son ellos los que hablan. Ella sólo es su médium. Y si no oigan a Olivier cuando al final de la novela confiesa:
"Mi vida ha transcurrido en medio del secreto, o mejor diría que el secreto ha gobernado los días de mi vida..."

miércoles, 20 de enero de 2010

Temporal de las aguas


El sentimiento tiene el poder o la debilidad de extenderse. Se contagia como la risa. Pero su risa era una mueca, la mueca de la muerte congelada en sus ojos de sangre.

No hay corazón atrincherado, barricadas de algodón e indiferencia que resistan el temblor de unos labios frente al abismo gravitatorio del mar. Inercia e inerte no deben ser hermanos, porque cuando lo vi desnudo en la playa me sentí atraído por el vapor de su sal. Me quedé en cueros. Tiré lejos las ropas de la vergüenza. Perlas de miel, las gotas de agua que colgaban del lóbulo del acantilado que delimitaba la bahía de su cuerpo destrozado frente a la espuma hirviente de mi deseo, manzana mordida por una boca de olas irrefrenable y hambrienta. Y en su beso yo bebí su amargura. Y me sentí triste como el gruñido del agua. Quise consolar su llanto. Y yo hablaba y hablaba. Ante la tragedia ajena nunca sé lo que decir.
"¿Cuándo dejarás de hablar? ¡No ves que las palabras son petroleo para mi herida!"
Me callé. Cesaron los besos. Deslicé mis dedos por las raíces blancas de sus cabellos tristes y su pena me atrapó en remolino como una serpiente a su presa. Y fue entonces cuando dentro del mar de su acongojada garganta vi su rabia ensangrentada por no haber podido salvar a su hijo del temporal de las aguas.

martes, 19 de enero de 2010

Nijar



Como aquel niño que en la playa quería verter toda el agua del mar en un pocito de arena, así esta mañana me pongo a escribir y quiero meter en mis palabras todo lo que mis ojos alcanzan. Abro la ventana quemada de mis pulmones sedientos, y allá bajo en el valle veo una nube gigante, blanca, solemne, que con su manto de plata cubre lo que no veo, y me imagino como una vega sembrada de estrellas verdes con sus azules arterias, azarbes de labores y huertos. Me detengo para ver si poco a poco se diluye la vasta aura que corona el vedado panorama que se me resiste tardo y tenaz desde esta bonita azotea, el cortijo de la alberca, una casa rural a las afueras de un viejo pueblo antes de llegar a Almería.

Parece que el sol hoy se levantó perezoso y sin fuerza; porque por mucho que espero que la niebla se disuelva y me muestre el misterio que con tanto celo y pudor resguarda, y repito espero, ¡no hay manera! Cada vez con más intensidad la tupida patina, espuma de blancura compacta y ciega se hace más densa hasta el punto que como espejo refulgente me encandila.

El dueño de la casa rural me da los buenos días. Yo le comento mi extrañeza: la terquedad de unas nubes que como el cristal opaco impide ver la frondosidad del parque natural de Nijar allá en la feraz llanura. El hombre dice:
"Eso que usted llama aura de nieves plúmbeas no son sino los tejados de plásticos de los viveros de tomates que se extienden por estas tierras, antes pobres y yermas."
Y al instante el hombre al ver mi cara de extrañeza y desencanto, me consuela:
"Y gracias a esos telones sintéticos y artificiales este pueblo sueña, espera y vive".

sábado, 16 de enero de 2010

La maestra caracol



Yo no sé que le recomía a Alejandro Dumas cuando dijo que el placer de los dioses es la venganza. Es cierto que el poder es vengativo y no admite que nadie se monte en su chepa, que nadie le moje la oreja. No quiere perder el poderoso las mansiones de cristal de su Olimpo discente, quebradizo y prepotente. Pero en esta mañana yo me acuerdo del dramaturgo francés para decir lo contrario: el poder de los dioses es la bondad, la magia de la escritura.

Y hablando de dioses veo a una niña repantigada en el suelo. Se ha olvidado del colegio, de su madre y la muñeca. Tendida boca abajo sobre la hierba del jardín contempla la niña el garabato de plata de un caracol azulado. La niña lleva apostada frente al molusco escribano un buen rato, toda una eternidad. ¡Que a su edad los ojos no tienen horas, ni prisas la imaginación creadora!

El rastro que el caracol dibuja en el suelo, es para la pequeña la cosa misma que el chupalandero pinta. Un simple trazo: el papá. Una raya: la mamá. El redondel es un sol.

