Llevaba siempre consigo una racimo de bellas palabras. Y las departía entre aquellos que veía como quien regala flores y uvas, parabienes y sonrisas. Eso sí, algunas veces por pudor, autocensura o ligereza, no lo sé, o por aires de grandeza tal vez, hablaba lo que no procedía, o lo contrario de lo que en ese momento sentía. Dicho de manera más benévola: el maestro Charrero no siempre atinaba a decir lo que quería. Y cuando nada más verme me ofreció desinteresado un manojo de siemprevivas recién cogidas del huerto de su locuaz impertinencia y vanagloria le dije de sopetón:
No querrás que yo me quede con ese muerto de vocablos arrebolados que me largas, manojos de pasas podridas.El Charrero era más bien un señor tímido y retraído que se escondía tras el follaje de retahílas y lirios con el que me obsequiaba. Sus incansables palabras eran parapeto y a la vez lupa y mentidero de su miopía no asumida. Y lo que el creía que para mi sería un obsequio, me sentó a humillación y desprecio. Sus ínfulas de magnificencia me machacaban el cerebro. El tenía un jardín lleno de flores, de viñas y el real diccionario de la lengua atragantado en su boca como cepa centenaria. Y yo: pocas entendederas y de palabras escasas, las justas: sólo un camastro sin epítetos ni complementos donde caerme muerto. Y con esos mimbres: sus telas de armiño y mis hilos airados; la incomprensión y la enemistad fueron el resultado.
Le tiré su ramo a la cara con tal desafortunado efecto que sus palabras en retroceso se le enredaron en la garganta y se quedó mudo en el acto.


