
No todo lo que brilla es eterno. El brillo, que bien pudiera no ser la esencia de la belleza, se convierte en estos días en el gran encubridor de aquella hermosura pretérita y pasajera.
Paseo yo esta tarde con mi recuerdo de niño al hombro un caballo extraterrestre entre bombillas de purpurina y estrellas de papel de plata, y veo abierto el chiringuito del pesebre que así se llama el café de la plaza de mis entretelas de paja. Entro y me siento a tomar una copa de mirra para apagar el ascua de mis nostalgias, mis zarzales, e izar las alas de una navidad irrecuperable que dentro de mi llevo sin hilos y sin sostén como el cauce al agua, muchacha inocente y libre.
El viento afuera sopla con fuerza. El frío espanta a la conciencia. Charangas de villancicos contra los cristales de una lluvia de celofán refulgente ofuscan a los pastores, a la estrella de hojalata, a la mula y al buey del escaparate, a los clientes y al mismísimo rey Herodes, que así se llama el dueño del supermercado de enfrente, nuestro belén y retablo donde una muchedumbre de mugre compramos a precio de saldo sueños a dos reales.
Me vengo al cobijo de este bar de resentidos poetas, santiguadores y meigas, prestidigitadores del verbo, iconoclastas, creyentes sin religión, corruptos del sueño, locos por la utopía, (todos ellos de mi mismo criaturillas comerciales)... para librarme de la pesadilla de haber perdido mi platillo volador y clavileño, mi peonza de siete colores y medio de aquella pascua de mi infancia tan fugaz como florida.



