domingo, 28 de febrero de 2010

Llamada


Vivo apuntalado entre el escepticismo y la fe, la ruina de lo que me queda: sólo la pared de la cocina, elemental instinto y unas hambres locas de amar. Cinco millones de años no me bastaron para aprender a mirar mi casa a vista de pájaro, con la proporcionalidad justa, el relativismo que confiere el azar o el determinismo, la esperanza inconclusa, el tedio de los días, mi experiencia sin estrenar y milenaria.

Cuatro de la mañana. Suena el teléfono. Siete tonos, siete aldabonazos.
¿Quién a estas horas?
Me doy la vuelta. La cama es mi única cómplice y esposa. No hago caso, por supuesto, ni siquiera me levanto.

Vivo solo y separado, escaso de compañía. Por la mañana llamo a mi hija, el único gancho que me ata al mundo:
Nena, ¿todo bien? Un beso.
Mi hija está estupendamente. Descartado: no fue ella.

A la madrugada siguiente. A la misma hora. La misma llamada. Siete tonos. Siete trompetas como siete cuchillos perforan el tímpano de mi apocalipsis en plena crisis. Escondo mi cabeza bajo la alfombra desgallitada de la almohada. Desde que me dejó la mujer nunca nadie me llamó de manera tan deseada e intempestiva. Ella tampoco lo haría. No es su estilo. Sigo sin responder y sin querer saber quien me busca.

Tercer día. La tercera llamada no me sobrecoge dormido. Minutos antes de las cuatro de la madrugada espero entusiasmado el ring-ríng del runrún, de pie, callado y despierto como el mar el río, a la hora justa en la que el tiempo se detiene, compás de espera, infinitesimal instante entre la noche y el alba donde ni el aire respira, y hasta la rotación del planeta se para. El silencio se calla, y el himen roto de mi eternidad se atasca. El secreto me atrae, su curiosidad me seduce y atrapa.

Una semana con el mismo sonar anónimo. La llamada ya es un rito y deja de ser sobresalto para convertirse en liturgia, celebración y esperanza. Y desde mi credulidad más agnóstica creo en los ovnis, en el pararrayos de la iglesia, en el poste de la luz, en el hollín de las ollas de barro. Y hasta el fantasma de un timbre que suena a deshora me sabe a dulce jeroglífico acústico. No descuelgo el teléfono. Me niego a deshojar la flor de la incógnita por miedo a que el resultado sea impar, o se descosa el ensueño. Más grato es el suspense de la llamada desconocida que el desenlace deshilvanado de sus espinas incierto.

Dos, tres, cinco semanas, setenta y seis llamadas. Setenta veces siete tonos como las siete notas de la escala cromática, sinfónica, universal y diatónica de un cosmos vacío, insonoro, asincopado y solitario. Y lo que al principio fue desasosiego y despertar intrépido, ahora es melodía, inequívoco misterio de un comezón enamorado y carismático que vivo expectante hasta la próxima llamada.

Última semana. No aguanto más. Y busco sin encontrar en las páginas amarillas número con correspondencia humana que esconda su alma detrás de siete cifras de mujer encriptada.

¡Basta! Levanto el auricular:
"¿Quién llama?"
Al otro lado del hilo todo es matemática, incluso el amor, combinación aleatoria, binaria, interminable, división decimal periódica. Y el misterio de la llamada desconocida, lo que queda de la pared de la cocina, se derrumba nada más escucho la voz reconocida, mi propia voz que configuré un día para que, si llegara el caso en que la derrota me ahogara, el dispositivo de mi propio eco informatizado me rescatara del naufragio de la soledad encallada.

jueves, 25 de febrero de 2010

Madurar a tiempo


Tres meses antes de morir decidió el día.
"Si se me olvida -nos dijo- me lo recuerdan".
Llegó el día, y se lo recordamos. Se bañó. Se puso

ropa nueva y nos dijo:
"Ahora me voy a descansar."
Se tumbó en la cama y se murió.


Abuela Maya (Margarita)


La primavera adelantada llama a tu puerta, como el amor esperado, a destiempo, y siempre bienvenido. La tierra sin preparar, sin el hierro y sin el abono a punto.

