
Y vuelvo como la burra al trigo, mejor a las nubes de plástico que el otro día cubrieron mis ojos de sombras por esos campos de Almería y sus viveros de tomates. Y me acuerdo de Unamuno y de su Niebla que fue su desazón y hoy es mi angustia de saber y no querer que se acabe el cuento de esta jodida vida y a la vez dichosa.
Conocí anoche a una escritora que con el corazón en la mano contaba como los personajes de sus novelas la despiertan a media noche, cuando las flores se abren, el silencio se oye y los amantes se quieren. No la dejan quieta. Se le rebelan y se amotinan en pesadillas como el Augusto Pérez, el protagonista de Niebla que se enfrentó al catedrático porque su agonista quería seguir vivo. El autor amargado no da su brazo a torcer y decide matarlo unas páginas después.
Al contrario que Unamuno, predecesor del existencialismo, Rosa Cáceres, que así se llama la autora de El Emboscado vestida de rojo, ilusión y canto se deja llevar confiada de sus "criaturas". Y en lugar de soñar ella sus historias, se deja más bien soñar por sus personajes. Y son ellos los que hablan. Ella sólo es su médium. Y si no oigan a Olivier cuando al final de la novela confiesa:
"Mi vida ha transcurrido en medio del secreto, o mejor diría que el secreto ha gobernado los días de mi vida..."



