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lunes, 3 de octubre de 2016

Cuartel de Artillería





Aquel último jueves de setiembre, en una de la naves del viejo cuartel de artillería de la ciudad de Murcia, escritores y cantautores celebraban un recital poético musical con motivo de la Presentación del número 45 de la revista literaria Molínea. La sola idea de que estas estancias militares, otrora destinadas al adiestramiento bélico, sean hoy espacio y altar para usos culturales, (conciertos, exposiciones, cine, teatro), es digno de elogio.

En un rústico escenario, sin bambalinas ni decorados, sobre una rudimentaria tarima destartalada, bajo un alumbrado escaso de bombillas a pelo, sin pantallas, ni focos deslumbrantes, ni rayos, ni cañones de luces, ni espumas de colores condensadas..., yo sentí el arte, el arte nacido de unas voces, de unas guitarras, de unas gargantas transparentes..., yo sentí el vibrar de unos cuerpos, el cuerpo alegre y armonioso de unas personas involucradas con las letras y con la música, como arma para combatir la desidia, la indiferencia, la mezquina ramplonería de los egoísmos, las abstenciones, las puñaladas, los ninguneos. En esa noche, yo sentí el arte puro, desnudo, despojado de intereses, pujas y oropeles, desprendido de recompensas, competitividad, otras vanas cotizaciones y asonadas.

El pavimento mostraba trozos del suelo levantados. Las paredes, desconchadas. Mal enlucidas; unas, empapeladas con cartones de hueveras; otras, agrietadas. El mobiliario de la sala, un rastrillo, un ropero. Cada silla, de una época. Unas, tapizadas; otras de rejilla, metálicas, de madera, sin respaldo, almidonadas y hundidas, de terciopelo. Vi, no habiendo más de treinta asientos, todas las sillas del mundo ocupadas por la gente entera de un pueblo sediento de educación y cultura. Un tenderete de perchas, allá al fondo, en un rincón, bajo un letrero, Colective, con una docena de vestidos infantiles, pero suficientes para vestir a todos los niños desarrapados del planeta. Apilados, detrás de unos trastos sin nombre ni dueño, restos de carteles con letras en latín, nihil virtute pulchrius. (Nada hay más bello que la virtud). A la derecha de donde yo estaba, frente al tablado desangelado, me pareció ver una figura a medio construir con materiales de deshecho. Quise con mi imaginación contribuir a la terminación de aquella estructura. Y acabó mi mente dándole la forma de La Danaide de Rodín, aquella joven condolida que fue condenada a llenar eternamente una jarra sin fondo por haber matado a su esposo.

Y a pesar de tanto caos y desastre a mi alrededor, en ningún momento mis ojos se sintieron humillados por la podredumbre, el desorden, la extravagancia y el deterioro de los objetos. Y yo mismo me sorprendí de verme seducido por la vulgaridad de aquel sitio tan cutre. ¿Cómo puede uno sentirse a gusto en medio de tanta ordinariez y carencia? La inspiración y la felicidad son a veces muy caprichosas. El arte, en ocasiones, en lugar de alimentarse de la malcriada abundancia, se abastece de la simplicidad. Creatio ex nihilo que dirían los teólogos. El vacío como manantial del arte.

Pero, a parte de que la más pura esencia de las cosas se nos revele en su desnudez más absoluta, no es digno ni meritorio que el Ayuntamiento de Murcia, como propietario y gestor de estas instalaciones culturales, permita y no remedie el pésimo y lamentable estado en el que se encuentra esta emblemática edificación municipal. Una cosa es la emoción, la inspiración y los sentimientos, pero como acostumbran a decir arquitectos y pedagogos: el ambiente también educa.


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