A ti te pasa lo mismo, vas con el pie cambiado. En verano tienes frío. Y en invierno, cuando los días son más cortos, te resultan pesados, eternos, tediosos. Fuiste mayor antes de tiempo y ahora que eres mayor te comportas como un niño.

Es cierto, siempre por estas latitudes el tiempo anduvo un tanto trastocado. Se adelanta, se retrasa. Y así los árboles están desquiciados, acronometizados, como esos pilotos a los que las disparatadas zonas horarias por las que vuelan les impiden coger el sueño. Y así andan los manzanos como nosotros floreados en noviembre como los muertos del cementerio. Presumen de ser mayores sin serlo. ¡Precoces! O tal vez te estés haciendo viejo y despotricas de todo y no te acuerdas de que llegaste a Roma sin pasar por Santiago. Andamos acelerando procesos. Queremos que el almendro eche avellanas, e inventamos frutos nuevos: nabicoles, peacarinas, albacotones. Peras con sabor a brevas y tomates vestidos de negro. Recolectamos en enero y sembramos en agosto. ¡Viejos verdes! El tiempo, te compongas o te desmelenes, te pillará justo a tiempo, te cogerá de la mano aunque tú se la revoques.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Zapatos en la orilla del Danubio




A orillas del Danubio en Budapest una escultura de Gyula Pauer y Can Togay, sesenta pares de zapatos sobre una plataforma de hierro, conmemoran a las víctimas arrojadas al río por las milicias del partido nazi.

Dicen que la muerte se nos cuela por los pies. Siempre que veo un zapato deshabitado, suelto, solo, desasido, siento un espasmo, como si se me apareciera un fantasma desalmado del cuerpo. Un zapato abandonado, tirado en un terraplén, desplazado en un arcén, olvidado en una calle me sugiere un accidente, un sueño a medio hacer, un pañuelo sin acabar de bordar, como el de aquella muchacha que se tiró desde el puente al enterarse de que su novio ya tenía marido. Su madre aún guarda el bastidor y la aguja tal como lo dejó la hija, sin terminar, desangrado, encima del aparador.

De pequeño aún recuerdo los zapatos lustrosos de mi primer cadáver. Allí estaba el difunto sin andar y a punto para partir, con sus zapatos nuevos, relucientes, inútiles, en contraste con su cara apergaminada y muerta. Luego ya de mayor, momentos antes de que mi padre falleciese, viví también su obsesión delirante de querer calzarse y salir a la calle a escape para que la muerte no le alcanzase.

Un zapato vacío es como un alma en pena que anda loca y fría en busca de una piel amiga que lo caliente. Un zapato sin su planta que lo mueva, sin su tallo que lo calce es una senda sin camino, una ventana tapiada, un árbol caído, un barco a la deriva, sin diesel, sin timonel, un caballo sin doncel.

Mejor ir en piernas, morir descalzo, sin argolla ni apreturas, ni pérdidas que nos hagan daño.

lunes, 22 de febrero de 2010

La soledad del seductor



¡Siempre la misma verdad, ordinaria y aburrida, vieja y repetitiva! Por eso cuando escribo recurro a la mentira como fuente de imaginación y cordura porque mi vida apesta, asola y me cansa.

Más o menos eso sentí cuando leí tu exordio a modo de editorial:
"La imaginación no es sino la abstracción de la realidad. Unicamente imaginamos o inferimos a partir de lo que previamente conocemos." (*)
Se nos anticipó Pessoa con su poeta fingidor que finge constantemente, a tu ocurrencia, a mi vomitera nada insólita, ínfulas y diarrea de muchas letras, muchos libros, un sólo libro, el libro de la porquería de un existencialismo amargo emulado a la categoría de ciencia. Y así como tampoco nada es verdad, sino puta apreciación, tampoco nada es mentira. Todo es harina cernida que luego se queda en nada. La tarde airosa aventó el grano y nos dejó en la era con el culo en la paja. La imaginación no existe y si existiera no nace ex nihilo, sino del conocimiento. Y tampoco; sino de la realidad que a su vez no es real, ni original siquiera, sino mera abstracción y quimera de nuestra percepción falsamente llamada inteligencia.

(*) Juan Espallardo
Molínea
Decimoctavo encuentro
19 de Febrero 2010