Lo bueno al alma, para el cuerpo puede ser fatal. Y viceversa: lo malo para la salud, beneficioso al espíritu. Y es que el alma y el cuerpo, materia y mente, siempre se llevaron como el perro y el gato. O dicho en paulino: Non enim quod volo bonum, hoc facio: sed quod nolo malum, hoc ago. (ad Romanos 7.19). Y que traducido al román paladino: Si tu me dices ven, yo a toda pastilla de ti me aparto.
No me gusta hacer balances, pero pasadas las fiestas de navidad, intento cuadrar cuerpo y alma. Y los veo desavenidos, enfrentados: el colesterol por las nubes, la barriga como una orza, mis dientes con sarro hasta la coronilla. La sobreiluminación de tantas bombillas contaminaron el pellejo del alma, que salpicado quedó de copos negros como los cueros de un dálmata. Ahora me cuesta cojer el sueño, sufro estrés, la tensión ¡no digamos! Desde el ángulo espiritual sumo el haber y me veo sobrado de virtudes e indulgencias. Estoy más cerca del cielo. Fui caritativo en aguinaldos, cariñoso con la familia, regalé un décimo de lotería al guardacoches del club de los peatones del inem. Misericordioso, le di la tarde libre a la criada, obsequié a mi amante con un corsé trenzado en requiebros de plata, asistí a la misa de gallo, canté villancicos hasta la madrugada, y en noche buena senté en la mesa de mi cama a la hija de la portera.
Valoro estos resultados en esta mañana que empiezo a sudar turrones, caridades y grasas en el gimnasio, y me pregunto si no sería conveniente que en los belenes venideros en lugar del clásico "Gloria a Dios en las alturas", rezase: "Las Autoridades Sanitarias advierten que la Navidad perjudica seriamente a la salud”.
¿Cuándo llegará el día en que cuerpo y alma declaren su tregua de paz definitiva?