Con cara seria como el rayo la tutora busca a la niña perdida por todos los rincones del colegio. Y la letra que ahora escribe el caracol azulado es la maestra, grafía presente y resurgida sobre la hierba fresca. No sabe la señorita que el caracol le está enseñando a la niña la escritura de los dioses, las huellas de su andadura.

jueves, 14 de enero de 2010

Simplemente Leo




"Todo es veneno y nada es veneno, la dosis sola hace el veneno"
(Paracelso)


Fui Leo hasta antes de morir. Y ahora que estoy muerto me llaman Leopoldo Sabido. Así lo hace ahora el matrimonio que ha venido a visitar a su hijo, mi vecino de nicho, un joven de veintinueve años al que encontraron perdido y congelado este invierno pasado en Sierra Nevada:
"¡Mira, ¿no es ese Leopoldo Sabido, el oficinista de Estructuras del Poniente, aquel que murió envenenado?"
Somos lo que los demás recuerdan de nosotros. Fui un tío legal por los cuatro costados, cariñoso con los niños, respetuoso con los viejos, fiel a la mujer, tierno con mis hijos; en cambio para el resto del mundo siempre seré un intoxicado. Un caso parecido al de aquel ladrón de gallinas, un tipo cabal y con la dignidad por bandera; sin embargo todo el mundo lo conoció como otra cosa: un criminal escapado y ajusticiado con el garrote vil.

Pero en lugar de contaros yo en persona lo que pasó con mi muerte, y para que parezca cierto, que lo haga Adrián el kiosquero. Así que os dejo con la confesión que ante el juez hizo este vendedor de chucherías:
"Camino de su trabajo sin fallar un sólo día Leopoldo Sabido un cuarto de hora antes de las ocho de la mañana compraba el periódico en mi kiosco de la puerta del teatro, dos manzanas más allá de donde el infortunado vivía con su mujer y los hijos. Durante veinte años seguidos, casi ocho mil periódicos al cuerpo fueron suficientes. Y de esta relación diaria entre Leopoldo, el contable de la fábrica de Estructuras, y un servidor, Adrián el del kiosco, surgió lo que acabó con su vida.

Para Leopoldo, según el mismo me contaba, el momento cumbre del día eran los veinte minutos del desayuno. Sentado en el bar, frente a un café con leche, desplegaba el periódico y se entregaba abstraído en la lectura de La Verdad, su diario favorito, en medio de aquel alboroto que a esa hora de la mañana llenaba el local de trabajadores. Leopoldo no era forofo de ningún equipo de fútbol, tampoco, seguidor de avatares políticos, ni curioso de cotilleos. Y si leía el periódico lo haría por no ser raro ante los demás, y poder decir algo cuando en las conversaciones entre los compañeros salían temas como que si Kaká había llegado virgen al matrimonio o si la Pantoja tenía un nuevo amante. Si no le importaban las trifulcas del gobierno y la oposición, si no miraba siquiera el número de los ciegos, ni se enteraba de editoriales, ni carteleras de cine, corrientes de opinión, ni consultaba el horóscopo ¿qué es lo buscaba con tanta insistencia Leopoldo entre unos papeles a los que se agarraba como diabético a un bolígrafo de insulina? Y como el cántaro malhumorado que vuelve de la fuente, seco tenía Leopoldo la cara. A el sólo le importaba leer, sin interesarle nada lo que leía.

Las venas que transportan la sangre de nuestro cuerpo no saben de hemoglobinas, tampoco las palabras escritas dejaban en la mente de Leo emoción o significación alguna. Y a mí me daba mucha rabia que Leopoldo Sabido comprara el periódico de manera tan desagradecida, me indignaba no saber lo que este hombre esperaba encontrar más allá de titulares y columnas. Todas las mañanas se quejaba de lo mismo: "¡no sé para que leo la prensa si nunca encuentro lo que espero!" Leopoldo tampoco sabía que, como la mujer que se libra poco a poco de su marido a base de raticidas, la prensa escrita a veces lleva en su tinta un veneno que ataca a la vista y el tacto y sobre todo al cerebro. Esta y no otra fue la causa de su muerte, con el atenuante de que en el momento en que Leopoldo dejó de consumir esta sustancia tóxica que yo previamente incrustaba con una buena refriega de semillas de ricino en el ejemplar que puntal cada mañana le entregaba, moriría. Y eso es justo lo que le ocurrió (¡paradojas del veneno!) a este oficinista de Estructuras del Poniente. Pero aún así confieso que no le maté. Me declaro inocente. Murió porque dejó de leer el periódico que le mataba".