“¡Qué coño hace el moro aquel!”Muhamad no tiene nombre. Sus ojos son transparentes, despiertos, del color de la esperanza. El capataz lo recogió esta mañana temprano en la plaza del pueblo.
Las coles se secan y hay que plantarlas antes de que se pase la luna creciente.
“¡Eh tú, el de la serpiente en el hombro, arrea!”Muhamad, no tiene papeles. Sólo un tatuaje de cobra que le sube por el brazo. Ese es su nombre.
La cuadrilla no levanta la cabeza del suelo. Todos se arrastran casi a cuatro patas. Un paso, y clavan de un golpe en el surco una pequeña mata de bróculi. Así, hasta diez mil pasos, diez mil coles, diez mil llantos.
Muhamad siente por encima de su cabeza un pájaro de plumaje alegre. Y se yergue para mirarlo un momento. Se acuerda de su hijo. Apenas tiene un año. Quedó allá llorando en Bamako. El pensamiento no conoce fronteras, no tiene las manos atadas con cinta adhesiva a los asientos de un avión. Es universal el pensamiento, como el canto de la alondra. El hombre de los ojos transparentes piensa: “a este pájaro le gusta el aire de adentro. Rebasó el Estrecho. ¡Vuela, vuela, pajarillo, que no te retornen engañado a campos desiertos de mieses y amapolas!”
“¡Este “subsaja” se cree que aquí atamos los perros con longaniza!, deja de mirar el cielo, estúpido poeta, y clava tu “plantaera en la tierra”.El capataz es chofer, esbirro del amo. Es también guardia de la finca. Tiene una escopeta de perdigones. Se oye un disparo. El pájaro de alegres colores cae muerto antes de llegar al brazal del agua.
En la barbacoa las llamas se escapan de las brasas, suben, vuelan sueltas al aire.
Esta mañana junto a un trago de vino el capataz y el amo se almuerzan un pájaro asado. Mientras la cuadrilla, abrasada allá en la hondonada, planta coles y llantos.